El regreso de Jesús (3ª parte)


Autor: Rich Carmicheal – Wim Malgo – René Malgo

Hebreos 9:29 habla del regreso de Jesús y nos dice: “Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan”.


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PE2183 – Estudio Bíblico
El regreso de Jesús (3ª parte)



Estimados amigos: Ninguna metrópoli de nuestro universo es tan viva y palpitante como lo es la ciudad del Dios vivo en el paraíso. Y con una altura, un largo y un ancho de aproximadamente 2.400 kilómetros, también es suficientemente grande para dar lugar a todos los redimidos de todos los tiempos.

Así decíamos al final del programa anterior. También mencionamos que el apóstol Pablo utiliza dos términos muy interesantes para describir a la “Jerusalén de arriba”, como él denomina a esta ciudad extraordinaria. El primer término es “libre”. La Jerusalén celestial es una ciudad libre, sin la esclavitud de la ley o del pecado, o de alguna otra cosa. Es solamente la gracia gratuita de Dios que lleva a un ser humano a la “Jerusalén de arriba”. Es el lugar más libre en el universo y más allá de nuestras dimensiones. Cada persona que llega allí es libre, verdaderamente libre. El segundo término es “madre”. Esto expresa una ternura y familiaridad que uno no necesariamente relacionaría con una ciudad. Pero, la Jerusalén celestial es un lugar de seguridad. Es la patria de la familia de Dios. Es el lugar donde reina el amor porque Dios mismo reside allí.

En esta ciudad vive un grupo de ángeles literalmente incontable, la “compañía de muchas millares de ángeles” (como dice Hebreos 12:22), que alaba día y noche a Dios el Padre (Apocalipsis 4:11) y a Dios el Hijo (Apocalipsis 5:12) con la “voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos” (Ap. 19:6). Los ángeles son “espíritus ministradores” que ayudan a los redimidos aquí en la tierra (según Hebreos 1:14), y que observan el obrar extraordinario de Dios en la Iglesia (Efesios 3:10). – De modo que usted, si cree en el Señor Jesucristo, en el cielo se encontrará con ángeles que le ayudaron aquí en la tierra, sin que usted se diera cuenta de ello. Para muchos ángeles usted será un viejo conocido. De verdad llegará “a casa”.

Otro grupo que vive en el cielo son los “espíritus de los justos hechos perfectos” (mencionados en Hebreos 12:23). En esta sencilla afirmación se encuentran algunos indicios interesantes para los curiosos entre nosotros:
– Los habitantes humanos del cielo son “espíritus”. Ellos aún no han resucitado. Ellos aún no han recibido su cuerpo de resurrección. Ellos todavía están separados de sus cuerpos.
– Los habitantes humanos del cielo son “perfectos”. Ellos son sin pecado, sin mancha, sin arruga. Ellos han llegado a la meta. Han acabado su peregrinaje. Ya no necesitan hacer un buen papel. Ya no necesitan vencer. Ya no son examinados ni perfeccionados.
– Los habitantes humanos del cielo son “justos”. Ellos se han ganado este título por haber creído en Dios estando en la tierra. Ellos en un tiempo fueron seguidores de Dios y ahora, después de haber llegado al cielo, son “justos perfeccionados en espíritu”, perfeccionados en el sentido de ser sin pecado.

En la Biblia, tanto los creyentes del Antiguo como también los del Nuevo Pacto son llamados “justos”. Lo podemos ver, por ejemplo, en Isaías 26:7: “El camino del justo es rectitud” – o en el conocido texto de Habacuc 2:4: “Mas el justo por su fe vivirá”, que luego es citado por el apóstol Pablo en Romanos 1:17. También en Romanos 5:19 dice: “Por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos”. En el cielo viven todos los justos de todas las eras pasadas hasta ahora. Allá ellos se encuentran con Adán y Eva, Abel, Noé, Abraham, Sara, Isaac, Rebeca, Jacob, David, Ana, Samuel y muchos otros más. Y todos ellos son espíritus hechos perfectos – hasta el momento en que “cada uno en su debido orden” (según 1 Corintios 15:23) resucite corporalmente para la vida en un nuevo universo.

