La Venida del Rey (1ª Parte)

La Venida del Rey 
(1ª parte)

Autor: Wim Malgo

  La venida de Jesucristo conmueve los corazones de todos los verdaderos creyentes, porque ellos son los que “aman su venida”. Y “amar su venida” encierra en sí una gran promesa.


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PE1925 – Estudio Bíblico
La Venida del Rey (1ª Parte)



¿Cómo están amigos? El mensaje está basado en Apocalipsis 19:11 al 21. Y, como ya se dijo, se titula: La venida del rey.

La venida de Jesucristo conmueve los corazones de todos los verdaderos creyentes. Porque ellos son los que “aman su venida” (según 2 Ti. 4:8).

Cuando Jesucristo regrese, todo aquello en lo que los comprados con Su sangre han creído, será revelado. “Amar su venida” encierra en sí una gran promesa, que es la corona de justicia. Así está escrito en 2 Ti. 4:8:“Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”.

La corona de justicia incluye, entre otras cosas, el ser revelados juntamente con Él en gloria. En Colosenses 3:4 dice:“Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.”Y esto fue descrito en Apocalipsis 19:14, donde dice:“Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos.”

Aquí Juan enfatiza nuevamente que él ve el cielo abierto; que aquello que él ve, sucede en el cielo, como también dijo en el vers. 11:“Entonces vi el cielo abierto”. Él no ve – como en Apocalipsis 4:1 – “una puerta abierta en el cielo”, sino todo el cielo, completamente abierto. Ése es su misterio: ¡Él ve el cielo abierto!Y en el vers. 11, él dice también:“Y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea”. A través del cielo abierto, Juan ve al héroe sublime, que es nuestro Salvador y el Mesías de Israel:“Y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba…”En reverencia y temor santos, Juan nombra primero al caballo blanco, no a Aquél de quien se trata en primer lugar. Así también sucedió en el capítulo 1:12 y 13, cuando primero nombró los siete candelabros, y luego a Aquél que se encontraba en el centro de ellos. El caballo blanco es expresión de honor real, de juicio y de guerra. El color blanco habla de justicia y de juicio. El caballo es una cabalgadura bélica y real. Este aspecto se encuentra en total contradicción con Zacarías 9:9, donde se narra la entrada de Jesús a Jerusalén sobre el lomo de un burro. Allí Jesús vino en mansedumbre, para dejarse llevar al matadero.

Aquí, en Apocalipsis 19, él viene en un caballo blanco – imagen de triunfo. Él no necesita conseguir el poder porque, según Apocalipsis 5:7, 9, y 12, ya lo ha recibido con toda dignidad. Pero, aún hay algunos que cuestionan Su poder, que no Lo reconocen como gobernante supremo. Ahora, Él viene para quebrar esa resistencia con Su palabra de poder, para destruir totalmente el reino y el poder del diablo.

En la tierra, que se ha vuelto muy oscura, se encuentran las huestes armadas, con las más salvajes y demoníacas ansias de combate. Desde el cielo abierto, se presenta un caballo blanco y, montado sobre el caballo, una figura majestuosa. Esto, espontáneamente, nos recuerda al jinete en el caballo blanco de Apocalipsis 6:2, cuando se abre el primer sello.

Pero, mientras que allí vemos al Anticristo viniendo con victoria, aquí el que regresa es el vencedor eterno, que vence a la bestia y a su falso profeta. En el versículo 11, se le reconoce inmediatamente por Su nombre: “Fiel y Verdadero.” Es el mismo que en Apocalipsis 3:14, frente a la iglesia de Laodicea, con la gran seriedad de un juez, se autodenomina “testigo fiel y verdadero. Ahora, Él quiere que Su pueblo Lo reconozca como fiel y verdadero. Como “fiel”, es decir: como el que es absolutamente fidedigno, como El que no decepciona ninguna confianza, que cumple hasta en el más mínimo detalle Sus promesas. Y como “verdadero”, es decir: como el que es la verdad, cuya venida había sido prometida desde hacía mucho y que fue muy añorado. Lo demuestra al ir a la lucha, provocada por la humanidad apartada:“Y con justicia juzga y pelea”(nos dice Ap. 19:11). El juicio que Él ahora ejecuta, es absolutamente justo; la lucha es una guerra totalmente justa. Jesucristo bajó de la gloria para juzgar al anticristo, ése que aparenta ser Cristo, y el que aparenta ser un profeta.

Juan describe la sublime figura del Señor. En el vers. 12 nos dice:“Sus ojos eran como llama de fuego”. Ya tan sólo Su mirada, con el fervor del fuego de Su ira divina, consume todo lo impuro y profano. Esto también lo vemos en Apocalipsis 1:14 y 2:18. Pero, en el vers. 12 sigue diciendo:“… en su cabeza muchas diademas”. Una cantidad de diademas entrelazadas coronan su cabeza, ya que a Él le ha sido otorgado todo el poder en el cielo y en la tierra.

