La Santidad de Dios (parte 1)

Título: La Santidad de Dios (parte 1)

Autor: Wim Malgo
PE1320

Es de suma importancia reconocer la santidad de Dios. El que está conciente de este rasgo característico del Supremo, llega a tener oídos aguzados para Su santa y perfecta voluntad, que el Señor manifestó en Su Ley.

Pero existe otro lado. Preguntamos: 

¿Cuándo en la Iglesia se llora todavía

sobre pecados cometidos?

Hay personas que se han convertido, pero en cuyas vidas nada ha cambiado. ¿Por qué es así?


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Estimado oyente, tengo que admitir abiertamente, que me hace estremecer hablar sobre la santidad de Dios, pues ella excluye completamente todo pensamiento negativo, todo pensamiento de pecado y oscuridad. La Biblia habla de la santidad con mucha frecuencia, por ejemplo: 

“No hay santo como Jehovah… “(1 Sam. 2:2).

“…él es un Dios santo” (Jos. 24:19)

“…santo soy yo, Jehovah, que os santifico (Lev. 21:8)

“Antes bien, así como aquel que os ha llamado es santo, también sed santos vosotros en todo aspecto de vuestra manera de vivir, porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pe. 1:15-16).

Es de suma importancia reconocer la santidad de Dios. El que está conciente de este rasgo característico del Supremo, llega a tener oídos aguzados para Su santa y perfecta voluntad, que el Señor manifestó en Su Ley. Pero muchos cristianos tienen la opinión errónea y peligrosa de que la Ley de Dios hoy en día no tiene más validez, puesto que ha sido suprimida por el Evangelio, por la obra consumada de Jesucristo en la cruz del Gólgota. Pero esto no es así de ninguna manera, ya que el Señor Jesús dijo con respecto a la Ley y los profetas en Mateo 5:17-18: “No penséis que he venido para abrogar la Ley o los Profetas. No he venido para abrogar, sino para cumplir. De cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni siquiera una jota ni una tilde pasará de la ley hasta que todo haya sido cumplido”.

Pero como hoy en día en la proclamación del Evangelio muchas veces se pasa por alto la Ley, siendo que ésta se ha separado el Evangelio de Jesucristo, quien cargó por nosotros la maldición de la Ley en la cruz del Calvario, hay muy poca convicción de pecado en nuestros días. Por eso tenemos muchas personas que sí son creyentes y han tomado una decisión a favor de Jesús, pero de alguna manera, a pesar de esto, no han llegado a un claro renacimiento, porque nunca han tenido el espejo de la Ley ante sus ojos. Sin embargo, exactamente como las palabras de los profetas nunca fueron suprimidas, sino que fueron y son cumplidas, así es también con la santa Ley de Dios.

Estoy compenetrado del hecho de que esta seria verdad – excepto en regiones donde hay avivamiento – fue sepultada casi completamente en la Iglesia de Jesús. Por eso tampoco se encuentra en ella el temor de Dios y el temblar ante el pecado, pues está escrito en Romanos 7:13: “…a fin de que mediante el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso”. Bien es verdad que hoy en día se predica mucho acerca de la gracia de Dios en Jesucristo. ¡Pero nadie puede comprender la gracia de Dios si no ha visto y también oído a Dios en Su santa majestad!

Cuando el profeta Isaías vio la santidad de Dios, comenzó a temblar y exclamó en Isaías 6:5: “¡Ay de mí, pues soy muerto! Porque siendo un hombre de labios impuros y habitando en medio de un pueblo de labios impuros, mis ojos han visto al Rey, a Jehovah de los Ejércitos”.

Un día, el rey Josías hizo limpiar y renovar el Templo. En esta ocasión se encontró en algún rincón llenó de polvo el Libro de la Ley. Había quedado completamente olvidado, ya no se conocía. Bien es verdad que todavía se realizaban cultos, pero en ellos no se le hacía caso a la Ley. Cuando Safán, el escriba del rey, leyó al rey el Libro de la Ley, el rey rasgó sus vestiduras y lloró en la presencia del Señor, porque de repente vio sus pecados y los pecados del pueblo en el espejo de la Ley de Dios.

Tenemos una situación similar al regresar el pueblo de Israel de la diáspora, en el tiempo de Nehemías. Leemos en Nehemías 8:1-3: “Entonces todo el pueblo se reunió como un solo hombre… Y dijeron al escriba Esdras que trajese el libro de la Ley de Moisés, que Jehovah había dado a Israel. El primer día del mes séptimo, el sacerdote Esdras trajo la Ley ante la congregación… Y leyó el libro desde el alba hasta el medio día, frente a la plaza que está ante la puerta de las Aguas, en presencia de hombres, de mujeres y de cuantos podían entender”. En el versículo 9b leemos cuál fue la reacción: “Todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la Ley”.

