El deseo Inexpresado del Hombre (2ª parte)

El deseo Inexpresado del Hombre

(2ª parte)

Autor: Wim Malgo

Veremos en este mensaje que Moisés articula su más profundo anhelo, que es, a su vez, el deseo inexpresado de cada ser humano. Este deseo del corazón del hombre atraviesa, como un hilo conductor, toda la historia de la humanidad.



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PE1753 – Estudio Bíblico
El deseo Inexpresado del Hombre (2ª parte)



¡Qué tal amigos! ¿Cómo están? Habíamos visto que: Cuando Moisés estuvo cuarenta días y cuarenta noches sobre el monte Orbe, en la presencia de Dios, para recibir instrucciones a fin de construir una morada para Dios en medio de Su pueblo, el pueblo apostata y se hace un becerro de oro y lo adora. Entonces se encendió la ira de Dios. Él quiso destruir a ese pueblo, y en su lugar hacer de Moisés una gran nación. Mas, Moisés se interpuso sacerdotalmente y consiguió así la reconciliación. Pero, había una cosa que Dios ya no quería: Él ya no quería subir en medio del pueblo.

Y, entonces, Moisés dice:“Mira, tú me dices a mí: Saca este pueblo; y tú no me has declarado a quién enviarás conmigo. Sin embargo, tú dices: Yo te he conocido por tu nombre, y has hallado también gracia en mis ojos. Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos…”Seis veces tenemos en ese diálogo de Moisés con Dios la palabra hebrea “jada” (que significa = saber, conocer, entender). Se trata de un reconocer en el sentido hebreo de la palabra, esto es: no un conocer teórico, sino: del obtener una relación con el “objeto del reconocimiento”, se trata de “entrar en una relación de vida con una persona”, en este caso con Dios mismo. Después del rompimiento de las relaciones entre Dios y Su pueblo, esto significa tanto como: reconciliación, comunión y reconocimiento entre ambos.

Continuamos ahora viendo que: Este es un punto de extrema importancia: Toda nuestra vida aquí sobre la tierra es la preparación para aquel gran momento cuando le veremos tal como Él es. Esa preparación, por un lado, consiste en el crecimiento del conocimiento de Dios y en nuestra transformación a Su imagen. La gran petición insistente del apóstol Pablo, es que crezcamos en el conocimiento de la sublime persona de Dios. En Efesios 1:17, por ejemplo, leemos:“… Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él”. Y en Colosenses 1:10 y 11, dice:“… Y creciendo en el conocimiento de Dios; fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad”. Porque, ¿cómo podríamos verlo como Él es, cómo podríamos ser semejantes a Él, si aquí no hemos crecido en el conocimiento de Su Persona? En 2 Corintios 3:18, está escrito:“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”.

De la misma manera como nuestro conocimiento va creciendo, nuestra vida espiritual se encuentra en un proceso continuo de transformación mientras que estemos aquí sobre esta tierra. En otra versión dice así:“Pero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu.” Y podemos leer aún, una más: “Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu.”


En Gálatas 4:19, leemos con referencia a la lucha que Pablo tenía por ellos:“Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros…”Así que, un creciente conocimiento espiritual significa, al mismo tiempo, transformación, y a ese proceso de transformación la Biblia lo denomina santificación. Por eso, esta transformación es una necesidad forzosa, considerando el hecho de que no sólo le veremos como Él es, sino que seremos iguales a Él! Porque si no somos transformados a Su imagen, entonces no le veremos. Esto mismo dice la Biblia, cuando expresa en Hebreos 12:14:“Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”.


¿Creces en el conocimiento del Señor?Te encuentras en el camino de la ­santificación? ¿Te encuentras en ese proceso de crecimiento, o sea, de transformación? Si creces en el conocimiento de Su Persona, entonces también el conocimiento de ti mismo aumentará y serás humillado ­interiormente en gran manera. Y eso tendrá como consecuencia que la relación con tu entorno, con tu prójimo, será otra.

