“El encuentro con el Señor, un encuentro que hace posible lo imposible” (2 de 3 )

Título: El encuentro con el Señor, un encuentro que hace posible lo imposible

Autor: Norbert Lieth  Nº PE1365

Un acontecimiento muy especial: Eliseo hace flotar el hierro que había caído al río a través de un palo que había cortado de un árbol. Queremos tratar de aprender de este acontecimiento, allá al lado del río Jordán, primeramente con respecto a Israel y, luego, a todos los seres humanos


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Estimado amigo, para comenzar quiero volver leer en 2. de Reyes,

Capítulo 6, los versos 1 a 7: 

“Los hijos de los profetas dijeron a Eliseo: — He aquí que el lugar en que habitamos contigo es demasiado estrecho para nosotros. Permite que vayamos al Jordán, que tomemos de allí cada uno un tronco y que nos hagamos allí un lugar donde podamos habitar. El dijo: — Id. Luego uno dijo: — Por favor, dígnate venir con tus siervos. Y él respondió: — Yo iré. Entonces fue con ellos; y cuando llegaron al Jordán, cortaron los árboles. Pero sucedió que cuando uno de ellos estaba derribando un tronco, se le cayó el hierro del hacha al agua, y dio voces diciendo: — ¡Ay, señor mío! ¡Era prestada! El hombre de Dios preguntó: — ¿Dónde cayó? Le mostró el lugar. Y él cortó un palo, lo echó allí e hizo flotar el hierro. Entonces dijo: — Tómalo. Y él extendió la mano y lo tomó”.

 

Tu vida, ¿meta sin cruz?

En el programa pasado hemos tratado este texto con el enfoque al pueblo de Israel: “Israel – una meta sin cruz”.

La narración acerca de los discípulos de los profetas, a su vez, nos muestra la situación en que se encuentra toda la humanidad. A través de esto, Dios desea mostrarnos lo que nos es imposible a nosotros como seres humanos, pero que puede hacerse posible a través de Jesucristo. En cuanto a esto, quisiera presentar tres ideas.

1. La vida, ¿edificio sin terminación? Todo ser humano va construyendo el edificio de su vida, lucha por ensanchar sus límites, y está constantemente insatisfecho al querer agrandar su espacio de vida.

El ser humano se encuentra en la búsqueda de un lugar donde le vaya bien, donde pueda encontrar seguridad y protección. Al hacerlo, sin embargo, llega al borde de sus propias limitaciones porque, Jesucristo, quien murió por él en la cruz, no es el que constituye el contenido de su vida. Así, sucede que el ser humano edifica y edifica, trabaja y trabaja, busca y busca — pero no llega a la meta. De repente, todo llega a su fin y se le va de las manos. Finalmente, lo único que le queda es un suspiro de desaliento, un grito de resignación… ¿Será que ésta es tu vida?

Es como con el discípulo del profeta que quería cortar un árbol: “Pero sucedió que cuando uno de ellos estaba derribando un tronco, se le cayó el hierro del hacha al agua…” (2 Reyes 6:5). Al final, al ser humano no le queda más que el mango, un resto de aquello que ha logrado — pero la vida misma se le ha perdido. La Biblia dice que “los pueblos habrán trabajado para el fuego, y las naciones se habrán fatigado para nada” (Habacuc 2:13).

Un hombre incrédulo estaba moribundo. Su amigo, al saberlo, inmediatamente fue a visitarlo. Al verlo en ese estado, quiso animarlo y le dijo: “¡Aférrate! ¡Aférrate!” Al escuchar esto el moribundo lo miró con ojos grandes y exclamó con sus últimas fuerzas: “¿Y a qué debo aferrarme?” Así entró en la eternidad.

Una vida sin Dios está perdida y se hunde en el abismo. El destino, o espanto, de muchas personas consiste en que repentinamente se dan cuenta que todos sus esfuerzos no tenían una verdadera meta o sentido, siendo esto lo que cada persona desea y busca. Además, el ser humano se da cuenta que lo perdido no es tan fácil de restituir, y que hay cosas que no las puede devolver ni arreglar cuando Dios le llama. Con horror, se da cuenta de todo lo que ha perdido.

¿Por qué será que los gobiernos de nuestro tiempo no saben qué hacer? A nivel mundial hay cada vez más empresas, grandes y chicas, que se declaran en quiebra; la desocupación va en aumento; las masas humanas ya casi no pueden ser controladas. En muchos lugares hay disturbios, rebeldía abierta y conflictos armados. Incontable cantidad de personas se encuentra huyendo. Las catástrofes de la naturaleza van en aumento. Cada vez son más las especies de animales en peligro de extinción. ¿Y el individuo, el ser humano?

