Enoc 13/17

Titulo: “Enoc”1/5 tercera parte
  

Autor: EstebanBeitze 
Nº: PE1224

¡Cuánto daño hace el orgullo en nuestra sociedad, en los hogares y lamentablemente también en las iglesias!

Haríamos bien en ser más humildes con lo cual haríamos mucho bien a nuestro entorno y a nosotros mismos. ¡Aprenda del ejemplo más grande de humildad: JESUCRISTO.


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“Enoc” 1/5 tercera parte

Estimado amigo, vamos mirar nuevamente a la vida de Enoc que mucho más todavía tiene para enseñarnos. Enoc, era un hombre humilde y de esta humildad Jesús habló cuando anduvo en esta tierra, una característica que estacó cuando habló con sus discípulos.

En Mateo 11:29 Jesús dijo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”.

El yugo comúnmente era una madera que se ponía sobre el cuello de una yunta de bueyes para tirar de un carro. Si Jesús dice que lleváramos su yugo, no significa que Él se lo quita y nos lo impone. ¡No! Más bien quiere llevar el yugo con nosotros. Aunque también está el aspecto del ejemplo que nos pone delante: el suyo propio. Él ya llevó este yugo y ahora nos anima a hacerlo también. Pero, nunca iremos solos, Él nos ayudará. Él irá con nosotros. El yugo demuestra humildad y sujeción, y esto era lo que Jesús quería enseñar. Él fue el máximo ejemplo en humildad y mansedumbre, y el que quiera caminar con Él tiene que tener esta característica.

En Hebreos 11:5 se nos dice que Enoc “tuvo testimonio de haber agradado a Dios”. Si Enoc agradó a Dios la humildad fue una de sus características, porque en muchos citas de la Biblia vemos el principio de que “Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes” (1P.5:5). Enoc jamás podría caminar con Dios en una actitud soberbia u orgullosa. Dios no lo hubiera aceptado.

Se cuenta del presidente Jorge Washington, que cuando un día se encontraba en el campo con su ejército, a causa del clima se puso un sobretodo que tapaba completamente su uniforme lleno de condecoraciones, y su cara estaba semioculta bajo su sombrero. Así recorrió el campamento. En un extremo del mismo vio una escena que quedó observando. Un par de soldados intentaban subir un pesado tronco a una carreta bajo la supervisión de un sargento. Tomaban impulso y cuando les faltaba unos centímetros sus fuerzas no alcanzaban y el tronco se venía a bajo. Empezaron de vuelta y otra vez sucedió lo mismo. El sargento de mientras les gritaba: “¡Más fuerza! ¡Hagan más fuerza!”. Ahí Jorge Washington se acercó y puso su hombro al pesado tronco y con esta fuerza extra pudieron subirlo. Luego le preguntó al sargento, por qué no había ayudado a sus hombres. Este le replicó: “¡Yo soy sargento!”. Washington, se desabrochó su sobretodo para que el sargento viera su uniforme cubierto de condecoraciones y le dijo: “La próxima vez que necesite ayuda para subir un tronco, llámeme”. Evidentemente no hubo necesidad de llamarlo.

¡Cuánto daño hace el orgullo en nuestra sociedad, en los hogares y lamentablemente también en las iglesias! Haríamos bien en ser más humildes con lo cual haríamos mucho bien a nuestro entorno y a nosotros mismos.

Justamente el ejemplo del yugo nos muestra la consecuencia que trae el andar en los caminos de Dios: “hallaréis descanso para vuestras almas”. Este mundo es estresante en todos los aspectos. Lo que el hombre más busca es paz y descanso para el alma atribulada y no lo encuentra. La solución que ofrece Jesús parece ilógica, porque en vez de ofrecernos una cama, reposera o hamaca, nos ofrece un yugo. Parece contradictorio. Pero estando en humildad y sujeción a Su voluntad, encontraremos paz y tranquilidad para el alma, porque sabemos que Él se encarga de todo; Él es el que guía. Ya no necesitas preocuparte, desesperarte, porque Él maneja todo y su yugo está forrado de amor, y si esto fuera poco, Él va al lado tuyo. El andar en humildad agrada al Señor, y tu recompensa será el “descanso”.

Si en tu orgullo quisieras tomar las riendas en tus propias manos – aparte de vivir preocupado, quizás desesperado porque las cosas no se dan como las imaginabas -, para colmo de males tendrás la oposición de Dios mismo a tal andar. Creo que no te conviene hacerlo de esta forma.

Se cuenta que a fines del siglo XVIII el gerente del mayor hotel de Baltimore (EUA) rehusó a un forastero vestido de campesino la estadía en este lugar. Por la tarde del mismo día el hotelero descubrió que aquel hombre era el vicepresidente Thomas Jefferson. De inmediato envió una nota pidiéndole que volviera como un invitado suyo, pero recibió la siguiente respuesta: “Ya he tomado una habitación en otro hotel; aprecio sus buenas intenciones, pero si no tiene sitio para un granjero americano, tampoco lo puede tener para el vicepresidente de los Estados Unidos”.

Si quieres andar con Dios, si quieres agradar a Dios, tienes que tener el sentir de Cristo que “…estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil.2:8). Por lo tanto: “Humillaos delante del Señor, y él os exaltará” (Stgo.4:10). Un antiguo misionero contó la historia de dos toscas cabras monteses que se encontraron en un estrecho pasaje. Por un lado había un precipicio de 1.000 pies de profundidad; por el otro, un inclinado peñasco recto y alto. No había espacio para dar la vuelta y las cabras no podían dar marcha atrás sin caerse. ¿Qué iban a hacer? Finalmente, en vez de pelear por el derecho a pasar, una de las cabras se arrodilló hasta ponerse lo más plana posible. La otra entonces caminó por encima de ella y ambas procedieron con seguridad.

En cierto sentido, eso es lo que Jesucristo hizo por nosotros cuando dejó la gloria del cielo y vino a la tierra a morir por nuestros pecados. Nos vio atrapados entre nuestro pecado y la justicia de Dios sin ninguna posibilidad de ayudarnos a nosotros mismos. Vino como humano y tomó la forma de siervo (Filipenses 2:5-8). Luego, al morir por la humanidad pecadora, nos dejó «caminar por encima de Él» para que pudiéramos experimentar el perdón y recibir la vida eterna.

Pedro puso a Cristo como ejemplo de humildad: “también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas.” (1P.2:21). Cuando nos maltratan por causa de Cristo, debemos aprender a ser lo suficientemente humildes como para dejar que los demás nos pasen por encima, si es necesario. Eso no es señal de debilidad, sino de fortaleza y verdadera humildad. Tal respuesta, cuando se hace por causa de Cristo, trae gloria a su nombre.

Enoc 12/17
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