Al ver cómo Moisés ora y ruega ante la faz del Señor, debemos considerar que el tema que Moisés trata con el Señor está entrelazado con un segundo, estrechamente ligado a aquél, y que, en suma, es el mismo pensamiento sólo desarrollado en otra dirección. Se expresa de la siguiente manera:Hallar gracia.”Esa frase se repite cinco veces en Éxodo 33:

Vers. 12: “… Sin embargo, tú dices: … has hallado también gracia en mis ojos.” Vers. 13: “Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos”.

También en el vers. 13: “… y halle gracia en tus ojos”.

Vers. 16: “¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo”.

Y vers. 17: “… por cuanto has hallado gracia en mis ojos”.


En la Biblia el número cinco es el número de la gracia. No existe el perdón como la simple remisión de una pena, sino que gracia siempre es, simultáneamente, una inclusión del reconocimiento y el conocimiento, esto es: en una relación personal y de comunión con Dios mismo. ¡Deseo de todo corazón que esto te sea concedido a ti, querido oyente, querida oyente! Quizás tu corazón esté vacío y estés con muchas penas. Nada te satisface interiormente. ¡Sólo la amistad de Jesús es capaz de hacerlo completamente! Por lo tanto, estas dos oraciones que Moisés hace a Dios (en Éx. 33:13) – “para que te conozca” y “halle gracia en tus ojos” – expresan, principalmente, una misma cosa. Dicho de otra forma: una cosa implica la otra.

Trataré de mostrar, con la ayuda del Espíritu Santo, que el reconocer al Señor y la obra de la gracia son la misma cosa. Juan 1:16 dice: “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.” En Colosenses 2:9 leemos: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.” Al mismo tiempo, los versículos 2 y 3 de Colosenses 2, subrayan: “Para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.” Por lo tanto, esto quiere decir que la fuente de la gracia también es la fuente del conocimiento.

En Efesios 3:18 y 19, Pablo resume la plenitud de Dios respecto al conocimiento del amor de Cristo, y de la gracia, cuando escribe: “Seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.” En definitiva, no “sólo” es un diálogo entre Dios y Moisés. Es más que eso.

Al observar este diálogodesde afuera, parece haber un esfuerzo unilateral de parte de Dios por manifestarse y establecer comunión, pero mirando desde el lado interno, vemos la lucha de Moisés por echar mano de esa comunión y mantenerla. Sí, al leer bien los versículos 12 y 13 de Éxodo 33 – “Y dijo Moisés a Jehová: Mira, tú me dices a mí: Saca este pueblo; y tú no me has declarado a quién enviarás conmigo. Sin embargo, tú dices: Yo te he conocido por tu nombre, y has hallado también gracia en mis ojos. Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos; y mira que esta gente es pueblo tuyo” -, reconocemos que aquí emana un espíritu de oración similar al que tuvo Jacob siglos antes. Cuando el Señor se le apareció a Jacob en Peniel y le dijo: “… Déjame, porque raya el alba”, él le respondió: “No te dejaré, si no me bendices” (como leemos en Gn. 32:26). Y otro paralelismo entre Moisés y Jacob, se encuentra en el hecho de que ambos estaban en camino a la tierra prometida.

Si leemos atentamente Éxodo 33:12 al 18, constatamos que Moisés presenta un reclamo ante Dios, con base en la comunión que le fuera obsequiada por éste, y como miembro del pueblo al cual Dios había hecho un pacto de comunión, y al cual Moisés debería llevar a la tierra prometida. Moisés expone ante Dios la profunda contradicción entre Su acción y Su voluntad de solidaridad, Su conducta y Su promesa. La contradicción, que tampoco Moisés entiende, es la siguiente: Dios dijo a Su siervo, que Israel siguiera su camino hacia la tierra prometida y que él, Moisés, los guiara. Pero, al mismo tiempo el Señor siguió explicando que Él mismo se retiraría de en medio del pueblo. Eso era algo inconcebible, y Moisés no lo podía comprender.


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