Hay un camino de vuelta a Dios (2ª parte)


Autor: William MacDonald

Hay un fenómeno típico de la vida cristiana que se llama: recaída. La comunión es un débil hilo. La recaída tiene consecuencias, tiene un costo. Pero… como veremos en este mensaje… ¡hay un camino de vuelta a Dios!


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PE2188 – Estudio Bíblico
Hay un camino de vuelta a Dios (2ª parte)



¿Cómo están amigos? Decíamos en el programa pasado que la comunión con Dios es algo frágil. El pecado quebranta la comunión, sin embargo, no rompe la relación. Cuando un cristiano peca, sigue siendo hijo de Dios, pero desaparece el gozo de la felicidad familiar. No pierde su salvación, pero sí pierde el gozo de su salvación.

Esto puede sucederle a cualquier creyente. En la mayoría de los casos comienza con el descuido de la Palabra de Dios y de la oración. Las presiones de la vida van ocupando el tiempo diario del devocional. Al apartarnos de la influencia de la Biblia, dejamos de considerar el pecado como algo grave. Desarrollamos una actitud liberal e indulgente. Las tentaciones dejan de parecer peligrosas; de hecho, la expectativa del pecado se convierte en algo atrayente. Nos gusta pensar en ello. Claro que no tenemos intención de hacer tal cosa, pero pensamos tanto en ello que nos familiarizamos con la idea. Luego jugueteamos, frivolizamos y probamos, y finalmente nos zambullimos. Como lo expresa Santiago 1:14 y 15: “Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado; y cuando el pecado es consumado, engendra la muerte.”

La mayoría de los creyentes recaen en una u otra época de sus vidas. La Biblia nos habla de hombres santos y destacados que permitieron que el pecado quebrantase su comunión con Dios: Lot, Sansón, Noemí, David, Jonás, Pedro y Demas, por ejemplo. El cristiano que cree que a él no le podría suceder tal cosa, corre alto peligro de caer. Como dice 1 Corintios 10:12: “… el que piensa estar firme, mire que no caiga”.

Todo pecado debe ser confesado ante Dios. Pero si otros han sido afectados, debemos confesarlo también a ellos, como nos exhorta el Señor Jesús en Mateo 5, y debemos hacer restitución en todos los casos en que nuestro pecado haya causado una pérdida tangible a otros. En el momento en que haya una genuina confesión a Dios y a los hombres y se haya efectuado la restitución, queda restaurada la comunión con Dios, y el Espíritu Santo puede reanudar Su ministerio predilecto en nosotros: llenar nuestro corazón y nuestra mente con las glorias del Señor Jesucristo, como dice Juan 16:14.

¿Significa esto, entonces, que un cristiano puede pecar y esto queda sin consecuencias? La respuesta es un evidente NO. Pero al considerar esta pregunta, será útil mostrar la distinción entre la PENA por el pecado y las CONSECUENCIAS del pecado.

Es evidente en la Biblia, que el recaído nunca tendrá que pagar la pena eterna de su pecado. Esta pena fue pagada por el Salvador en la Cruz. Los que creen en Él no vendrán a juicio, sino que han pasado ya de muerte a vida (como nos asegura el Señor en Juan 5:24). En otras palabras, cuando un verdadero creyente peca, no es por ello condenado al infierno. Cristo cumplió completamente la pena por el pecado, al derramar Su sangre en el Calvario. Dios no demandará el pago dos veces, primero de parte de Cristo, y después de parte de nosotros.

Cuando un hijo de Dios peca, el diablo lo acusa ante el Trono de Dios en el cielo. Entonces el Señor Jesús se presenta como Abogado, señalando las heridas en Sus manos, pies y costado, y dice: «Pagué por este pecado hace casi dos mil años. Cárgalo a mi cuenta». De modo que el recaído no tiene que pagar las consecuencias eternas de su pecado en el infierno. Pero, debemos añadir con toda presteza que sí
tendrá que sufrir las consecuencias de su pecado en esta vida, y también en el cielo. Después de la pausa, veremos algunas de estas consecuencias.

