El mensaje del Gallo (parte tres)

Título: El mensaje del gallo

Autor: Erich Fischer
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En el campo, el canto del gallo en la madrugada anuncia el comienzo de un nuevo día. Es un despertador muy especial. El Señor Jesús usó a un gallo para despertar del sueño espiritual a un hombre que había fracasado y Lo había negado. Este despertador sigue sonando hasta en nuestro tiempo. ¿Lo escuchamos?


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Estimado amigo, cuando doy un paseo por el cementerio después de un entierro, siempre miro las fechas de nacimiento y de muerte grabadas en las lápidas. En una ocasión, leí en una lápida: 1898-1999, y en la próxima: 1989-1993. Dos números con un guión en el medio, que representan toda una vida: una larga y otra corta. ¡Cuántas luchas, tristezas, lágrimas, trabajo, penas y sufrimientos, pero también paz, alegría, risa y canto – y al final la despedida – están comprendidas dentro de ese pequeño guión: toda una vida! También las lápidas son un canto del gallo de Dios en nuestra tranquila vida. ¿Lo escuchas? Los cumpleaños de cada año, y también las enfermedades y los momentos de peligro, son un canto del gallo, de parte de un Dios maravilloso, pero también santo y todopoderoso. Es Su intervención amorosa pero muy seria en nuestra vida diaria, en nuestras corridas, en nuestro estrés, en nuestro nerviosismo, en nuestra apatía – y en la vida de muchos de nosotros, en nuestro sueño espiritual. “Y en seguida cantó el gallo.” El canto del gallo, anunciado de antemano por el Señor Jesús, interrumpió a Pedro y lo despertó de su pecaminoso sueño.

Existen aún más cantos del gallo claramente perceptibles, que suenan sin cesar en nuestros oídos: la agitación mundial, las discusiones, el caos, las guerras entre países y pueblos, la hambruna, las epidemias, y mucho más. Pero también la globalización es un canto del gallo, según Apocalipsis 13:1-17. A ella se añaden los falsos profetas y los falsos cristos, que quieren llamar la atención y engañan a miles. Se pisotea la fe cristiana. La ética y la moral alcanzaron su punto más bajo, y el ocultismo aumenta. Cada vez más se puede ver la obra del espíritu del anticristo. Todo esto es el canto del gallo, y para la Iglesia que espera, es una señal de que se acerca la mañana eterna. Pues así como Pedro, también la Iglesia de Jesús pasa por un tiempo de prueba, de luchas y de lágrimas, pero después de todo esto vendrá el maravilloso triunfo del día de la resurrección. Pero antes, tanto el creyente individual como también la Iglesia de Jesús tienen que pasar por un despertar interior y un período de arrepentimiento.

 

La mirada amorosa de JesúsEn la vida de Pedro, no estaba lejos la mañana de la Pascua. Por eso, apartemos por un momento la mirada de este hombre y de su negación, sin olvidarnos de él, y fijémonos en los acontecimientos que rodearon a Jesucristo, inmediatamente antes del canto del gallo. En el tribunal, en el palacio del sumo sacerdote, tiene lugar un drama. Jesús testifica ante del Concilio que Él es el Cristo, el Hijo de Dios, después de lo cual el sumo sacerdote rasga sus vestiduras y exclama: “¿Qué más necesidad tenemos de testigos?… ¡Es reo de muerte!” (Mt. 26:65-66). La sentencia de muerte es pronunciada, no sobre el culpable Pedro, sino sobre el inocente Jesús. Algunos escupen contra Él, otros Le dan puñetazos, antes de arrastrarlo al patio. Y entonces sucede lo asombroso: Jesús sale al patio en el momento exacto en que se escucha el canto del gallo. Lo que Jesús anunció antes de Su arresto a su discípulo, se cumple en ese momento. El gallo canta, y entonces, “vuelto el Señor, miró a Pedro”. No le dice nada, solamente lo mira. ¡Qué mirada llena de gracia debe haber sido! “Entonces Pedro se acordó de las palabras que Jesús le había dicho: Antes que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces” (Mr. 14:72). Recién en ese momento Pedro se acuerda de las palabras del Señor. Antes estaba tan ocupado en buscar argumentos, que no escuchaba el canto del gallo. Recién cuando Jesús se vuelve hacia él y sus miradas se cruzan, se acuerda de las palabras de Jesús. Entonces se le cae la venda de los ojos. Fue necesario el canto del gallo para poner fin a su negación.

