El llamado al disipulado (2 de 2)

Título: El llamado al disipulado (Parte 2)

Autor: Dave Hunt  Nº PE1446

El evangelio es simple y preciso, no dando margen a interpretaciones erróneas ni concesiones. No puede ser negociado, ni cambiado a gusto de los tiempos y las culturas. No existe otra esperanza para la humanidad, ni ninguna otra manera de ser perdonados y llevados de nuevo a la presencia de Dios, excepto por esta puerta estrecha, y por este camino angosto. Pues el mismo Señor Jesús nos dice que cualquier camino más largo lleva a la destrucción.


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Estimados amigos, habíamos dicho al final del programa anterior que los versículos como el de Filipenses 1:29 parecen muy extraños. Allí dice: “”Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él’. ¿El sufrimiento nos esconcedido? Pablo habla como si fuera un precioso privilegio sufrir por amor de Cristo. Después de haber sido encarcelados y golpeados, los primeros cristianos estaban “”gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre’ (leemos en Hechos 5:41). Tal es, en realidad, el compromiso al cual el evangelio nos llama.

Una vez más, Cristo le dijo a Sus discípulos después de Su resurrección: “”Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío’ (así está escrito en Juan 20:21). El Padre envió al Hijo como un cordero al matadero, a un mundo que lo odiaría y lo crucificaría. Y así como el Padre lo envió, así Cristo nos envía a un mundo que según Su promesa, tratará a Sus seguidores como lo trataron a Él. ¿Estamos dispuestos? ¿Es éste su concepto del cristianismo? Si no lo es, entonces piénselo nuevamente y chequéelo con las Escrituras. El “”cristianismo’ popular de hoy en día está más alejado de Él y de Su verdad de lo que nos damos cuenta.

Veamos ahora como Pedro, el cual falló en forma miserable y fue restaurado por el Señor, explicó que los cristianos serían odiados, acusados falsamente y perseguidos, y que debían sufrir todas estas injusticias con paciencia (así lo leemos en 1 Pedro 2:19 y 20; y 4:12 al 19). Bajo la inspiración del Espíritu Santo, en su primera carta, cap. 2, vers. 21 al 24, Pedro escribió, “”Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia…’.

Hoy en día, los cristianos están nuevamente siendo encarcelados y martirizados en la China comunista y en algunos países musulmanes. Y persecuciones similares pueden sobrevenir también en nuestros propios países.

Recientemente, con lágrimas en mis ojos, escuché a Rut, mi esposa, leerme algo de la historia de sus ancestros. Por ser rebautizados luego de convertirse en cristianos (y negar por consiguiente la eficacia del bautismo infantil de Roma), muchos de estos Anabaptistas fueron quemados en una estaca. Para escapar de las llamas, muchos otros huyeron de la inquisición desde Holanda a Prusia, desde donde huyeron a Rusia, y en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, muchos intentaron escapar del opresivo y ateo comunismo, para volver a occidente.

De un grupo de 611 que dejaron Rusia, sólo 31 llegaron a Holanda. Viajando de día y de noche, a través de la nieve, incapaces de encontrar comida o abrigo, algunos fueron capturados y volvieron. Otros fueron asesinados o murieron por el clima tan inhóspito. Los niños les fueron quitados a los padres, y los esposos a las esposas. El terror y la agonía era algo que iba más allá de la imaginación. Pese a eso, aquellos que sobrevivieron, llegaron con su fe no sólo intacta, sino fortalecida.

A medida que Rut me leía el indescriptible sufrimiento, pensé en los miles de cristianos en nuestros países que creen necesitar “”terapia’ e invierten meses, si no años, tratando con las “”heridas del pasado.’ Pensé en los miles de psicólogos cristianos que animan a sus pacientes a compadecerse a sí mismos, y a mimar a su “”niño interno,’ cuando lo que necesitan es negarse a sí mismos, tomar la cruz y seguir a Cristo.

Por otro lado, me inspiró el testimonio de aquellos que sufrieron la pérdida de sus posesiones, sus seres queridos, y casi cualquier otra esperanza y gozo terrenal, y pese a eso triunfaron a través de su fe en Cristo. El haber ido a un “”terapeuta’ e involucrarse en la autocompasión les habría parecido algo incomprensible, ya que sabían que tenían al Señor y Su Palabra, y que, como dice 2 Corintios 4:17, “”esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria’.

