La Cena del Señor

La Cena del Señor

Autor: William MacDonald

  La palabra discípulo ha sido por demás utilizada, y cada usuario le ha dado el significado de su conveniencia. El autor de este mensaje nos lleva a examinar la descripción de discipulado que presentó Jesús en sus enseñanzas, la cual se halla también en los escritos de los apóstoles, para que aprendamos y descubramos más acerca de este concepto.  


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PE1886 – Estudio Bíblico  –  La Cena del Señor



  Estimados amigos, ¿cómo están? Como ya se dijo en la introducción, vamos a hablar hoy de un punto muy importante en la vida de un discípulo. La cena del Señor es parte fundamental de nuestra relación con Dios.

Acerca de la institución de la cena del Señor, podemos leer en Lucas 22:7 al 20. Ustedes pueden, después, estudiar y reflexionar acerca de todo este pasaje, del cual yo voy a citar ahora sólo la última parte, a partir del versículo 17. Dice así:“Y habiendo tomado la copa, dio gracias, y dijo: Tomad esto, y repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga. Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que vosotros se derrama”.

En la noche en que sería traicionado, el Señor instituyó lo que llegaría a conocerse como la Cena del Señor, una reunión diseñada para recordar continuamente a su pueblo el hecho de su muerte a favor del mismo. Al partir el pan y participar del fruto de la vid, recordarían que el Hijo de Dios entregó su cuerpo y derramó su sangre a favor de su redención.

Es un acto de obediencia al claro pedido del Salvador de 1 Co. 11:25:“… haced esto… en memoria de mí”. Es una de las formas en las cuales podemos complacerle, que sólo se dan en esta vida.

Cuando nos reunimos para recordarle de esta forma, podemos proclamar, como dice Mateo 18:20, que Él está allí en medio nuestro. Para nosotros es uno de los mayores privilegios posibles. Nos apropiamos de su presencia por la fe.

Vernon Schlief lo ilustra muy bien en su libroNuestra Gran Aventura de Fe,donde dice:

Una cierta mañana del Día del Señor, cuando los creyentes estaban reunidos para recordar al Señor, mi bisabuela elevó la mirada a través de la ventana y vio, a la distancia, que su granero se estaba quemando y grandes llamaradas salían del techo. Codeó a su esposo y le susurró agitadamente al oído: “John, nuestro granero se está incendiando”. Él apenas levantó la cabeza y le susurró a su mujer: “silencio, estamos en la presencia del Señor”.

El recordar al Señor nos conduce inevitablemente a la adoración, al agradecimiento, y a la alabanza. En dicho momento, el individuo alcanza su destino más elevado, adorar a Dios. Así satisface el deseo que Dios tiene de adoradores (mencionado en Jn. 4:23). También se libra de ser un leproso sanado que falla, y no vuelve para dar las gracias (como el de la historia de Lc. 17:12 al 19).

El pasaje ya mencionado de 1 Co. 11, al igual que el de Lucas, habla de la institución de la cena del Señor, y también de la advertencia de no tomar la cena indignamente. Del versículo 23 al 34 se habla de todo esto. Como dije antes, pueden leer todo el pasaje después, pero ahora voy a mencionar sólo una parte del mismo:“… tomó el pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí”.En realidad, la Biblia no dice qué tan a menudo deberíamos celebrar la Cena del Señor. Pero, en 1 Co. 11:26 leemos que Jesús dijo“todas las veces”. Los discípulos lo hacían cada día del Señor (como está escrito en Hechos 20:7). Podemos mostrar la medida de nuestro amor hacia Él al seguir el ejemplo de ellos. No hay peligro de que se convierta en un lugar común. El Calvario nos provee de buenas razones para una adoración sin cesar.

El versículo 27 sigue diciendo:“… cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por lo tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa”.

La asistencia fiel a la Cena del Señor tiene una influencia santificadora sobre el creyente. Él creyente o la creyente, confiesa y abandona todo pecado conocido al participar de ella (y aquí entra el hecho de no tomar la cena indignamente, lo cual conlleva las consecuencias mencionadas en el versículo 29:“Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí”).

Al participar del pan o del vino, el adorador recuerda en forma muy vívida lo que sus pecados le costaron al Salvador, lo cual es un poderoso freno que evita que pequemos.

Además, a esto, debemos sumarle el hecho que nos transformamos a la imagen de aquello que adoramos. Cuanto más le contemplemos, más seremos transformados a su imagen por el Espíritu del Señor (como dice 2 Co. 3:18). Tenemos una cita con el Señor, y Él nos echa de menos cuando no estamos allí. Lo sabemos por lo que dice Lucas 7:45-46:“No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies”.Si Él echó de menos el beso del fariseo y el hecho de que le ungiera sus pies con óleo fragante, ciertamente extraña el amor que podríamos derramar sobre Él cuando no lo hacemos. No olvidemos el pedido del Señor:“… haced esto… en memoria de mí”. 

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