Gozo, gran gozo

IMG_035_gozobElla nunca había estado en el lado soleado de la vida; al contrario, solo recordaba una existencia entre las sombras. Ahora quería poner fin a su vida justamente en la Nochebuena. La vivienda estaba ordenada, las pastillas estaban listas y el agua hervía sobre la cocina. Apenas había puesto la altísima dosis en una gran taza y le había echado el agua caliente encima, cuando sonó el timbre de la puerta de entrada. Afuera había un grupo de jóvenes que cantaban la canción “Oh Santísimo, Felicísimo”. ¡Justo esto le faltaba en su situación!
Después de cantar, los jóvenes le entregaron un sobre con una pequeña cantidad de dinero, un CD navideño y el saludo “feliz navidad”. Luego el grupo se despidió, pero para ella comenzó el camino hacia una nueva vida.

“Esta es la noche en que vino a mí,
La amabilidad del gran Dios;
El niño al que sirven todos los ángeles,
Trae luz a mi oscuridad,
Y esta luz del mundo y del cielo
No retrocede ante cien mil soles”.

¿Dónde encontró esta señora ese día el gozo verdadero y duradero, un gozo que por ser diferente no se derrumba en tiempos de tristeza?
La respuesta la encontramos en un comentario que alguien hizo: “El verdadero gozo ha bajado del cielo”. Y otro lo comenta así: “Gozo no es la ausencia de tristeza, sino la presencia de Dios”.
Estas dos declaraciones describen el milagro de la Navidad. Hace unos 2000 años Jesús vino al mundo para traer gozo. El pecado humano, que se manifiesta en la injusticia, el egoísmo y la codicia, una y otra vez despojan a este mundo de su gozo. Pero desde que Jesucristo vino a la tierra, las buenas nuevas según el evangelista Lucas dicen:
“… Conocimiento de salvación… para perdón de sus pecados, por la entrañable misericordia de nuestro Dios, con que nos visitó desde lo alto la aurora, para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz” (Lc. 1:77-79).
En la descripción del nacimiento de Jesús (la primera Navidad) que hacen los evangelios de la Biblia, el gozo es un factor presente en primera plana: es mencionado cuatro veces. Vemos así que la Navidad, en todos los sentidos del término, es la fiesta del gozo.

1. La primera vez que se menciona el gozo es cuando María, embarazada de Jesús, visita a su parienta Elisabeth que también estaba embarazada. Cuando Elisabeth vio a María, dijo: “Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre” (Lc. 1:44).
Por mucho tiempo Elisabeth no había podido tener hijos. Eso era especialmente trágico en aquel tiempo en el antiguo Israel, ya que muchos lo veían como un castigo de Dios y por eso menospreciaban a la mujer que no concebía. Elisabeth ni siquiera tenía asegurado el sustento para su vejez, ya que en esa época los hijos eran los encargados de cuidar a sus padres en la ancianidad. Seguramente ella había sufrido por eso, se había sentido sin valor, sola, despreciada, sin esperanzas. Pero de repente, todo cambió: Elisabeth concibió un hijo, y éste sería quien prepararía el camino para Jesús. En conexión con Jesús, repentinamente todo se llena de vida, gozo y sentido.
Quizás usted piense: “¿Qué pasa con mi vida? ¿Qué me ha dado? Mi condición no es la mejor, no he traído nada a este mundo, y mucho menos podré dejar algo grandioso. No tengo valor y soy inútil, y por eso estoy triste todo el tiempo”. ¡Permítase tener un encuentro con Jesús! Todo podría cambiar.

