La destacada posición de la iglesia (2ª parte)

La destacada posición de la iglesia

(2ª parte)

Autor: Thomas Lieth

Así como el nombre de Jesús está “sobre todo nombre”, la iglesia (su esposa), la cual fue comprada por medio de Su preciosa sangre, y cuya cabeza es Él, tiene una posición destacada.


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PE1493 – Estudio Bíblico – La destacada posición de la iglesia


 



¿Cómo están amigos? En el estudio anterior, estábamos hablando de la destacada posición de Jesucristo. Y habíamos empezado a hablar de Moisés y Aarón. Continuamos hoy viendo que Moisés, siendo comisionado por Dios y como siervo Suyo, construyó el tabernáculo según las indicaciones que Él le había dado en el monte, de la misma manera que Aarón, como siervo de Dios, desempeñó allí su servicio como sumo sacerdote, pero tanto el tabernáculo en sí como el servicio del sumo sacerdote eran la obra de Dios: Él creó, planeó, llamó y comisionó a las personas para llevar a cabo su plan.

Pese a toda su grandeza, magnificencia y fidelidad, Moisés y Aarón eran “únicamente” siervos de Dios y no iguales a Dios. Es aquí que llegamos a la diferencia decisiva en el caso de Jesucristo, pues de Él está escrito en He. 3:3 al 6: “Porque de tanto mayor gloria que Moisés es estimado digno éste, cuanto tiene mayor honra que la casa el que la hizo. Porque toda casa es hecha por alguno; pero el que hizo todas las cosas es Dios. Y Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir; pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza”. Moisés fue fiel sobre la casa del Antiguo Testamento (el tabernáculo del pueblo de Dios). Pero la carta a los Hebreos dice que Jesús, el Hijo de Dios, lo fue sobre “su casa”. Moisés y Aarón fueron siervos efectivos en la casa de Dios, pero no era su propia casa.

Jesús, sin embargo, fue puesto sobre su propia casa. Ésta es una tremenda diferencia. Pues ésta, su casa, no está hecha de lona ni de piedras, ni tampoco se trata de una catedral. No, su casa consiste en todos aquellos que han creído en el Señor Jesucristo como Salvador y Señor, la iglesia viva de Dios que menciona He. 3:6: “pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza”.

La iglesia es la morada de Dios en el Espíritu

Con relación a esta casa de Dios neotestamentaria, Pablo le escribe a su hijo espiritual Timoteo, en su 1ª carta, cap. 3, vers. 15: “para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad”. Y en la carta a los Efesios, cap. 2, vers. 21 y 22, hasta se dice que como cristianos renacidos crecemos “bien coordinados”, “para ser un templo santo en el Señor, en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.

Los hijos de Dios son llamados a la vida eterna. Aunque nuestra “morada terrestre” se vaya desgastando, aun así nuestra vida sigue siendo eterna en nosotros. ¡Qué tremendo milagro de la misericordia de Dios! Esto nos debería llevar a un más profundo temor de Dios y a un mayor agradecimiento hacia Él.
Tanto el tabernáculo como el templo en el antiguo pacto, fueron únicamente un anticipo de lo que sería la morada de Dios: su iglesia.

Lo mismo sucede con el sacrificio que realizaban los sacerdotes, los cuales representan el sacrificio de Jesús como el Cordero de Dios en la cruz del Gólgota, y así la iglesia de Dios (integrada por judíos y gentiles) es el cumplimiento del Antiguo Testamento. Sí, es el cumplimiento de la sagrada voluntad divina. La iglesia representa la profecía cumplida. Tanto el tabernáculo como el templo se tornaron innecesarios. ¿Por qué? Porque el Espíritu Santo mora en la congregación. Todos los sacrificios caducaron. ¿Por qué? Porque Jesucristo se sacrificó una vez y para siempre (como leemos en Hebreos 9:24 al 28). Y éste, Su sacrificio voluntario y suficiente, está presente a diario en la iglesia: la cruz del Gólgota. La victoria de Dios ya se ha revelado en la iglesia en y a través de su Hijo Jesucristo.

