La expectativa inminente…

Si miramos hacia atrás en la historia de la iglesia de Jesús, vemos que ya antes de nosotros hubo personajes prominentes que contaban firmemente con el pronto regreso de Jesús. ¿Qué significa esto para nosotros?

Ya en la primera generación posterior a los apóstoles reinaba una expresa expectativa inminente entre los cristianos. La conquista y destrucción de Jerusalén por medio de los romanos, hizo que algunos creyeran, por ejemplo, que el anticristo estaba a las puertas. Por esta razón, el autor de la carta de Bernabé (libros apócrifos) escribió: “Cercano está el día en que para el maligno todo esté perdido; cercano está el Señor y su galardón.”

En el tercer siglo, el patriarca Tertuliano llegó a la convicción de que la intensa persecución de los cristianos, por parte de los romanos de su tiempo, debía ser el comienzo de los dolores de parto de la segunda venida de Jesucristo. Y cuando más tarde en la historia, los bárbaros visigodos conquistaron Roma, la cual ya estaba cristianizada, algunos creyentes, a su vez, vieron en esto una señal del fin cercano.

En el siglo XII, el Abad del monasterio, Bernardo de Clairvaux, tenía muchas luchas con la depravación moral en la iglesia y decía que el tiempo anticristiano de la persecución había comenzado, y lo había hecho por medio de la seducción, el bienestar y la falsa paz. Bernardo estaba convencido que Jesucristo pronto mataría al anticristo “con el espíritu llameante de Su boca”, y que “en el tiempo de Su reluciente segunda venida lo destruiría”.

Alrededor de 400 años después, Martín Lutero reconoció al anticristo en el papado. Por esta razón, el reformador alemán enfatizó toda su vida: “Estoy convencido que el último día está a la puerta.” Tal como Bernardo y otros anteriores a él, interpretó los acontecimientos de su tiempo como el cumplimiento de las profecías bíblicas para el fin de los tiempos. Lutero enfáticamente decía: “Las señales que Cristo y los apóstoles Pedro y Pablo anunciaron, ya casi todas han tenido lugar.”
En el correr de la historia de la iglesia, las ideas acerca del fin del mundo han cambiado una y otra vez. En América del Norte, en el siglo 18, por ejemplo, el conocido predicador Jonathan Edwards consideraba los reavivamientos de su tiempo como señales del fin. Él leía diversas noticias de todo el mundo, las comparaba con la Biblia y llegaba a la conclusión de que ya no podía pasar mucho tiempo hasta el regreso del Rey de reyes. Él también contaba con la agrupación y restauración de los judíos en “Palestina”. Y, luego, cuando Israel verdaderamente llegó a ser una nación autónoma otra vez, muchos prominentes profesores de la Biblia, como por ejemplo Hal Lindsey, proclamaron que en la generación de los fundadores del Estado judío, seguramente, debería volver el Señor Jesús…

Cada generación de cristianos piensa ver las señales de un fin cercano. Y está bien que sea así. El Señor Jesús espera de Sus discípulos que sean “semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese…” (Lc. 12:36). Es parte de una sana vida cristiana el ser conscientes que vivimos en los últimos días y que nuestro Señor puede regresar en cualquier momento (1 P. 1:13; 4:7). Todo lo demás es “no ser sobrios” (1 Ts. 5:6).

El teólogo Michael Heiser, no obstante, supone que Dios, a pesar de todas las señales, ha mantenido en la oscuridad la profecía bíblica intencionadamente. Por esta razón, nosotros los cristianos muy a menudo reñimos sobre asuntos del tiempo del fin, porque la Biblia en este aspecto no es tan clara como nos gustaría que fuera. Los enemigos de Dios en el mundo invisible, es decir el diablo y los demonios, no deben saber qué, cuándo, y exactamente cómo sucederá. Esto lo confirma el apóstol Pablo, con respecto a la profecía del Antiguo Testamento acerca de la primera venida de Jesucristo: la victoria del Señor, nada menos que a través de Su muerte sacrificial en la cruz, fue “sabiduría secreta, misteriosa de Dios”, porque si los poderes de las tinieblas lo hubieran sabido, entonces “nunca habrían crucificado al Señor de gloria” (1 Co. 2:7-8).

La llegada de nuestro Señor, en definitiva, será sorpresiva (Mt. 25:13; Hch. 1:7; 1 Ts. 5:1-6). Pero como Jesús dijo, así será: “Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles” (Lc. 12:37). La reacción de cada cristiano a la promesa de Jesús: “Sí, vengo en breve”, solamente puede ser: “¡Amén, sí, ven, Señor Jesús!” (Ap. 22:20).

René Malgo

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