Pregunto: 

¿Cuándo en la Iglesia se llora todavía sobre pecados cometidos?

El corazón se me oprime mucho, porque veo que no solamente en nuestra cristiandad de nombre, sino también en nuestras iglesias, casi ya no se llora ante Dios. En el tiempo de Nehemías, los israelitas deseaban escuchar la Ley. Pero hoy en día apenas quieren escuchar la santa voluntad de Dios en la Ley. Por eso también faltan las lágrimas de profunda contrición y arrepentimiento ante el Señor. Pero si los miembros de la Iglesia de Jesús estuvieran más concientes de la santa omnipresencia de Dios, la situación en las iglesias aquí y allá sería completamente otra.

Para volver una vez más a Israel: Todo Israel vio la majestad de Dios en el monte Horeb en el desierto del Sinaí y escuchó Su voz poderosa como “un fuerte sonido de corneta. Y todo el pueblo que estaba en el campamento se estremeció”, así lo leemos en Exodo 19:16. En aquel entonces, sin Moisés, el Mediador del Antiguo Pacto, seguramente todos se habrían escapado de terror. Pero leemos en el versículo 17: “Moisés hizo salir al pueblo del campamento al encuentro de Dios, y se detuvieron al pie del monte”. Sí, ya en aquel entonces todo Israel temblaba ante la conciencia de la presencia del Dios santo. ¡Oh, si tú también, querido oyente, ahora fueras convencido de pecados por la cercanía de la santidad de Dios, como el salmista, que dijo: “Oh Jehovah, tú me has examinado y conocido. Tú conoces cuando me siento y cuando me levanto; desde lejos entiendes mi pensamiento. Mi caminar y mi acostarme has considerado; todos mis caminos te son conocidos… ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿A dónde huiré de tu presencia?” (Sal. 139:1-3.7).

Por eso, no tapes tus oídos cuando oyes Su Santa Palabra: 

“No tendrás otros dioses delante de mí”. No esquives estas palabras, pues justamente a ti se dirigen.

La Santa Escritura explica muy exactamente lo que entiende, en realidad, por dioses, o sea, por idolatría. No debe ser necesariamente una imagen delante de la cual uno se arrodilla para adorarla. No, sino que tu desobediencia y tu resistencia contra la Palabra y voluntad de Dios, a los santos ojos de Dios ya es idolatría, como está escrito en 1 Samuel 15:23a: “Porque la rebeldía es como el pecado de adivinación, y la obstinación es como la iniquidad de la idolatría.” Si eres completamente sincero, debes admitir: También yo me he obstinado contra el Espíritu Santo. Le he sido desobediente a El y a la Palabra de Dios. Pero ante Dios, esto es “adivinación e idolatría”, pues mantienes el ídolo de tu yo al lado del Señor. Otro matiz de la idolatría es el amor al dinero. Pienso en Colosenses 3:5, donde dice: “…la avaricia, que es idolatría”. Pero el Señor dice: “No tendrás otros dioses delante de mí”.

Hay personas que se han convertido, pero en cuyas vidas nada ha cambiado. ¿Por qué es así? Porque al lado de su conversión al Señor, han mantenido también la idolatría. ¡Sin embargo, el sumo significado de la conversión es el apartarse de los ídolos! Así lo escribe Pablo a los tesalonicenses en el capítulo 1, versículo 9b: !…cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero”. El Señor tuvo que lamentar por boca del profeta Oseas: “Se vuelven, pero no al Altísimo”. ¿Por qué la actual Iglesia de Jesús tiene tan poco poder? ¿Por qué no hay avivamiento? ¿Por qué no se convierten centenares y miles de personas a Dios, por medio de un mensaje tan poderoso como el que nos fue dado? Quisiera decírtelo, querido oyente: ¡La causa es que sí muchos se han convertido, pero no al Altísimo, no completamente! Quizás también tú te hayas convertido a Dios, pero no te has apartado completamente de los ídolos. Tú que te has convertido, ¿cómo quieres, pues, ver a Jesús un día, si todavía estás muy apegado a ídolos como el amor al dinero, a carne y sangre, a tu propia honra? ¡Cuántos hay que todavía son muy soberbios! Pero el que verdaderamente viene a Jesús, a la cruz del Gólgota, deja aquí también toda idolatría, toda vanidad. ¡Y una persona así corre sin carga, libre de todo ídolo, al encuentro de Jesús!

La Santidad de Dios (parte 2)
La Santidad de Dios (parte3)

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