Por último, en He. 3:6 somos animados a retener con firmeza lo que poseemos, a no soltarlo, y a perseverar en la Palabra de Dios: “…si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza”. Si realmente hemos renacido y somos “morada de Dios”, o “templo del Espíritu Santo”, entonces debemos ser dignos de tan sublime llamamiento. Para cada hijo de Dios debería ser algo obvio querer retener las declaraciones fundamentales de las Sagradas Escrituras, especialmente querer aferrarse a Jesucristo, el “autor y consumador de la fe”, la “piedra angular”, como se menciona, respectivamente, en He. 12:2 y Ef. 2:22 en adelante.

Una iglesia en la cual Jesús no sea el centro, no es digna de ser llamada “iglesia del Dios viviente”. Pues una verdadera iglesia cristiana debería
Proclamar y enseñar, guardar y poner en práctica, la Palabra de Dios
Revelar la esencia de Dios; y
Adorar y reverenciar a Dios

Como miembros de una iglesia local, somos llamados a retener las promesas de Dios, a confiar en su Palabra y a mirar con corazón gozoso hacia el futuro. Pues, ¡nuestro futuro es glorioso (así se menciona, por ejemplo, en 1 Co. 2:9)! Somos la “morada de Dios” aquí en la tierra, y somos los representantes del Dios Creador. Le pertenecemos al Señor Jesús, ya que hemos sido comprados con su preciosa sangre de una vez y para siempre.

¡Qué gozosos podemos estar, basándonos en promesas como la de 1 Tes. 4:17; y la de Juan 17:24! Pablo le escribió a los Filipenses cuando se hallaba en la cárcel de Roma, lugar en el que no debería tener razones para estar gozoso, pero, aún así, éstas fueron sus palabras: “Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!” Vale destacar la palabra: “siempre”. No sólo cuando nos encontramos en el “séptimo cielo”. No se trata aquí de un gozo artificial, sino del gozo que proviene del corazón, un gozo que está cimentado en Jesucristo.

¿Por qué nosotros, los cristianos renacidos que pertenecemos a la iglesia del Dios vivo, tenemos razones para estar gozosos y esperanzados? Contestamos a esto con otras palabras de la Biblia: porque nuestra mirada no está puesta en el presente, con todos sus problemas y preocupaciones, sino que tenemos en cuenta lo que se nos dice en Filipenses 4:6 y 7: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”. ¿Y esto para qué? Para que “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento,…(guarde)… vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. Como cristianos renacidos también tenemos el futuro en la mira, y con ello tenemos ante nuestros ojos la gloria de la presencia de Dios y de Jesucristo.

Un cristiano no debería volver su mirada hacia los errores ya perdonados, preguntándose si los mismos fueron realmente perdonados por el Señor. Si es que alguna vez vuelve a pensar en esos errores, que sea únicamente para agradecerle a Dios, quien a hecho de él una nueva criatura. Así está escrito en 2 Co. 5:17: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.

En Hebreos 3:6 hemos leído: “pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza”. Esto no se trata de una falsa esperanza, ya que está fundamentada en la Palabra de Dios, la cual es verdadera. Por eso, esta esperanza viva está relacionada con la seguridad de la salvación, y con la plena confianza de que todas las promesas de Dios en la Biblia efectivamente son ciertas. Por eso, también podemos ejercer una fe inquebrantable, manifestada en la esperanza del encuentro con el Señor Jesucristo, quien murió, resucitó, ascendió al cielo y quien ciertamente volverá para llevar a su iglesia hacia el reino celestial (como se nos dice en Juan 14:2 y 3; y en 1 Tes. 4:16 al 18).

Con confianza debemos retener con firmeza y hasta el fin esta esperanza viva. Si una iglesia local cuestiona las declaraciones fundamentales de las Sagradas Escrituras y ha dejado de esperar el regreso del Señor, sin lugar a dudas pierde cualquier derecho de ser denominada “iglesia del Dios vivo”, pues entonces no es otra cosa que una cueva sin vida, como sucedió en algún momento en el templo de Jerusalén, cuando la gloria de Dios se apartó de allí (como podemos leer en Ez. 10:18).

Querido hijo de Dios, no pierdas tu confianza, pues tiene un gran galardón prometido en He. 10:35 al 37: “No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará”. No importa que a nuestro alrededor haya tormenta o estruendo, aún así, mantengámonos firmes en la tremenda riqueza que Dios nos ha dejado: su Palabra en el Antiguo y Nuevo Testamento, que encuentra su cúspide en Jesucristo, quien, como dice He. 12:2 y 3, es el “…autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar”.

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