La segunda venida llena de poder (3ª parte)

La segunda venida llena de poder
(3ª parte)

Autor: Norbert Lieth

En su segunda carta, cap. 1, vers. 3 al 15, Pedro nos presenta la realidad de la segunda venida de Jesucristo. Con estas pocas frases, Pedro deja en claro que nos encontramos en la viva esperanza del regreso del Señor, y que, al respecto, debemos prestar especial atención a Su palabra profética.

 


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PE2092 – Estudio Bíblico
La segunda venida llena de poder (3ª parte)



Pedro se refiere a la experiencia de la transfiguración, cuando escribe en su segunda carta, cap.1, vers. 16 y 18: “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad… Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo”. Los tres discípulos no siguieron ninguna fantasía, ninguna leyenda, ni ninguna hipótesis. Éste es, más bien, el sobrio informe de un testigo presencial, de un hombre que tuvo el privilegio de vivir la majestuosa segunda venida de Jesucristo en una vista previa profética. Esto también nos muestra el valor que tiene la segunda venida del Señor en los relatos bíblicos. Pedro escribe esta carta unos 35 años después de la transfiguración, y esta experiencia continúa conmoviéndolo profundamente. El Espíritu Santo mantuvo vivo ese fuego en su corazón.

Así, él nos dice en 2 P. 1:16 que: Jesús regresará lleno de poder. “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad”. “El poder y la venida” también pueden ser descritos como “regreso lleno de poder” o “venida en poder”. Su aparición perturbará al mundo más que una bomba atómica. John Newton dijo al respecto: “Así como las estrellas quedan invisibles a la luz del aurora, las espectáculos terrenales empalidecerán cuando Jesús sea revelado.”

Y en segunda Pedro 2:16, vemos que: Jesús regresará como Rey. “… habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad”. El regresará como el Rey de todos los reyes, y como el Soberano de todos los nobles de la tierra (como vemos en Ap. 1:5). El mundo entero caerá a Sus pies, todo se convertirá en estrado de Sus pies (leemos en He. 1:13; y 10:13). John Piper escribe: “Si existiera un rey con cualidades ilimitadas, como sabiduría, poder, divinidad, y amor por sus súbditos, entonces la monarquía sería la mejor de todas las formas de gobierno. Si alguna vez un soberano de ese tipo se levantara en el mundo – uno sin debilidades, sin necedades, sin pecado – entonces ninguna persona inteligente y humilde volvería a desear jamás una democracia.”

La regencia de Jesucristo no tendrá fin, sino que continuará por la eternidad (de esto está escrito en Lc. 1:33; y Dn. 7:13 y 14). La elección habrá sido realizada de una vez por todas y nunca más habrá elecciones. Jesucristo regresará con toda la honra y la gloria de Dios, nos dice 2 P. 1:17: “Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia”.

Jesucristo regresará como aquel a quien señaló Moisés, y de quien hablaron todos los profetas. En Dt. 18:15, vemos que Moisés dijo: “Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis”. Cuando Moisés y Elías aparecieron al lado de Jesús en el Monte de la Transfiguración, vino la voz de Dios del cielo, confirmando exactamente estas palabras de Moisés en una forma extraordinaria. Así leemos en Mt. 17:3 al 5: “Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él. Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías. Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd”.

Hoy en día se presta atención a tantos tipos de voces, y eso que Jesucristo es el único a quien vale la pena escuchar, quien tiene algo para decirnos, que no nos queda debiendo ninguna respuesta, quien es digno de confianza, en quien podemos hallar consejo y ayuda, en quien podemos buscar protección y de quien no tenemos nada que temer. Es extraño: los seres humanos desean arduamente encontrar la verdad pura, la no-violencia, la justicia, la paz, la armonía y el amor al prójimo, pero a Jesús, quien vivió justamente eso, lo enseñó y lo prometió para Su reino, a ese Jesús no lo desean. Detrás de esto sólo puede esconderse un poder demoníaco, que mantiene al mundo firmemente en sus garras y les ciega la vista.

Jesús volverá como Dios. La transfiguración es una confirmación de la divinidad de Jesucristo: “Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.” Esto se encuentra tanto en el evangelio de Mateo como también en la segunda carta de Pedro. ¿Qué es Jesús, si es el Hijo de Dios? Sólo puede ser Dios, porque Él no fue creado, sino “engendrado”, aunque esto tampoco en el sentido humano, ya que Él es sin comienzo. Tal como el ser humano engendrado es humano, así el Hijo “engendrado” de Dios es Dios. Ahora, tal como todo padre humano tiene principio y fin, todo ser humano recién nacido tiene principio y fin. Lo que comienza con la gestación, termina con la muerte. Dios el Padre, sin embargo, no tiene ni principio ni fin. Él es eternamente el que es, por sí mismo: “Yo soy el que soy.” Dios no tiene principio, y por esa razón el Hijo tampoco tiene principio. Él es, desde la eternidad, el Hijo de Dios.

Los judíos comprendieron esto muy bien, aún mejor que muchos cristianos, como dice Jn. 5:18: “Por esto los judíos aún más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios”. Decir ser Hijo de Dios, comprende el hecho de ser Dios. Éste es el hecho que Pedro enfatiza firmemente al decir, al comienzo de su segunda carta: “Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra”. Jesucristo regresará como Dios, en la majestad de Dios, con honor, poder y gloria.

¿Qué influencia tiene esta sublime verdad en la práctica de nuestra fe? Deberíamos, sin falta, atenernos a la profecía bíblica hasta que el Señor venga por Su iglesia. 2 P. 1:19 nos dice: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones”. Como ya hemos visto, en los versículos previos Pedro hablaba de la segunda venida en gloria de Jesucristo, venida que ya fue anunciada por los profetas del Antiguo Testamento, y que los apóstoles vieron proféticamente en el Monte de la Transfiguración, proclamándola más tarde a través de sus escritos.

Pedro enfatiza con mucha vehemencia la palabra profética absolutamente segura, y la absoluta premura de prestar atención a la misma y atenernos a la misma, porque su carta es una carta sobre el fin de los tiempos. Es, en cierto sentido, su testamento poco antes de su muerte, y con eso un legado. Pedro prevé el peligro de los tiempos del fin, de descuidar la profecía. En realidad es una paradoja que justamente en el tiempo cuando más se la necesita, menos atención se le preste a la profecía.

Un proverbio dice: “El abuso no abroga el uso.” Esto, aplicado a la Biblia, significa: el mal uso de la profecía no abroga el uso de la profecía bíblica. Vivimos en un mundo oscuro, y la única luz confiable en la oscuridad de nuestro mundo es la Palabra de Dios y su enfoque de la segunda venida de Jesucristo. No debemos dejar de orientarnos por esta Palabra, de aferrarnos a ella, de regir nuestras vidas por ella, de escudriñarla y de dejar que brille hasta que comience el día, y el Señor Jesucristo regrese como estrella de la mañana.

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La venida del Rey (1ª parte)

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