Cuide su Lengua (3ª parte)

Cuide su Lengua 
(3ª parte)

Autor: William MacDonald

  La palabra discípulo ha sido por demás utilizada, y cada usuario le ha dado el significado de su conveniencia. El autor de este mensaje nos lleva a examinar la descripción de discipulado que presentó Jesús en sus enseñanzas, la cual se halla también en los escritos de los apóstoles, para que aprendamos y descubramos más acerca de este concepto.


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PE1952 – Estudio Bíblico  – Cuide su Lengua (3ª parte)



  ¿Cómo están amigos? Como discípulos de Jesús, es muy importante que aprendamos a cuidar nuestra lengua. Nadie se sorprendería si escuchara decir que la forma de hablar de un cristiano es un barómetro de su carácter. Ya la Biblia declara, en Mt. 12:34: “Porque de la abundancia del corazón habla la boca”. Con el sólo hecho de escuchar a una persona hablar, usted podría notar que tan espiritual es.

Aunque nosotros no podemos domar la lengua, podemos estar eternamente agradecidos de que Dios sí puede hacerlo. Mediante el poder del Espíritu, Él puede hacer que la lengua filosa se vuelva suave, y que la lengua charlatana se vuelva edificante.

Hemos mencionado algunas de las cualidades que deberían caracterizar nuestra forma de hablar:

En primer lugar:Debe ser verdadera.Nuestro Señor era honesto y transparente. Él nunca mintió, ni siquiera disfrazó la verdad. es necesario que excluyamos de nuestros dichos los embustes, las mentiras piadosas, las exageraciones, la palabrería, y las promesas incumplidas.

También:Debe valer la pena.Jesús advirtió, en Mt. 12:36, que “de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio”. Por tanto, las charlas sin sentido deberían ser confesadas como pecado y quitarlas de nuestras vidas.

Debe ser, también, edificante.En Ef. 4:29, leemos: “Sino la que sea buena para la necesaria edificación”. En otras palabras, deberíamos buscar constantemente la oportunidad de edificar a otros a través de lo que decimos.

Además:Nuestra forma de hablar debe ser apropiada.Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (nos exhorta Ef. 4:29). Nuestras palabras deben ser acordes a la necesidad del momento. “Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene” (nos dice Pr. 25:11), y en Pr. 15:23 leemos: “la palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!”.

Debe ser, también, con gracia.Nuestro Señor tenía gracia, tanta que los hombres “estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca” (nos dice Lc. 4:22). La gracia requiere que refrenemos lo hiriente y cortante de nuestras palabras; nuestras desagradables insinuaciones y punzantes sarcasmos.Nuestras palabras deben también estar sazonadas con sal.La sal produce sed. Así que por medio de nuestras palabras deberíamos preservar patrones de integridad moral, y estimular la sed por las aguas vivificantes que ofrece Cristo.Por supuesto, las palabras del creyente deben ser puras.“…toda impureza o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos.(nos dice Ef. 5:3).

Nuestra conversación tampoco debe ser confirmada por juramento.Las palabras del cristiano deben ser honestas y consistentes, para que no tengan la necesidad de confirmarlas con un juramento.

Nuestras palabras deben ser reverentes. No deberíamos hablar a la ligera, o sin respeto, de las cosas sagradas Los siervos de Cristo deberían evitar hacer acotaciones imprudentes.

Nuestras palabras deben estar libres de quejas. Las quejas son un insulto a la providencia de Dios. Es como querer decir que Él no sabe lo que está haciendo.

Nuestras palabras deben ser breves e ir al punto. “En las muchas palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente” (dice Pr. 10:19). Es decir, cuanto más hablamos, más propensos estamos a pecar.

No debemos consentir el chisme. El chisme pone a su víctima bajo una luz desfavorable; dice cosas que no son amables ni edificantes, ni tampoco necesarias. Es hablar mal de una persona a sus espaldas, en lugar de confrontarla cara a cara. Es una forma de asesinato del carácter.

El escritor de Proverbios bien dijo: “La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos.” (Pr. 18:21). En diferentes pasajes de la Biblia se ataca con dureza al chismoso. Diciendo, por ejemplo: “No andarás chismeando entre tu pueblo”. “El que anda en chismes descubre el secreto; mas el de espíritu fiel lo guarda todo.” “El hombre perverso levanta contienda, y el chismoso aparta a los mejores amigos.” “Las palabras del chismoso son como bocados suaves, y penetran hasta las entrañas.” “Sin leña se apaga el fuego, Y donde no hay chismoso, cesa la contienda.”

