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Título: El buen Olivo y sus ramas

Autor: Walter Mossimann
PE1338

En la primera parte de este estudio bíblico, traté de exponer el Plan de Salvación de Dios y la relación entre el pueblo de Israel y las naciones, en base al capítulo 11 de la Epístola del apóstol Pablo a los Romanos. Profundicemos en ésta segunda parte un poco más el tema porque hay en el Antiguo Testamento, varios acontecimientos que nos ofrecen una imagen profética de la relación entre los judíos y las naciones, con respecto al mensaje del Evangelio.  Observemos hoy el ejemplo de Jacob y sus 12 hijos. Son especialmente los dos hijos menores, José y Benjamín, los que tienen un especial significado.


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Estimado amigo, en la primera parte de este estudio bíblico, traté de exponer el Plan de Salvación de Dios y la relación entre el pueblo de Israel y las naciones, en base al capítulo 11 de la Epístola del apóstol Pablo a los Romanos. Profundicemos ahora un poco más en este tema.

A modo de introducción a la segunda parte de este estudio bíblico recordemos los cuatro dogmas anti-judíos sobre los cuales se fundamenta erróneamente la teología cristiana desde el siglo 2 después de Cristo: 

1. Todo el pueblo de Israel es culpable de la crucifixión del Hijo de Dios.

2. Por eso Dios desechó a Israel y anuló las promesas del Pacto que hizo en

el Antiguo Testamento.

3. La elección del pueblo de Dios, después de la resurrección de Jesucristo,

pasó a la Iglesia; e Israel fue desheredado.

4. Los judíos solamente pueden ser salvos por el bautismo, o sea,

renunciando a su fe.

La teoría de la desheredación de Israel (= teología del reemplazo) es sostenida hasta hoy por la teología cristiana. Incluso encuentra cada vez más aceptación en los círculos evangélicos. Esta teología del reemplazo, sin embargo, es completamente contraria a lo que nos muestra Romanos 11, como hemos visto en la primera parte del estudio.

 

Hace poco llegó a mis manos un documento con el título «El Rechazo del Judaísmo en el Nuevo Testamento». Sostiene que el rechazo del judaísmo fue necesario para que se pudiera formar el cristianismo. Dice que la enemistad contra el judío sería una característica de la fe cristiana, y que los cristianos no tendrían que hablar del «Mesías de Israel». Cita a un teólogo que sostiene que el anti-judaísmo sería una «parte implícita y vital de la doctrina cristiana original y especialmente de la paulina».

¿El judío Pablo habrá sido enemigo de los judíos? ¿Justamente él que quería provocarlos a celos, para que muchos de ellos fueran salvos? No conozco a nadie que hubiera amado más a sus hermanos, su pueblo Israel, que el mismo Pablo. En la lectura del documento mencionado anteriormente, algo me llamó la atención: En ocho páginas se citan 57 pasajes bíblicos acerca de la relación entre judíos y cristianos. Pero, entre ellos, no se encuentra ni un sólo versículo de la Epístola a los Romanos, y menos del capítulo 11. Sin embargo, es justamente este capítulo el que trata específicamente el tema de los judíos y de Israel».

Es obvio que Romanos 11 es totalmente opuesto a la teología del reemplazo. Pero los partidarios de esa teología, argumentan que lo que allí escribió Pablo, no se encuentra en ninguna otra parte en la Biblia. En otras palabras: No se puede dar demasiada importancia al contenido de Romanos 11. Pero en realidad, Pablo no anunció nada que ya no hubiera sido anunciado en Génesis, fundamento de la Biblia. Hay en el Antiguo Testamento, varios acontecimientos que nos ofrecen una imagen profética de la relación entre los judíos y las naciones, con respecto al mensaje del Evangelio. Observemos a continuación de la pausa musical el ejemplo de Jacob y sus 12 hijos. Son especialmente los dos hijos menores, José y Benjamín, los que tienen un especial significado.

Jacob y sus hijos

José, el primer hijo de Raquel, es una clara representación profética de Jesucristo. Raquel era el gran amor de Jacob. Pero era estéril, lo que la hacía sufrir mucho. Tuvo que presenciar que Jacob tuviera un hijo después de otro de otras mujeres: Lea, su hermana, por ejemplo, le dio seis hijos, y Zilpa, la sierva de Lea, dos. Otros dos hijos nacieron de Bilha, la sierva de Raquel. Pero no era casualidad que Raquel no pudiera tener hijos. Pues Dios tenía un plan determinado para su vida: «Y se acordó Dios de Raquel, y la oyó Dios, y le concedió hijos» (Gn. 30:22). Raquel fue hecha fértil por Dios: «Y concibió, y dio a luz un hijo, y dijo: Dios ha quitado mi afrenta» (v. 23). Y luego las cosas se precipitaron: «Y llamó su nombre José, diciendo: Añádame Jehová otro hijo» (v. 24).