Lo que pasó aquí, es extraordinariamente significativo y al mismo tiempo muy consolador. Pues hubo algo más que solamente el canto del gallo, por lo cual el llamado del Señor pudo cumplir su propósito: Cristo se volvió hacia Pedro y lo miró con Su mirada llena de gracia. Una cosa es que el gallo haya cantado. Y otra es que el Señor se haya vuelto hacia Pedro. Esto fue decisivo – y al mismo tiempo un consuelo para cada predicador y para cada testigo de Jesús. Cada predicación, cada acción hecha para Jesús y todas las palabras pronunciadas Su nombre, en principio no son otra cosa que un miserable canto del gallo. Aunque el predicador grite lo más fuerte que pueda, no puede provocar ninguna conversión. Ésta recién ocurre cuando el Señor nos mira con Su mirada llena de gracia.

No es lindo tener que despertar a alguien del sueño, pero a pesar de eso el gallo tiene que cantar. Pero luego viene lo decisivo, lo consolador, lo que quita la carga de todo testigo de Jesús: Si has traído a un alma más cerca del reino de los cielos, es la mirada de gracia de Jesús la que lleva a esa persona a la conversión, y no tú o yo. Cristo es el que hace el trabajo decisivo. Bien es verdad que podemos ser Sus testigos, y podemos hablar a las personas de Su amor salvador. Ésta es Su misión para nosotros. Pero no como gallos orgullosos y presuntuosos con sus altas crestas, convencidos de que lo haremos, sino con humildad, mirando hacia Jesús, con una oración en el corazón: “Salvador, vuélvete con tu gracia hacia esa persona que quiero conquistar para ti.”

 

¿Quién de nosotros miró alguna vez de esta manera a un mentiroso infiel como Pedro, alguien que había hecho grandes promesas y no las cumplió? ¿No tendemos más bien a apartarnos, a condenar a un seguidor de Jesús que tropezó o incluso cayó? ¿No nos parece necesario castigar más bien a la persona, en lugar de llevarla de vuelta al buen camino con palabras amorosas? Muchas veces nos parece más fácil hundirla en la miseria con palabras condenadoras que darle una mano para levantarla. Los cristianos a veces somos menos misericordiosos que la gente del mundo. Pero nuestro Señor, el único que tiene el derecho de juzgar, no era demasiado orgulloso, ni estaba demasiado ofendido, ni se sentía demasiado bueno para levantar a Pedro. A pesar de Su terrible situación, no se avergonzó de darse vuelta y mirar a Su discípulo caído con ojos llenos de amor y de misericordia. Y fue esa mirada la que recordó a Pedro las palabras de Jesús. ¿Por qué Jesús hizo y hace esto? Porque a pesar de todos los fracasos, somos hijos de Dios, a los cuales Él lleva en su corazón con un amor incomprensible. Padre, madre, piensa en tus propios hijos. ¿Deja de ser nuestro hijo o nuestra hija si es desobediente, y va por caminos que a nosotros no nos gustan? Seguramente no. Como padres, sentimos aún más que son carne de nuestra carne, y esto nos hace recordar Isaías 49:15-16: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; delante de mí están siempre tus muros.” Amor, solamente amor, era lo que expresaba la firme mirada de Jesús, cuando miró sin palabras a Su discípulo. Quería hacer volver a Pedro, porque a pesar de todo quería usarlo como Su discípulo.

¿No es porque Jesús nos ha mirado con amor cuando hemos caído y hemos sido mentirosos, que todavía estamos con vida? Su mirada de amor, que siempre de nuevo encontramos en Su Palabra, quiere llevarnos al arrepentimiento, a un cambio de actitud. ¿Por qué? Únicamente porque Él nos ama desde lo más profundo de Su corazón. Nosotros somos hijos e hijas de Dios, y Él nunca nos dejará, aunque Lo hayamos negado. Pedro salió afuera y lloró amargamente por su negación, pues en lo íntimo de su corazón amaba a su Señor, lo que más tarde testificó gozosamente. Cuando Jesús le preguntó: “Pedro, ¿me amas?”, él respondió: “Sí, Señor; tú sabes que te amo.” ¡Qué la mirada llena de gracia del Señor, despierte también en nuestros corazones esta respuesta!

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