2. La segunda vez vemos el gozo en la historia de la Navidad es en María misma, la madre de Jesús. Cuando quedó embarazada por un milagro de Dios, ella dijo: “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” (Lc. 1:46-47).
María venía de una aldea insignificante y mal vista, llamada Nazaret. Ella era de una clase muy humilde y todavía joven; se emparentó con una familia de artesanos y no mostraba nada especial. Su nombre significa “amargura” o “aflicción”, pero a través de Jesús su vida cambió radicalmente y recibió un nuevo impulso: el Hijo de Dios fue engendrado en ella por el Espíritu Santo, como narran los evangelios. Su “aflicción” se transformó en gozo exuberante.
Belén (donde Jesús nació) y Nazaret más adelante fueron visitados por millones de peregrinos. Hoy están entre los lugares más conocidos de este mundo. María misma se transformó posiblemente en la mujer más significativa de la historia mundial.
¿Es usted una persona insignificante? ¿Se encuentra entre los inseguros y afligidos? Dios también quiere cambiar su vida radicalmente y colocar a Jesús en el centro de ella. Permítalo; Dios tiene planes para usted también.

3. Encontramos el tercer gozo de la historia de Navidad con los pastores, en los campos de Belén. Lucas dice: “Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor” (Lc. 2:9-11).
Los pastores en aquel tiempo eran muy mal vistos y casi no tenían derechos. A menudo no tenían un domicilio, la mayoría no sabía leer ni escribir, y eran puestos en el mismo nivel que los ladrones y los engañadores. En Israel estaba prohibido comprarles algo, pues podía ser robado. Por esta razón tampoco les estaba permitido presentarse como testigos ante un tribunal. Ellos debían cuidar las ovejas de otros, sin tener posesiones propias. Mayormente se trataba de hombres desaliñados y toscos. No obstante, la profesión del pastor también exigía mucha responsabilidad y sentido del deber. Día y noche debían estar alertas, y enfrentar los peligros de proteger los rebaños de animales salvajes y ladrones.
Más allá de todo esto, hoy los pastores tienen buena fama y honor; su presencia no falta en ninguna representación navideña. También usted, estimado lector, es llamado para convertirse en testigo de gran gozo. Quizás sea tosco y poco sociable, laborioso y cumplidor, pero no es una persona de alto nivel. Usted limpia las habitaciones de otros, construye las casas de otros, lava la ropa de otros, cuida el jardín de otros, saca la basura de otros, y prácticamente no tiene contactos de alto nivel social. Entonces está cercano a la experiencia de los pastores, y por lo tanto, el mensaje de los ángeles de Dios también es para usted.

4. Finalmente, el gozo con respecto al nacimiento de Jesús aparece una cuarta vez, en relación con los sabios de oriente. El evangelista Mateo escribe: “Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra” (Mt. 2:10-11).
Los sabios, contrario a los pastores, poseían dinero, propiedades, conocimiento y reputación, pero les faltaba lo esencial: el encuentro con Jesucristo, el Redentor de Dios. En ese sentido, ellos en realidad tampoco tenían más que los pastores. Después de su encuentro personal con Jesús, los sabios se convirtieron en portadores de esperanza.
Tal como ellos, en el correr de los siglos incontables personas han encontrado la salvación y el gozo trascendente. Dios desea dar más que estatus, reconocimiento y prosperidad. Él desea sacarnos de la monotonía de nuestra rutina diaria y obsequiarnos el tesoro del gozo significativo. La diversión puede ser adquirida, pero el gozo que viene de Dios solo puede sernos regalado; y sería una pena dejarlo pasar.

Estos cuatro ejemplos nos muestran, que Jesús vino al mundo para todos y que nadie es dejado de lado por Él:
– Él vino para los que no tienen esperanzas, como Elisabeth
– para los que en nuestro mundo son insignificantes, como María
– para los que se sienten sin valor ni estima, como los pastores
– y para los intelectuales y respetados, como los sabios.
Todos fueron llenos de gozo cuando le dieron lugar a Jesús en sus vidas.

Una enfermera en cuidados paliativos relató que muchas personas al final de sus vidas se arrepienten de no haberse permitido ser felices. Jesús es el gozo personificado; permítale a Él llenar su vida. Si así lo desea, puede repetir la siguiente oración: “Señor Jesucristo, yo sufro por mi falta de esperanza y me siento insignificante. La culpa me aplasta, y a pesar de toda apariencia, sufro por mi soledad interior. Tú que viniste al mundo, entra en mi vida también. ¡Amén!”

Norbert Lieth

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