Aunque a la mayoría de los habitantes del mundo occidental les va relativamente bien, casi todo se les está yendo de las manos. El ser humano está perdiendo el “hacha”. Primeramente pierde el trabajo, luego a su esposa (o la esposa a su marido) y, después, su vida. En Alemania, por ejemplo, hay un 44% más suicidios, que muertes por accidentes de tránsito. Cada 41 minutos una persona, desesperada, se quita la vida.

¿Por qué pareciera que a nuestro alrededor todo se estuviera hundiendo? Una respuesta a esto nos la da el próximo punto.

2. El peso del pecado. Alguien dijo una vez: “Aún no te has puesto a pensar en el peso que tiene el pecado”. Con esto dio en el blanco, porque muchas veces se tolera el pecado o se le quita importancia. Se trata de desplazarlo. Pero quien está atado a un hábito pecaminoso, tiene que hacerlo una y otra vez.

En la cruz del Gólgota vemos cuán serio es el pecado. El Señor Jesucristo, quien no sabía de ningún pecado, se convirtió allí en pecado y clamó angustiado: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Aquí se nos muestra que el pecado es algo que nos arroja a la profundidad, a estar lejos de Dios, al abismo de las olas de la muerte. ¡Cuántas personas a nuestro alrededor se hunden en la culpa y el pecado, en el temor y el descuido, en tropiezos y en decisiones erradas! ¡Cuántos se hunden en este mundo y sus enseñanzas!

El Señor Jesús, una vez, dijo lo siguiente de una persona religiosa: “Porque todas sus obras eran malas” (Juan 3:19). ¿Será que realmente es así? ¡Si también suceden cosas muy buenas en el mundo! La Biblia, en otra parte, dice: “Pues todo lo que no proviene de fe es pecado” (Rom. 14:23b).

Como el ser humano está totalmente echado a perder desde el primer pecado, nada bueno puede salir de él. Un mal árbol no puede traer buenos frutos. “Tampoco de una fuente de agua salada brota agua dulce” (Stg. 3:12).

Toda mentira merece la condenación eterna. Toda prostitución y lujuria, y hasta todo pensamiento que no sea de Dios, nos cierra el reino de los cielos. Luego dice en 1 Tes. 4:3-6: “Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación: que os apartéis de inmoralidad sexual; que cada uno de vosotros sepa controlar su propio cuerpo en santificación y honor, no con bajas pasiones, como los gentiles que no conocen a Dios; y que en este asunto nadie atropelle ni engañe a su hermano; porque el Señor es el que toma venganza en todas estas cosas, como ya os hemos dicho y advertido.”

La Biblia, enseña que los seres humanos están muertos en sus pecados (Ef. 2:1). Aquí no se enumera pecado por pecado, porque todo tipo de pecado tiene el mismo peso y nos excluye de la vida con Dios. Algunos hablan de pecados grandes y otros de pecados chicos. Algunos reconocen el tipo de vida que han llevado, otros dicen: “¡Si no estoy haciendo nada malo!” Pero, en medio de todo esto, el Dios omnisciente exclama: “… porque todas sus obras son malas” (Jn. 3:19). ¡Todos nuestros esfuerzos propios no nos ayudan a avanzar! La Biblia dice: “A causa de estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia” (Ef. 5:6). Sin Jesús nos hundimos y estamos perdidos, sin posibilidad de salvación.

3. ¿A dónde iremos? Así como es imposible que un trozo de hierro pueda flotar, así también es imposible que un pecador pueda entrar al reino de los cielos por su propio esfuerzo. Y como el ser humano lleva un rastro de esta verdad en su corazón, también cada uno lleva dentro de sí el clamor, el grito de su corazón, por una salida.

Un clamor semejante a éste salió del pecho de aquel discípulo del profeta, cuando solamente quedó el mango del hacha en sus manos, y veía hundirse en los caudales del Jordán el hierro del mismo: “¡Ay, señor mío! ¡Era prestada!” (2 Reyes 6:5). El Señor nos muestra, en base a esta historia, lo que El ha hecho y lo que nosotros, miserables fracasados e hipócritas, debemos hacer.

“El madero milagroso”. ¡La cruz de Cristo! Éste es la respuesta y la trataremos más detalladamente en el próximo programa

“El encuentro con el Señor, un encuentro que hace posible lo imposible” (1 fe 3)
“El encuentro con el Señor, un encuentro que hace posible lo imposible” (3 de 3)

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