La soledad del Cordero de Dios (1/3)

Título: La soledad del Cordero de Dios (1/3)

Autor: Marcel Malgo
PE1388

En este mensaje, Dios nos permite hechar un conmovedor vistazo al corazón afligido del Cordero de Dios. Está basado en el Salmo 22, el cual justamente es un salmo profético que habla de los sufrimientos de Jesucristo.


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Queridos amigos , en el Salmo 22, un Salmo profético que habla de los sufrimientos de Jesucristo, Dios el Espíritu Santo nos permite echar un conmovedor vistazo al afligido corazón del Cordero de Dios. En los versículos 4 al 7, dice así:“En ti esperaron nuestros padres; esperaron, y tú los libraste. Clamaron a ti, y fueron librados; confiaron en ti, y no fueron avergonzados. Mas yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo. Todos los que me ven me escarnecen; estiran la boca, menean la cabeza… “.

Desde antes de la fundación del mundo, ya existía un hecho maravilloso y glorioso: el amor del Padre celestial por Su Hijo. Pues en las palabras de Juan 17:24 escuchamos el propio testimonio del Hijo, Jesucristo, cuando dijo: “… me has amado desde antes de la fundación del mundo”. Encontramos aquí, sin embargo, una aparente contradicción, por lo menos para nuestra razón. Pues el Hijo, tan amado por el Padre celestial, ya desde antes de la fundación del mundo fue constituido el Cordero de Dios, pues así lo leemos en Apocalipsis 13:8:“… del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo”. Por un lado, el Padre ama a Su Hijo entrañablemente ya antes de la fundación del mundo, pero por otro lado, justamente es este Hijo el que es elegido – desde antes de la fundación del mundo – para convertirse en holocausto, en el Cordero de Dios. ¿Es esto amor?

Reflexionemos nuevamente: Por un lado, el Padre ama entrañablemente a Su Hijo, y por otro lo destina, ya antes de la fundación del mundo, a convertirse en holocausto, en el Cordero de Dios. Y nos volvemos a preguntar: ¿Es esto amor? El Padre celestial, ¿no tendría que haber guardado a Su Hijo – justamente porque Lo amaba más que a todo – de todas las adversidades y de todo sufrimiento? Ciertamente esto hubiera sido lo normal. Sin embargo, sucedió aún otra cosa antes de la fundación del mundo: algo que iba a conmover tanto al cielo como a la tierra y que causaría enorme agitación.

En Efesios 1:3 al 5, el apóstol Pablo lo describe así:“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo…”. Dios el Padre había decidido en Su inescrutable amor, que también los seres humanos que vivían en este mundo tenían que llegar a ser hijos suyos.

Para que eso fuera posible, primero se tenía que hacer la expiación de nuestros pecados. Sin expiación, nunca hubiéramos podido dirigirnos a Dios con las palabras de Ro. 8:15:“Abba, Padre”. Sin embargo, ningún ser humano pecaminoso podía hacer expiación por otro ser humano pecaminoso, pues esto solamente habría llevado a la muerte de aquel ser, sin que nadie hubiera podido llegar a ser perdonado, y por lo tanto, tampoco nadie habría podido llegar a ser un hijo de Dios. En consecuencia, alguien sin pecado tenía que hacer la expiación por nosotros, alguien que no tuviera que ser castigado por sus propios pecados. Y había una sola Persona así, tanto en los cielos como en la tierra: Jesucristo, el entrañablemente amado Hijo unigénito de Dios. En Él, el Cordero de Dios sin pecado, fuimos elegidos y destinados para ser hijos de Dios, ya antes de la fundación del mundo.

Como el Hijo estuvo dispuesto a ser ese“Cordero llevado al matadero”(del que nos habla Isaías 53:7), cada persona en esta tierra pudo y puede llegar a ser un heredero del Reino del Padre, que está preparado para los hijos de Dios ya“desde la fundación del mundo”(como Mt. 25:34 lo dice). No es de asombrar que también el apóstol Pedro, en su primera carta, cap. 1, vers. 18 al 21, anuncie con inmenso gozo a los hijos de Dios:“Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios”.

Resumamos brevemente estas tres verdades sumamente gloriosas que mencionamos anteriormente: 

– Desde antes de la fundación del mundo, el Padre amaba a Su Hijo unigénito, Jesucristo.

– Desde antes de la fundación del mundo, fuimos elegidos para ser hijos de Dios, y el Reino del Padre fue preparado para nosotros como nuestra herencia.

– Y desde antes de la fundación del mundo, el amado Hijo unigénito del Padre llegó a ser el Cordero de Dios inmolado – a nuestro favor.

Pero, veamos ahora: ¿Cómo actuó la persona principal – el unigénito Hijo de Dios, Jesucristo – cuando el Padre celestial le mostró este plan? Su reacción fue casi increíble. Nosotros seguramente nos hubiéramos resistido con miles de argumentos. No así Jesucristo: Leemos en el Sal. 40, vers. 7 y 8, que cuando el Padre le propuso el Plan de Salvación, que le quitaría la vida de una manera extremadamente cruel, solamente dijo:“He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí”, y: 

“El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado,y tu ley está en medio de mi corazón”.

Cuando el Señor Jesús estuvo aquí en la tierra, sucedió que un día no había comido nada y Sus discípulos le trajeron algo y lo invitaron diciéndole:“Rabí, come”(así lo narra Jn. 4:31), y en el vers. 34 leemos que Él les respondió:“Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra”. En otra ocasión, como lo podemos comprobar en Juan 6:38, dijo a sus oyentes:“He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”.

¡Qué extraordinaria disposición demostró el Hijo amado del Padre, cuando fue elegido para ser el Cordero de Dios inmolado! Pues también, como leímos antes, en un pasaje totalmente diferente, podemos ver que Jesucristo lo quiso hacer de todo corazón.

Lidia, la vendedora de púrpura
La soledad del Cordero de Dios (2/3)

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