¿Falló en llegar a la meta suprema, o aún la puede alcanzar? 1/3

Titulo: “¿Falló en llegar la meta suprema, o aún la puede alcanzar?” 1/3

Autor: Herman Schmälzle  Nº: PE1239

El tema que vamos a desarrollar hoy es muy interesantey seguramente habla directamente a la realidad que muchos vivimos o hemos vivido.

Es una pregunta, presten atención: 


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“¿Falló en llegar a la meta suprema, o aún la puede alcanzar?” 1/3

Estimado amigo, en un artículo deportivo estaba la declaración de un campeón olímpico, que dijo: “Me habría parecido una atrocidad el solamente participar en la Olimpíada. Me había propuesto ganar la medalla de oro”. A esto yo solamente puedo agregar: Yo no solamente quiero estar presente, no solamente quiero ganar una “medalla de oro”. ¿Por qué? Porque en la vida de fe de un hijo de Dios, hay más que ganar que solamente una medalla de oro.

El hecho es que en el tribunal de recompensas de Cristo podremos recibir una “corona incorruptible”, es decir, un “galardón completo”. Esta meta, que es la más sublime de todas, también la tenía presente el apóstol Pablo cuando escribió en Fil. 3:7-14:“Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos. No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.

Estimado amigo, entre los cristianos nacidos de nuevo, a menudo se habla del arrebatamiento y de nuestra existencia en la gloria eterna en el cielo. También Pablo menciona esta verdad en sus cartas. Pero, ¿qué quiere decir él con: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto (o: completo, que ya haya llegado a la meta); sino que prosigo, por ver si logro asir aquello …”? Para poder alcanzar la meta, Pablo avanzaba como quien participa en una carrera. Él lo expresa así: “olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta …”

La mayoría de los creyentes tienen la meta de llegar alguna vez al cielo y estar para siempre con Jesús. Eso es suficiente para ellos. Pero Pablo ni por asomo habla de eso en el pasaje bíblico citado al comienzo, sino que más bien habla de una “meta predeterminada”, de ese especial “premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”, que él aún no había alcanzado.

Pablo podía presentar muchos méritos. Él mismo lo dice: “… circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible”. Estos méritos, no obstante, en comparación con la salvación en Cristo, eran para él desméritos, peor aún, basura: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” Esto lo encontramos en Filipenses 3:8-9.

Ahora bien: la vida entera de Saulo (más adelante Pablo) fue cambiada radicalmente cuando, en su camino a Damasco, fue rodeado por una luz desde el cielo y escuchó la voz del Señor Jesús que le dijo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hch. 9:4). De un perseguidor de la iglesia, él se convirtió en un discípulo de Jesús. Todos sus fracasos, todos sus pecados pudo descargarlos en Jesús, quien en la cruz del Gólgota había pagado el precio (el castigo) de los pecados del mundo entero, incluidos los de Pablo. A este Jesús, el Hijo del Dios vivo, Pablo ahora, a toda costa, quería conocerlo cada vez más.

Esto se convirtió en la meta de su existencia, en el sentido de su vida. El deseo de llegar a la “excelencia del conocimiento de Cristo Jesús” era cada vez más fuerte en él. Jesucristo, el Hijo de Dios, por medio del cual Dios creó el universo y nuestro planeta tierra con todo lo que contiene (He. 1:2), quien por nosotros se convirtió en ser humano y murió en nuestro lugar, derramando Su sangre en el madero de la cruz por nuestros pecados, quien resucitó de la muerte y se sentó a la diestra de la majestad en las alturas. A este redentor que fue degradado, que se volvió impotente, que fue crucificado y hecho pecado (2 Co. 5:21), que se puso en manos de Sus propias criaturas, Pablo quería conocerlo mejor y más profundamente.

Estimado amigo, de lo que deberíamos sentir nosotros como cristianos, habla Pablo muy insistentemente en el segundo capítulo de la carta a los filipenses. “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.

En este Jesús creía Pablo de todo corazón, y a toda costa quería seguirle con fidelidad: “Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído…”. Como el Señor Jesucristo, en medio de incontables dolores, murió en la cruz en lugar de todos nosotros, Pablo estaba totalmente seguro del amor de Jesús y de la salvación en Él, y pudo decir triunfante: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? … estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:35, 38-39).

Como fariseo que había sido anteriormente, Pablo conocía el Antiguo Testamento y era absolutamente conciente de que no existe ningún ser humano que no peque. Por esa razón, él escribió a los cristianos en Roma: “… Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, la causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús”. Y Pablo continúa diciendo: “¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe. Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley”.

Si usted llega a morir hoy, lo único válido para la eternidad es si cree o no en la obra vicaria que Jesucristo realizó por usted en la cruz del Gólgota. Pablo creía firmemente en eso, pero aún así no estaba conforme. Sino que quería conocer aún mucho más a Jesús, de lo que lo había conocido hasta entonces: “A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos”. ¡Es tan fácil errar a esta meta!

¿Cuál es la meta elevada que hay que alcanzar? Esta pregunta trataremos en el próximo programa, no se lo pierda, le esperamos.

¿Cree usted en el Dios de Pablo? Deseamos de todo corazón que haya usted entregado su vida a los pies de Cristo y sea una nueva criatura.

Una luz admirable
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