En Romanos 1:29, Pablo menciona a los chismosos (o murmuradores) junto con los homicidas y otras personas inmorales. A veces intentamos camuflar el chisme diciendo que compartimos la información a modo de petición de oración. “Se lo digo sólo para que usted pueda estar orando por esta persona, porque sabe que…” O creemos que evitamos ofender a la persona si contamos sus asuntos de manera confidencial. A menudo ocurre lo siguiente: Dos mujeres estaban hablando en Brooklyn. “Tillie me dijo que le dijiste de aquel secreto que te dije que no le dijeras.” “Qué mala persona. Le dije a Tillie que no te dijera que le dije.” “Bueno, yo le dije a Tillie que no te diría que me dijo – así que no le digas que te dije.”

En su libro, Las Estaciones de la Vida, Charles Swindoll escribe sobre los rumormongers, otro nombre para los chismosos. Esto es lo que dice: “Las almas que se alimentan de rumores son pequeñas y suspicaces. Encuentran satisfacción traficando en callejones poco iluminados, soltando bombas sutiles que explotan en las mentes de otras personas al encender la mecha de la sugestión. Encuentran comodidad siendo sólo un canal “inocente” para la información incierta… y nunca son la fuente.

Los eternos “Dicen que…” o “¿Se enteró de…?” o también “A mí me parece que…”, proveen seguridad al que esparce el rumor.

“¿Se enteró que la Iglesia Memorial del Concreto Histérico está a punto de dividirse?”

“A mí me parece que Fernando y Flor se están por divorciar– dicen que ella le era infiel.”

“Dicen que sus padres tienen mucho dinero.”

“¿Escuchó que le pidieron al Pastor Elphinstonsky que se fuera de su iglesia?”

“Me dijeron que el hijo está consumiendo droga – lo atraparon robando una tienda.”

“Alguien me dijo que ellos tienen que casarse.”

“Por ahí escuché que él bebe mucho.”

“Oí que vive coqueteando a todo el mundo – tenga cuidado con ella.”

“Se dice por ahí – que al final hizo trampa para llegar a donde está.”

“Es algo que preocupa a muchos – no se puede confiar en él.”

Todos sabemos lo que sucede con los chismes y los rumores al ir de una persona a otra. Cada uno agrega su toque negativo, y la historia final tiene poco que ver con la original.

Cualquiera podría sugerir que Pablo criticó a Himeneo y Alejandro (en 1 Ti. 1:19 y 20); a Figelo y Hermógenes (en 2 Ti. 1:15); y a Alejandro el calderero (en 2 Ti. 4:14). Y que Juan no pasó por alto a Diótrefes (en 3 Juan 9 y 10). Esto es verdadero. Pero su propósito era advertir a los creyentes sobre estos hombres, y no sólo atacarlos groseramente.

Con frecuencia es necesario que los líderes hablen con las personas en privado, cuando necesitan disciplina o corrección, pero con la intención de ayudar a las personas involucradas, y no desmoralizarlas. Esto no es lo mismo que el chisme.

Existen ciertos pasos positivos que podemos tomar cuando nos enfrentamos al chisme. Primero: podemos pedirle a la persona que identifique la fuente. Pablo estableció un ejemplo para nosotros en 1 Corintios 1:11: “Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas.” Segundo: podemos pedirle permiso para contarle el chisme a la persona de quien se está hablando. “¿Te importaría si le cuento a él lo que recién dijiste?” “No, que horror, no hagas eso. ¡Sería el fin de nuestra amistad!” O podemos, simplemente, rehusarnos a escuchar el chisme. Podemos hacerlo diciendo cortésmente que preferiríamos no escuchar eso, o redirigir la conversación hacia canales más edificantes. “Si nadie escuchara los chismes, nadie los contaría. Ensordece a la audiencia, y habrás enmudecido al chismoso” (dijo Wm. R. Marshall). Y un proverbio turco nos recuerda: “Quien chismosea contigo, chismoseará de ti.”

En conclusión, permítame citar un resumen consistente. No sé quien lo escribió, pero desearía haber sido yo. “¿Qué debería hacer un cristiano con su lengua? Debería controlarla, y nunca buscar el dominio de una conversación. Debería entrenarla a decir menos de lo que podría decir. Nunca usarla para hablar falsedades, verdades a medias, malicia, insinuaciones, sarcasmos, charlas impuras, o vanas palabrerías. Debería usarla siempre cuando las circunstancias demandan testimonio, confesión, o palabras de ánimo. Si es una de esas personas raras que le cuesta decir “gracias”, debería entrenar la lengua a que pronuncie esta palabra, y lidiar con el orgullo vicioso que la inhibe”.

 

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