Esto significa que en el cielo viven solamente los que han sido hechos justos y sin pecado. En el cielo no hay peleas, no hay divisiones en partidos, no hay engaños, no hay adulaciones, no hay jactancias, no hay blasfemias, no hay malentendidos, no hay maltratos, no hay explotación. Todos se comprenden mutuamente y se aman sin alteraciones. Ya nadie excluye a otros, ni es excluido por otros. Los habitantes del cielo forman una familia grande y perfecta.

¿Qué significa que los creyentes en el cielo, por ahora, sean “espíritus”? Para nosotros aquí en la tierra, este es un gran misterio. El ser humano es una unidad entre lo interno y lo externo. Si falta uno de los dos, no es totalmente humano. Génesis 2:7 nos habla de cómo Dios formó al hombre del polvo de la tierra y también sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente. El apóstol Pablo habla del “hombre interior” (Romanos 7:22) y del “hombre exterior” (2 Corintios 4:16). Las ideas platónicas y místicas de que nuestro cuerpo no valdría nada y que sólo contaría el ser interior, son claramente rechazadas por Pablo en 1 Corintios 6, del 13 al 20. De modo que, si bien llegamos al cielo sin pecado (“hechos perfectos), llegamos “incompletos” (sólo como “espíritus”), hasta que finalmente resucitemos corporalmente.

¿Qué haremos en el cielo? En Apocalipsis 6:11, se les dice a los mártires en el cielo que “descansen un poco de tiempo”, hasta que se complete el número de sus consiervos y sus hermanos – o sea, hasta que el último haya sido redimido y llegue el momento de la resurrección.

El autor y profesor de Biblia, René Pache, explica que lo que más se recalca en cuanto al cielo antes de la segunda venida de Cristo, es el descanso que se encuentra allí después del sufrimiento y de la lucha en la tierra. Actualmente, el cielo es principalmente un lugar de consuelo y de recuperación del sufrimiento terrenal. Los galardones aún no han sido repartidos, Cristo aún no ha abierto el tribunal – todo eso sucederá recién después de la resurrección, cuando todos los redimidos sean revelados con el Señor Jesús en la gloria y allá tomen posesión de su dominio, en el lugar donde el Señor los ponga.

Seguramente, una de las actividades principales en el cielo será la adoración. Hebreos 12:23 habla de “la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos”. Congregación significa que los redimidos se reúnen delante del trono de Dios para alabarlo a Él, como vemos en Apocalipsis, capítulos 4, 5 y 6. La adoración juega un rol central en el cielo, ya que los vencedores tienen toda razón para agradecer a su Señor por la llegada segura a la ciudad más bella de todas las dimensiones.

Eso también significa que en el cielo podremos acordarnos de nuestra vida aquí en la tierra. Pues ¿por qué cosas alabaríamos a Dios si no pudiéramos recordar cómo Él nos redimió y nos sostuvo a lo largo de nuestra vida? Es cierto, Dios en sí mismo es lo suficientemente digno de adoración, pero seguramente Él no tiene ningún interés en que nosotros olvidemos lo que Él ha hecho por nosotros. Y ¿por qué se les diría a los mártires, en Apocalipsis 6:9 al 11, que “descansen un poco de tiempo”, si ellos no pudieran recordar la razón por la que deben descansar?

Este pasaje bíblico desmiente toda idea de que Dios borraría nuestra memoria. Los mártires en el cielo, por ejemplo, pueden recordar haber sido asesinados, seguramente un recuerdo traumático. Ellos incluso demuestran sentimientos y deseos al respecto, cuando preguntan a Dios: “¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?” (Ap 610).

A la luz de la gloria y de la presencia de Dios, también usted podrá darle el lugar correcto a los peores recuerdos. Pues no olvide que en el cielo, usted será perfecto, y que además, Dios el Padre “enjugará toda lágrima” de sus ojos (según Apocalipsis 7:17). Él le consolará; usted experimentará sanidad de sus peores recuerdos, y esto sin que Dios reduzca a nulo sus experiencias pasadas en la tierra.

El regreso de Jesús (2ª parte)
El regreso de Jesús (4ª parte)

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