Y nos dice más aún: “Tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo”. Posiblemente Su nombre brille con destellos desde Su frente, pero nadie puede, con su mirada, penetrar la luz inaccesible. El espíritu de ninguna criatura puede penetrar el interior de Su ser. Sólo Él mismo comprende las profundidades de Su ser; Él mismo y el Padre. ¿Cómo fue que dijo en Mateo 11:27? “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”.

Apocalipsis 19:13 describe Su vestimenta: “Estaba vestido de una ropa teñida en sangre.” Creo que aquí debemos pensar en una doble interpretación. Primero: teniendo en cuenta Su persona y Su obra en la cruz del Gólgota. Él es eterno; Él es el Cordero Inmolado. En Apocalipsis 5:6 Lo vemos en la eternidad, como el Cordero inmolado. Su sangre derramada es vida eterna. Según Apocalipsis 13:8, Jesucristo es el Cordero que es inmolado: “… del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo.” Lo que hizo Jesucristo en la cruz, fue trabajo para la eternidad. Por eso, la sustancia de Su salvación eterna, tampoco puede quedar escondida cuando Él venga otra vez. ¡Al contrario! Con espanto, una humanidad impía tiene que ver ahora lo que debería haber creído y no quiso creer: la sangre del Cordero.

Y segundo: la disputa que tendrá lugar cuando Él vuelva será terriblemente sangrienta. Eso ya lo indica el final de Apocalipsis 14. Allí como acá, esto nos hace recordar a aquella poderosa figura que se acerca desde Edom, en ropas llenas de sangre:

En Isaías 63:1 al 6, leemos: “¿Quién es éste que viene de Edom, de Bosra, con vestidos rojos? ¿éste hermoso en su vestido, que marcha en la grandeza de su poder? Yo, el que hablo en justicia, grande para salvar. ¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas como del que ha pisado en lagar? He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo; los pisé con mi ira, y los hollé con mi furor; y su sangre salpicó mis vestidos, y manché todas mis ropas. Porque el día de la venganza está en mi corazón, y el año de mis redimidos ha llegado. Miré, y no había quien ayudara, y me maravillé que no hubiera quien sustentase; y me salvó mi brazo, y me sostuvo mi ira. Y con mi ira hollé los pueblos, y los embriagué en mi furor, y derramé en tierra su sangre”.

Él sólo realiza esto, sin ayuda de ningún pueblo. Porque Él en su ira ha despedazado a todas las naciones. Pero, aquí Juan ve como Él baja en todo Su poder y gloria para el juicio, y cómo Su vestido ya de antemano está rojo de la sangre de los adversarios juzgados. Entonces, vemos en Ap. 19:13, que el profeta también escucha el nombre del juez: “Y su nombre es: EL VERBO DE DIOS”. Literalmente: “Y su nombre es llamado la Palabra de Dios.”

De esta manera, todo el mundo sabe quién es el juez que viene del cielo: Él es la Palabra de Dios, es decir: Él es la autorevelación personal de Dios – Jesucristo, el Salvador del mundo. Así denominó Juan al Señor Jesucristo, en el comienzo de su evangelio y en el comienzo de su primera carta. Ahora, aquí, escuchó como voces celestiales lo llamaron así. “La Palabra de Dios” baja a la tierra para juzgar a los enemigos.

Finalmente, por hoy, porque se nos acaba el tiempo, vemos que en Ap. 19:14 se nos dice: “Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos”. Ésa es la novia glorificada, comprometida con Él, la cual, sin lugar a dudas, conoce Su nombre glorioso. Quien es Su seguidor aquí en la tierra, también será parte de Su séquito cuando Él vuelva.

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Hace años, Alfred Mace me dijo: “Bill, cuando obtengas principios divinos, apégate a ellos”. Y ese dicho ha permanecido conmigo. He procurado aplicarlo. “Cuando obtenga principios divinos, apéguese a ellos”. No los negocie y no se aparte de los mismos. Y me dijo algo más: “Ningún hombre es demasiado grande para los principios de Dios”. Puedo llegar a pensar que mi don es demasiado grande para las pequeñas y despreciadas asambleas. ¡Nunca! Ningún hombre es demasiado grande para los principios de Dios.

Para culminar, comprométase con la asamblea. Sea entusiasta de ella. No sea un saltarín de iglesias. No sea una mariposa religiosa. Sea alguien de quien Cristo pueda decir:“Has estado conmigo en Mi tentación, y yo te entrego un reino”. Recuerde que la asamblea más pequeña y débil del pueblo de Dios, significa mucho más que el mayor imperio mundial. Cuando Dios habla de un imperio, lo compara a una gota de agua en un balde. Pero, él nunca dice eso sobre la iglesia. La iglesia es el cuerpo y la esposa de Cristo. ¡Imagínese! Un anciano piadoso en una asamblea significa más para Dios que el gobernador de una nación. El Nuevo Testamento le dedica más espacio a la obra de un anciano, que a la obra de un presidente o un rey.

Apéguese a estas convicciones. Permita que moldeen su vida, y viva a la luz de las mismas.

 

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