Cuando leí el ruego de Raquel de que el Señor le añadiera otro hijo, me llamó la atención la palabra «añadir», que a primera vista parece sin importancia. ¿Por qué usa esta redundancia, y no dice simplemente: «El Señor me dé otro hijo»? Consulté diferentes versiones de la Biblia, y todas dicen «añadir otro hijo». Y de repente lo comprendí: Dios quitó de Raquel su afrenta y escuchó su ruego. Después del nacimiento de José, le añadió otro hijo: Benjamín, el menor. Si José es una imagen de Jesucristo, también Benjamín tiene que ser una imagen – que representa el hecho que después del nacimiento de Jesús, le fue añadido al pueblo de Israel otro hijo: el menor, un hijo dado por Dios, los creyentes de las naciones. Leamos a continuación algunos pasajes, teniendo siempre presente a José como una imagen de Cristo, y a Benjamín como imagen de las naciones: 

– «Sucedió, pues, que cuando llegó José a sus hermanos, ellos quitaron a José su túnica, la túnica de colores que tenía sobre sí; y le tomaron y le echaron en la cisterna; pero la cisterna estaba vacía, no había en ella agua» (Gn. 37:23-24). También a Jesús Le quitaron la ropa, y después de la crucifixión Lo pusieron en una tumba vacía en la roca.

«Entonces tomaron ellos la túnica de José, y degollaron un cabrito de las cabras, y tiñeron la túnica con la sangre; y enviaron la túnica de colores y la trajeron a su padre, y dijeron: Esto hemos hallado; reconoce ahora si es la túnica de tu hijo, o no. Y él la reconoció, y dijo: La túnica de mi hijo es; alguna mala bestia lo devoró; José ha sido despedazado» (Gn. 37:31-33). Pero no era así; José vivía. También nuestro Padre en el cielo vio la sangre de Su Hijo, que Él vertió en la cruz del Gólgota por nosotros. La gente Lo tuvo por muerto. Pero Jesús vive. Él ha resucitado.

– «Después Rubén volvió a la cisterna, y no halló a José dentro…» (Gn. 37:29). La cisterna estaba vacía. Y cuando María de Magdala y la otra María llegaron a la tumba de Jesús, Él ya no estaba en ella. La tumba estaba vacía.

«Y cuando pasaban los madianitas mercaderes, sacaron ellos a José de la cisterna, y le trajeron arriba, y le vendieron a los ismaelitas por veinte piezas de plata. Y llevaron a José a Egipto» (Gn. 37:28). José fue vendido. Su campo de acción iba a ser el extranjero. También Jesús fue traicionado por sus hermanos por 30 siclos de plata. A lo Suyo vino, y los Suyos no Lo recibieron. De manera que se volvió a los extranjeros: Su campo de acción es entre las naciones.

– «Y comenzaron a venir los siete años del hambre, como José había dicho; y hubo hambre en todos los países, mas en toda la tierra de Egipto había pan» (Gn. 37:28). José llegó a ser una gran personalidad en Egipto. Mientras estuvo allí, el país fue bendecido. Las granjas estaban llenas, había suficiente alimento. También el nombre de Jesucristo se engrandeció entre las naciones. Él trajo salvación a los gentiles, los bendijo y les dio suficiente alimento espiritual para todos los que lo quisieran.

– «He aquí, yo he oído que hay víveres en Egipto; descended allá, y comprad de allí para nosotros, para que podamos vivir, y no muramos» (Gn. 42:2). Vinieron los años de escasez. Jacob se vio obligado a comprar trigo en Egipto. Mandó a sus hijos a ese país, hacia José, sin saber que era él. Y aún hizo otra cosa más, seguramente sin tener idea del significado profético de su acción. Pero tenía que hacerlo, pues su manera de actuar era parte del Plan de Dios para la salvación de la humanidad: «Mas Jacob no envió a Benjamín, hermano de José, con sus hermanos; porque dijo: No sea que le acontezca algún desastre» (Gn. 42:4). Jacob mantuvo a Benjamín, su hijo menor y hermano de José, con él en casa. Los otros diez hermanos fueron a Egipto a ver a José. Éste los reconoció, pero ellos no le reconocieron a él. De la misma manera, Jesús conoce a Sus hermanos, a Su pueblo, pero ellos no Lo conocen a El.

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