La Herencia de los Santos en Luz 1/4

Titulo:   “La Herencia de los Santos en Luz”  1/4

Autor: Wim Malgo 
Nº: PE1028

 

Elque ha llegado a ser creyente en Jesucristo, ha nacido de nuevo para una esperanza viva; nació de Dios, nació por la voluntad de Dios y por la Palabra de verdad, para ser participante de la naturaleza divina. Los hijos de Dios solamente pueden llegar a ser herederos y coherederos de Cristo si andan en obediencia.

 


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“La Herencia de los Santos en Luz” 1/4

Estimados amigos, empezando la meditación de hoy, leamos Colosenses 1:12-15: “Con gozo damos gracias al Padre que os hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz. El nos ha librado de la autoridad de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo amado, en quien tenemos redención, el perdón de los pecados. El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda la creación”.

El que ha llegado a ser creyente en Jesucristo, ha nacido de nuevo para una esperanza viva; nació de Dios, nació por la voluntad de Dios y por la Palabra de verdad, para ser participante de la naturaleza divina. Con esto queda claro que tú que has experimentado el nuevo nacimiento, no eres ni un hijo adoptivo ni un hijastro de Dios. No, sino que eres un hijo verdaderamente nacido de Dios o una hija nacida de Dios. Por eso, Juan dice con énfasis en 1.Juan 3:1-2: “Mirad cuán grande amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios. ¡Y lo somos! Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Pero sabemos que cuando él sea manifestado, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”. Si has llegado a ser un hijo de Dios por la fe, eres un extranjero aquí en la tierra.

Ahora bien estimado amigo, El que como hijo de Dios está demasiado familiarizado con el mundo, vive peligrosamente. Pero ¿cómo es esto? ¿No es que estamos todavía en el mundo? Ciertamente. Siendo los “escogidos de Dios, santos y amados” -como nos nombra Col. 3:12, ahora como antes estamos “en” el mundo, pero ya no somos “de” este mundo.

En otras palabras: Si andamos en luz, ¿cómo entonces puede haber oscuridad? Pero si toleramos la oscuridad, entonces andamos en la media luz y no practicamos la verdad. Por eso, Juan es muy radical cuando habla de nuestra actitud frente al mundo: “No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él; porque todo lo que hay en el mundo – los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la soberbia de la vida – no proviene del Padre sino del mundo. Y el mundo está pasando, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”.

Te digo con toda seriedad: Al hacer concesiones al espíritu de este mundo, ya entras en el anticristianismo. Pero por favor: ¡No testifiques tu santificación, el hecho de ser escogido y apartado para Dios, con palabras, sino con tu ser! Santiago habla de manera aún más enfática y seria de nuestra actitud frente al mundo, cuando dice en el capítulo 4 versículo 4 de su carta: “Gente adúltera! ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Por tanto, cualquiera que quiere ser amigo del mundo se constituye enemigo de Dios”.

En Romanos 8:17 leemos: “Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.”

Son palabras maravillosas y están en la misma línea que Romanos 8:31-32: “¿Qué, pues, diremos frente a estas cosas? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará gratuitamente también con él todas las cosas?” ¿Qué heredó Jesucristo, en realidad, por Su obediencia hasta la muerte, ¡y muerte de cruz, como el postrer Adán? La respuesta es: Todo lo que el primer Adán había perdido por su desobediencia. Hebreos dice que Dios “constituyó a Su Hijo heredero de todo”. El Señor Jesús llegó a ser el Heredero de todas las cosas, porque obedeció completamente a Su Padre, y por eso también “Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que es sobre todo nombre”

También los hijos de Dios solamente pueden llegar a ser Sus herederos y coherederos de Cristo si andan en obediencia. En otras palabras: “…si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados”, como lo dice Romanos 8:17. Pues van a haber las dos cosas: salvación y recompensa. Primero la salvación, que recibimos sin mérito propio, sólo por la fe en Jesucristo. Efesios 2:8-9 describe esto: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No es por obras, para que nadie se gloríe.” Pero la recompensa, hay que heredarla, y esto a través de una vida de fiel entrega y victoria. Para esto, Dios incluso mandó a Sus ángeles, para que nos ayudaran y nos sirvieran. Al respecto, leemos en Hebreos 1:14: “¿Acaso no son (los ángeles) todos espíritus servidores, enviados para ministrar a favor de los que han de heredar la salvación?” Y lo maravilloso es que la herencia está reservada para nosotros en el cielo, pues leemos en 1 Pedro 1:3-4: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien según su grande misericordia nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva por medio de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos; para una herencia incorruptible, incontaminable e inmarchitable, reservada en los cielos para vosotros”. Esto ya nos es dado hoy por la fe en Jesucristo: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales” y está en la misma línea como el hecho de que aquí en la tierra, por un lado, andamos por fe y no por vista, pero por otro lado ya andamos en espíritu, según Efesios 2:6: “…juntamente con Cristo Jesús, nos resucitó y nos hizo sentar en los lugares celestiales”.

Aquí en la tierra, para los hijos de Dios se trata de heredar la recompensa por la obediencia de fe, sí, ocuparnos ya en ella con temblor, dejarnos hacer dignos de ella. Este es el objetivo de muchas exhortaciones en el Nuevo Testamento, como por ejemplo, Filipenses 2:12-13: “De modo que, amados míos, así como habéis obedecido siempre – no sólo cuando yo estaba presente, sino mucho más ahora en mi ausencia -, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es el que produce en vosotros tanto el querer como el hacer, para cumplir su buena voluntad”. ¿Qué es, pues, esta salvación? Repito: Ya has recibido la salvación por la fe en Jesucristo; eres salvo, tienes la vida eterna. Pero la meta de la salvación, la recompensa o la corona, que todavía hay que heredar, solamente la reciben los que se ocupan en ella con temor y temblor: “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”. Es también lo que el Señor glorificado quiere decir en Apocalipsis 3:11, donde dice con palabras muy serias: “Yo vengo pronto. Retén lo que tienes para que nadie tome tu corona”.

O en Apocalipsis 2:10b: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida”. Pablo siempre prosiguió muy resueltamente el premio, la herencia celestial, pues dice en Filipenses 3:12-14: “No quiero decir que ya lo haya alcanzado, ni que haya llegado a la perfección; sino que prosigo a ver si alcanzo aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado. Pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está por delante, prosigo a la meta hacia el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”. Cuando estuvo inmediatamente ante el fin de su vida, estaba seguro que por la gracia de Dios había guardado la herencia, siendo que había permanecido en la obediencia de la fe y así había alcanzado la meta celestial. Lo testifica en 2 Timoteo 4:7-8: “He peleado la buena batalla; he acabado la carrera; he guardado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, el Juez justo, en aquel día. Y no sólo a mí, sino también a todos los que han amado su venida”.

Qué así sea en tu vida también, querido amigo, que peleas la buena batalla de la fe. Amén.

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