La prueba de la realidad del reino de mil años (2ª parte)


Autor: Win Malgo

La Biblia deja inequívocamente claro que Dios establecerá un reino de mil años en Israel. ¿Qué es eso? ¿Y qué significa eso para nosotros personalmente?

 


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PE2129 – Estudio Bíblico
La prueba de la realidad del reino de mil años (2ª parte)



¿Cómo están amigos? Comenzamos con un repaso de lo que hablamos en el programa anterior, y luego continuamos con el tema. Los Salmos 47 y 48 profetizan del reino de paz de mil años. Pero, de quién más información recibimos al respecto es del profeta real Isaías. Por ejemplo, en Is. 2:2 al 5 dice: “Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones. Y vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová. Y juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra. Venid, oh casa de Jacob, y caminaremos a la luz de Jehová”. Aquí se menciona el lugar donde el reino será establecido. La central del desarme mundial y de la paz del mundo no estará ni en Washington DC, ni en Moscú, no estará en Roma ni en Ginebra, ni en cualquier otro lugar de la tierra, sino en el Monte Santo en Jerusalén. Cuando Jesucristo esté sentado allí en el trono y reine, ya no podrá haber guerra. El odio, los chismes vecinales, los divorcios y todo tipo de disensiones quedarán abolidos. Ésa será una situación maravillosa, en la que también estará incluido el mundo animal. Así dice Is. 11:5 al 10: “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar. Acontecerá en aquel tiempo que la raíz de Isaí, la cual estará puesta por pendón a los pueblos, será buscada por las gentes; y su habitación será gloriosa”.

La Biblia, de principio a fin, trata el tema de que el Señor será rey eterno, y que todas las cosas son de Él y a través de Él y para Él (como dice Ro. 11:36). De modo que se trata del reino de Dios. El primer pecado, demostró que el ser humano no quiso reconocer que el reinado le pertenece únicamente a Dios, y con eso destruyó también el suyo. De este modo, el ser humano, bajo la seducción de Satanás, perdió el reino que Dios le dio, porque Dios había puesto al ser humano como gobernador de la creación.

Cuando Jesucristo venga otra vez, el reino de Dios será establecido definitiva y visiblemente. Sí, se hará visible lo que a través de los milenios fue preparado en los corazones de los creyentes. El Señor Jesús dijo: “El reino de Dios está dentro de vosotros.” Pero, nunca es la meta final que el mismo quede dentro de nuestros corazones, sino que algún día sea revelado: “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Col. 3:4). Nuestra salvación del poder de Satanás ya estuvo decidida en el corazón de Dios antes de la fundación del mundo. Y realizó esta salvación en la muerte y resurrección de Su Hijo. Del mismo modo, Su reino también se hará visible. Del objetivo del reino de Jesucristo, leemos en 1 Co. 15:27 y 28: “Porque todas las cosas las sujetó debajo de sus pies. Y cuando dice que todas las cosas han sido sujetadas a él, claramente se exceptúa aquel que sujetó a él todas las cosas. Pero, luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos”. O sea, que el reino de mil años es la realización de la total restauración del reino de Dios. En las Santas Escrituras vemos que la meta siempre es el Dios eterno mismo, y que eso también debe ser así en nuestra vida: “A fin de que seamos para alabanza de su gloria” (como dice Ef. 1:12).

Y ahora, nos queda la pregunta de quién participará en el reino de mil años. Una pausa y ya continuamos.

Habíamos dicho antes de la pausa, que nos quedaba la pregunta de quién participará en el reino de mil años. Los seres humanos serán divididos en dos grupos: un grupo participará en la primera resurrección, el otro en la segunda. Todo depende de si usted puede participar en la primera resurrección, porque escrito está: “Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección” (Ap. 20:6). Quien no participa en la primera resurrección, se queda en la tumba, en el Hades. Éste es el reino de los muertos. Aquellos, sin embargo, que están presentes en la primera resurrección, serán salvos y santos, y verán lo que el Señor ha prometido: “La segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años”. Los demás, deberán esperar mil años y, luego, tendrán que comparecer para la última rendición de cuentas, que describe Ap. 20:23: “Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios”.

Después de mil años, el diablo nuevamente podrá seducir, pero luego se le preparará el fin: “Cuando los mil años se cumplan, Satanás será suelto de su prisión, y saldrá a engañar a las naciones que están en los cuatro ángulos de la tierra” (Ap. 20:7 y 8). Luego, tendrá lugar la segunda resurrección, que se describe en los vers. 11 al 13: “Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos”. Muchos se hacen cremar por temor al juicio, pensando que con eso pueden borrar su existencia en forma completa. Pero, eso es una equivocación: “Y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Ésta es la muerte segunda” (dice Ap. 20:13 y 14). Ésta es la muerte, por toda la eternidad: estar-separados-de-Dios: “Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego” (Ap. 20:15). En esta última rendición de cuentas ante el gran trono blanco, falta algo. ¡Es el Cordero y Su sangre derramada! Allí ya no hay perdón posible. Por eso, es ahora el tiempo agradable para alcanzar, a través de la fe en Jesucristo, las cuatro características necesarias para poder estar en la primera resurrección, es decir:

– El dejarse purificar cada vez más profundamente: “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn. 3:3).

– El buscar la santidad: “Sin la cual (la santidad) nadie verá al Señor” (He. 12:14).

– La disposición cada vez más profunda al sufrimiento, porque si sufrimos y morimos con Él, entonces también reinaremos con Él (2 Ti. 2:11).

– La constante espera de la venida del Señor Jesús: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” (Fil. 3:20).

Y finalizamos con las palabras de Ap. 22:17 y 20: “Y el Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!… ¡Amén; sí, ven, Señor Jesús!”

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