Ahora sí, veamos algunas de las consecuencias del pecado en esta vida, que son:

  • Deshonor al nombre del Señor
  • Testimonio arruinado
  • Miseria e infelicidad para otros
  • Enorme desperdicio de tiempo y dinero
  • Trastornos emocionales y físicos
  • Profunda pena y remordimiento
  • Miseria y desgracia personal
  • Oportunidades perdidas de servicio
  • Y que otras personas tropiecen por el mal ejemplo.

Y en el cielo, una de las consecuencias del pecado no arreglado en la vida terrenal, será:

– la pérdida de recompensa ante el Tribunal de Cristo (lean al respecto 1 Corintios 3:15).

Sin embargo, Dios es mayor que todos nuestros pecados. Espera el regreso del recaído. La puerta está siempre abierta. El Señor nos tiene preparada una regia bienvenida, y tiene formas maravillosas de restaurarnos después del pecado y del fracaso, para Su propia gloria y para nuestro bien.

Hemos visto que la causa de toda recaída es el pecado. Es lo que quebranta la comunión con Dios, y la comunión permanece rota hasta que el pecado sea confesado y abandonado. Ahora, sin embargo, es bueno saber que la recaída adopta varias formas. Aunque la causa básica es la misma y el remedio es en todos los casos el mismo, hay muchas diferentes manifestaciones de esta dolencia espiritual.

Veamos algunas FORMAS DE RECAIDA

En primer lugar, deberíamos mencionar la caída moral. Nos referimos al cristiano que cae en pecado sexual. Veamos el ejemplo de un hombre que ha estado casado por quince años y siempre ha sido activo en la iglesia. Era un cristiano normal, pero con una debilidad: Parecía excesivamente fa¬miliar con las mujeres. Tenía buena conversación, facilidad en el trato, y unas manos que se inclinaban a acariciar y a tocar. La caída sucedió cuando estaba fuera de casa, en un viaje de negocios. Desde entonces ha sido irregular en su asistencia a la iglesia. Las cosas nunca han vuelto a ser iguales en casa. Nadie sabe qué sucedió. Todo lo que saben es que está diferente. Frío. Alejado. Callado. Hasta ahora lo ha guardado todo en su interior, y así es como quiere mantenerlo.

Luego está la recaída del tipo “hijo pródigo”. Observemos este otro caso: Creció en un hogar cristiano protegido, y se convirtió el año antes de alistarse en el Cuerpo de Marines. Para él fue un gran alivio liberarse de los límites de la vida del hogar. Estaba decidido a «vivir a su manera». Durante su tiempo en los Marines, nadie se daba cuenta de que era cristiano. Se movía con la corriente de la multitud y procuraba adaptarse tanto como fuese posible. Todo ese tiempo estuvo actuando. No era el verdadero él, y lo sabía. En lo más profundo de su ser, había un sentimiento de culpa y de insatisfacción.

Otra persona tuvo una recaída del tipo intelectual. Era una joven que, después de estudiar en una escuela bíblica, pasó a la universidad, movido por el deseo de obtener un título de una universidad acreditada. Su especialidad era la filosofía. Al cabo del primer mes, sus creencias cristianas fueron gravemente sacudidas. Se volvió huraño y crítico. Perdió la sencillez que hay en Cristo, y quedó lleno de dudas y especulaciones.

Luego, naturalmente, está la recaída del bebedor. Un negociante comenzó con la bebida social. Cuando llevaba a sus clientes a cenar, los acompañaba a tomar un cóctel: Pero cuando aumentaron las presiones familiares y laborales, se aliviaba bebiendo más. Ahora está aprisionado por el hábito, pero piensa que puede abandonarlo cuando quiera. Cuando piensa en la iglesia y en sus amigos cristianos, se siente casi abrumado de vergüenza, pero para hallar alivio, se toma otro trago.

Queridos amigos oyentes, el tiempo se ha acabado, pero continuaremos viendo otros tipos de recaída en nuestro próximo encuentro. ¡Hasta entonces!

Hay un camino de vuelta a Dios (1ª parte)
Hay un camino de vuelta a Dios (3ª parte)

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