La venida del Rey (1ª parte)

La venida del Rey
(1ª parte)

Autor: Wim Malgo (1922-1992)

La venida de Jesucristo conmueve los corazones de todos los verdaderos creyentes. Porque ellos son los que “aman su venida” (como leemos en 2 Ti. 4:8). Y el hecho de “amar Su venida”, contiene una gran promesa!.

 


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PE2093 – Estudio Bíblico
La venida del Rey (1ª parte)



Hola amigos! El mensaje está basado en Apocalipsis 19:11-21.

La venida de Jesucristo conmueve los corazones de todos los verdaderos creyentes. Porque ellos son los que “aman su venida” (como nos dice 2 Ti. 4:8).

Cuando Jesucristo venga otra vez, será revelado todo aquello en lo que han creído los que fueron comprados con Su sangre. “Amar Su venida” contiene una gran promesa, que es la corona de justicia, porque ese pasaje completo dice así: “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida”. La corona de justicia, entre otras cosas, incluye el ser-revelados-con-Él en gloria. En Colosenses 3:4, leemos: “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.” Y esto es descrito en Apocalipsis 19:14 de la siguiente manera: “Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos.”

Aquí, Juan nuevamente enfatiza, expresamente, que él ve el cielo abierto, o sea que lo que él ve ocurre en el cielo: “Entonces vi el cielo abierto” (nos dice en el v. 11). No ve, como en Apocalipsis 4:1, “una puerta abierta en el cielo”, sino todo el cielo totalmente abierto. Ése es el misterio: ¡Él ve el cielo abierto!

Y sigue diciendo: “Y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea”. A través del cielo abierto, Juan ve al héroe sublime, que es nuestro Salvador y el Mesías de Israel: “Y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba…” Con santo respeto y temor, Juan nombra primero al caballo blanco y no a Aquél de quien se habla en primerísimo lugar. Así sucede, también, en el capítulo 1:12 al 13, cuando primero menciona los siete candelabros y, luego, a Aquél que se encuentra en el centro. El caballo blanco es expresión de honor real, de juicio y de guerra. El color blanco habla de justicia y de juicio. El caballo es una cabalgadura guerrera y real. Esta imagen se encuentra en total contradicción con Zacarías 9:9, donde se describe la entrada de Jesús en Jerusalén, montado en un pollino. Allí, Jesús vino en mansedumbre, para dejarse llevar al matadero. Aquí, en Apocalipsis 19, viene en un caballo blanco – imagen de triunfo. Él no necesita ir a buscar el poder porque, según Apocalipsis 5:7,9, y 12, ya lo ha recibido con toda dignidad. Pero, aún quedan algunos que cuestionan Su poder, que no lo reconocen como dirigente soberano. Entonces, Él viene para quebrar esa resistencia con Su palabra de poder, “para devastar con poder y destruir totalmente el reino y el poder del diablo”.

En la tierra ya tan oscurecida, se encuentran las bandas armadas, en la más salvaje combatividad demoníaca. Del cielo abierto sale un caballo blanco, y en el caballo cabalga una figura solemne. Espontáneamente pensamos en el jinete sobre el caballo blanco de Apocalipsis 6:2, cuando se abre el primer sello. Pero, mientras que allí vemos llegar victoriosamente al Anticristo, aquí es el vencedor eterno quien regresa; el que vence a la bestia y a su falso profeta. En el versículo 11, inmediatamente se le reconoce por Su nombre: “Fiel y Verdadero”. Es el mismo que en Apocalipsis 3:14, frente a la iglesia de Laodicea y con gran seriedad de juicio, se denomina a Sí mismo como el “testigo fiel y verdadero”. Ahora, Su pueblo debe conocerlo como fiel y verdadero.
Como “fiel”, es decir: como el total y completamente fidedigno, como Aquél que nunca defrauda la confianza de nadie, que cumple Sus promesas con total exactitud. Y como “verdadero”, es decir: como el que es verdadero, cuya venida fue prometida hace mucho tiempo atrás, quien ha sido esperado con tanta añoranza. Él lo demuestra al ir a la pelea provocada por la humanidad apóstata: “Con justicia juzga y pelea” (leemos en Ap. 19:11). El juicio que Él ahora ejecuta es absolutamente justo; el combate es una guerra absolutamente justa. Jesucristo baja de la gloria para juzgar al Anticristo, al cristo aparente, y al profeta aparente.