¿De dónde viene la fortaleza para estar firmes contra el sufrimiento abrumador y para triunfar como discípulos fieles de Cristo? Por extraño que parezca, nuestra victoria no proviene de nuestra fortaleza, sino de nuestra debilidad.

Cuando Pablo invocó para ser librado de una prueba severa, Cristo le respondió que Él la había permitido para hacer que fuera lo suficientemente débil como para que pudiera confiar únicamente en el Señor, en vez de en sus grandiosas habilidades. “”Mi poder se perfecciona en la debilidad’ fue la respuesta del Señor (según 2 Corintios 12:9).

En Colosenses 2:6, Pablo nos exhorta, “”De la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él’. ¿Acaso no recibimos a Cristo en debilidad e impotencia, como pecadores sin esperanza que invocaron la misericordia y la gracia de Cristo? Ésa, entonces, es la forma en la que debemos caminar esta senda de triunfo en medio del sufrimiento, como pecadores salvados por la gracia, débiles e impotentes en nosotros mismos, pero confiando totalmente en Él.

Somos vasos terrenales, pero según 2 Corintios 4:7, contenemos un gran tesoro: “”para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros’. Ése es el secreto de nuestro triunfo sobre el mundo, la carne y el diablo. La carga es demasiado pesada para que la llevemos nosotros. ¡Qué alivio es poder entregársela a Él! Y qué gozo es ser librados del temor del hombre, de procurar buscar el aplauso del mundo, y de buscar cualquier otra cosa en vez del “”bien hecho, buen siervo y fiel’ (de Mateo 25:21) en ese día venidero.

Algunos logran amasar una fortuna para dejar a sus herederos en el momento de su muerte. Otros tienen pocos bienes terrenales, pero tienen riquezas grandes y eternas apiladas en el cielo. Requiere poca sabiduría darse cuenta cuál de estas personas ha tomado la decisión más sabia, y quien ha sido verdaderamente exitoso.

Dios tiene un propósito eterno para nuestras vidas. Nuestra pasión debería ser conocer y completar ese propósito, comenzando aquí en esta tierra. Un día no muy lejano, estaremos en pie delante de Él. ¡Qué tragedia sería haber dejado a un lado el propósito por el cual fuimos creados y redimidos!

Puede que usted diga: “”Sí, yo quiero ser usado por Dios, pero no sé qué es lo que Él quiere que haga.’ O, “”Intento servirle, intento testificar de Él, y parecería que no da ningún resultado.’

Aprenda lo siguiente: Mayor que cualquier cosa que Dios pueda hacera travéssuyo es lo que Él quiere hacerenusted. Lo que más importa no es la cantidad sino la calidad, no se trata tanto del esfuerzo externo, sino más bien de la motivación interna, la pureza de su corazón en vez de su prominencia con los hombres.

Es más, lo que parece mucho en el tiempo, puede ser muy poco en la eternidad. No son los talentos o la energía personal, sino el ser fortalecidos por el Espíritu Santo lo que produce resultados genuinos y duraderos: “”No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos’ (así leemos en Zacarías 4:6). Confíe en Dios, para ser lleno y fortalecido por Su Espíritu.

Millones han dado sus vidas por la fe. Su compromiso hacia Cristo significaba tanto, que no accedieron a transar cuando fueron amenazados con las torturas más crueles o la muerte. ¿Podemos entender lo profundo de su elección?

Los mártires podrían haber escogido el sendero ecuménico de la negociación, de evitar las controversias y afirmar “”las creencias comunes de todas las religiones,’ y por lo tanto podrían haber escapado de las llamas o la espada. Pero en cambio escogieron permanecer firmes en la verdad, contendiendo ardientemente por la fe.

Cristo nos llama a hacer lo mismo.

Pablo dijo en 1 Tesalonicenses 2:4 que se les había confiado el evangelio. Lo mismo sucede con cada uno de nosotros, si verdaderamente somos cristianos. Asegurémonos de mantener esa confianza por el bien de los perdidos y para honra de nuestro Señor, el cual pagó tan alto precio por nuestra redención.

No podemos escapar a la eterna elección que nos confronta. ¿Seguiremos desde lejos, o procuraremos seguir las mismas pisadas de nuestro Señor? Un día daremos cuenta ante Dios por el sendero que elegimos. ¡Qué gozo hay ya ahora y lo habrá eternamente si somos fieles a Él!

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