Juan describe la sublime figura del Señor, en el vs. 12: “Sus ojos eran como llama de fuego”. Ya tan sólo Su mirada, con el ardor de Su ira divina, consume todo lo impuro y lo que no es santo. Esto también lo vemos en Apocalipsis 1:14 y 2:18.
“… y había en su cabeza muchas diademas”. Una cantidad de diademas entrelazadas coronan Su cabeza, ya que a Él le es dado todo el poder en el cielo y en la tierra.
“Y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo”. Si bien Su nombre brilla fuertemente desde Su frente, nadie puede atravesar con su mirada esa luz impenetrable. Ninguna criatura puede penetrar el interior de Su ser con su espíritu. Sólo Él mismo comprende la profundidad de Su ser. Él mismo y el Padre. En Mateo 11:27 Jesús dijo: “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.”
En Apocalipsis 19:13 se describe Su vestimenta: “Estaba vestido de una ropa teñida en sangre.” Creo que aquí tenemos que pensar en un doble significado: en primer lugar, en cuanto a Su persona y Su obra en la cruz del Gólgota. Él es eterno, Él es el Cordero inmolado. En Apocalipsis 5:6 Lo vemos en la eternidad, como el Cordero inmolado. Su sangre derramada es vida eterna. Según Apocalipsis 13:8, Jesucristo es el Cordero que fue inmolado: “… el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo.” Lo que Jesucristo hizo en la cruz, fue una obra para la eternidad. Por eso, la sustancia de Su salvación eterna tampoco puede quedar escondida cuando Él venga por segunda vez. ¡Al contrario! Con espanto, una humanidad impía ahora tendrá que ver lo que debería haber creído y no quiso creer: la sangre del Cordero. Y el segundo significado: la guerra que ocurrirá cuando Él venga otra vez, será espantosamente sangrienta.

Eso ya es indicado al final de Apocalipsis 14. Allí como aquí, se nos recuerda aquella presencia poderosa, que se acerca desde Edom con vestido ensangrentado. Y en Is. 63:1 al 6, leemos: “¿Quién es éste que viene de Edom, de Bosra, con vestidos rojos? ¿éste hermoso en su vestido, que marcha en la grandeza de su poder? Yo, el que hablo en justicia, grande para salvar. ¿Por qué es rojo tu vestido, y tus ropas como del que ha pisado en lagar? He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo; los pisé con mi ira, y los hollé con mi furor; y su sangre salpicó mis vestidos, y manché todas mis ropas. Porque el día de la venganza está en mi corazón, y el año de mis redimidos ha llegado. Miré, y no había quien ayudara, y me maravillé que no hubiera quien sustentase; y me salvó mi brazo, y me sostuvo mi ira. Y con mi ira hollé los pueblos, y los embriagué en mi furor, y derramé en tierra su sangre”.

Él sólo realiza esto, sin la ayuda de ningún pueblo. Porque, en Su ira, ha hollado a todos los pueblos. Aquí, Juan ve cómo Él baja en todo Su poder y gloria para el juicio, y cómo Su vestido, ya de antemano, se ha vuelto rojo de la sangre de los adversarios a ser juzgados. Ahora, el profeta también escucha el nombre del juez: “Y su nombre es: EL VERBO DE DIOS” (Ap. 19:13). Literalmente: “Y mencionado es su nombre, la Palabra de Dios.”

Con eso, todo el mundo sabe quién es el juez que viene bajando del cielo: Él es la Palabra de Dios, es decir: Él es la autorrevelación personal de Dios – Jesucristo, el Redentor del mundo.

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