Cuide su Lengua (1ª parte)

Cuide su Lengua 
(1ª parte)

Autor: William MacDonald

  La palabra discípulo ha sido por demás utilizada, y cada usuario le ha dado el significado de su conveniencia. El autor de este mensaje nos lleva a examinar la descripción de discipulado que presentó Jesús en sus enseñanzas, la cual se halla también en los escritos de los apóstoles, para que aprendamos y descubramos más acerca de este concepto.


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PE1950 – Estudio Bíblico  – Cuide su Lengua (1ª parte)



  Estimados amigos oyentes: Nadie se sorprendería si escuchara decir que la forma de hablar de un cristiano es un barómetro de su carácter. La Biblia declara, en Mt. 12:34: “Porque de la abundancia del corazón habla la boca”. Con el sólo hecho de escuchar a una persona hablar, usted podría notar que tan espiritual es.

Santiago nos recuerda algo que generalmente uno adquiere por experiencia – que a pesar de ser pequeña, la lengua es capaz de hacer un gran bien o un gran mal. Si bien el hombre ha podido domesticar todas las criaturas salvajes, nadie ha podido hacer tal cosa con la lengua. “Es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal.” A diferencia de otras cosas en la naturaleza, la lengua puede producir frutos opuestos, dulce y amargo, bendición y maldición (así leemos en Stg. 3:1 al 12).

Pero aunque nosotros no podemos domar la lengua, podemos estar eternamente agradecidos de que Dios sí puede hacerlo. Mediante el poder del Espíritu, Él puede hacer que la lengua filosa se vuelva suave, que la lengua charlatana se vuelva edificante.

Vamos a mencionar algunas de las cualidades que deberían caracterizar nuestra forma de hablar:
En primer lugar:Debe ser verdadera.Nuestro Señor era honesto y transparente. Él nunca mintió, ni siquiera disfrazó la verdad. Ni una vez recurrió a la exageración o la palabrería. Así nos dice Ef. 4:25: “Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros”. Puesto que Dios no puede mentir, tampoco puede otorgarle ese permiso a nadie. Por tanto, es necesario que excluyamos de nuestros dichos los embustes, las mentiras piadosas, las exageraciones, la palabrería, y las promesas incumplidas. Los reportes de resultados en el servicio cristiano no deberían exagerarse de ninguna manera. La secretaria no debe decir que el jefe no está cuando sí está. Los niños no deben ser incitados a mentirle a una visita no grata. La persona honesta no necesita tener buena memoria. Dijo E. Stanley Jones: “Si usted dice una mentira, necesita tener buena memoria para cubrirla; pero si en cambio dice la verdad siempre, no necesitará recordar lo que dijo – pues simplemente dirá la verdad. Es fácil.”

Nuestra forma de hablar:Debe valer la pena.Ef. 4:29 nos dice: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca…” Aquí, la expresión “palabra corrompida” significa de poca calidad, inadecuada para usar, sin valor. Cuando los grabadores de cinta recién aparecieron, era algo muy divertido esconderlos y grabar las conversaciones en una mesa. Cuando la cinta era reproducida, los involucrados a menudo se sentían avergonzados de la completa vaciedad de su charla. Jesús advirtió, en Mt. 12:36, que “de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio”. Por tanto, las charlas sin sentido deberían ser confesadas como pecado y quitarlas de nuestras vidas.

El almirante Hyman Rickover de la Armada Naval estadounidense dijo: “Las grandes mentes hablan de ideas. Las mentes promedio hablan de eventos. Las mentes pequeñas hablan de personas.” Podría haber agregado que las mentes más grandes hablan de verdades eternas.

Nuestra forma de hablar:Debe ser edificante.Sino la que sea buena para la necesaria edificación” (leemos en Ef. 4:29). En otras palabras, deberíamos buscar constantemente la oportunidad de edificar a otros a través de lo que decimos. H. A. Ironside siempre dirigía la conversación hacia temas edificantes. A menudo preguntaba: “¿Qué le parece que quiere decir este versículo?” y, luego, citaba un texto difícil. Si la otra persona no sabía, Ironside sugería con gracia: “¿Piensa que podría significar esto?” Sus explicaciones eran inolvidables.

Una vez, un amigo mío comenzó a decir algo negativo acerca de otra persona. Sonaba como una prometedora oportunidad para el chisme. Pero se detuvo en la mitad de la declaración y dijo: “¡No! Eso no sería edificante.” Me he muerto de curiosidad por saber desde ese momento, pero aprendí una lección muy importante ese día acerca de cómo disciplinar la lengua.

Nuestra forma de hablar debe ser apropiada.Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (nos exhorta Ef. 4:29).

Nuestro Señor respondió a las tentaciones de Satanás en el desierto con tres porciones de Deuteronomio, acordes a las circunstancias. Es un gran don el poder ser capaz de decir lo correcto en el momento correcto. Como dijo una vez un anciano creyente al reclinarse sobre el lecho de muerte de un santo, citando los Cantares de Salomón 8:5: “¿Quién es éste que sube del desierto, recostado sobre su amado?” O aquella mujer cristiana que escribió Isaías 49:4 al final de una carta para un predicador desanimado: “Pero yo dije: Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis fuerzas; pero mi causa está delante de Jehová, y mi recompensa con mi Dios.

En cierta ocasión, Alexander Whyte estaba entrando en la oficina de un abogado, y éste le sorprendió con la pregunta: “¿Tiene algo para decirle a un viejo pecador?” Él repitió el texto en el cual había estado meditando últimamente: “Él se deleita en la misericordia” (Mi. 7:18). El abogado le agradeció por las únicas palabras que hasta entonces le dieron consuelo. Esas palabras eran acordes a la necesidad del momento. Pues “Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene” (nos dice Pr. 25:11), y en Pr. 15:23 leemos: “la palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!”.

Nuestra forma de hablar también:Debe ser con gracia.Nuestro hablar no sólo debe ser apropiado, sino que además debe tener gracia. “Sea vuestra palabra siempre con gracia…” (nos exhorta Col. 4:6). Nuestro Señor tenía gracia, tanta que los hombres “estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca” (nos dice Lc. 4:22). ¿No es por gracia que Él, siendo judío, se acercó a una despreciada mujer samaritana para pedirle un poco de agua (como leemos en Jn. 4:7)? ¿Y no fue gracia lo que mostró en Jn. 8:10, cuando le dijo a la mujer acobardada por haber sido sorprendida en adulterio: “Ni yo te condeno”? La gracia requiere que refrenemos lo hiriente y cortante de nuestras palabras; nuestras desagradables insinuaciones y punzantes sarcasmos. Lady Astor dijo: “Sir Winston, si yo fuera su esposa, envenenaría su café.” A lo que el señor Churchill respondió: “Lady Astor, si yo fuera su esposo, con gusto lo bebería.” Muy gracioso, ¡pero sin gracia!

Nuestras palabras deben también estar sazonadas con sal. Así leemos en Col. 4:6: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal”. El mismo Señor que dijo: “Dame de beber”, también dijo: “Ve, llama a tu marido”. Y después de decir: “Ni yo te condeno”, agregó: “Ve y no peques más.” Estas palabras llevan cierta agudeza implícita, están condimentadas. La sal también es un conservante; impide la corrupción. Y, además, la sal produce sed. Así que por medio de nuestras palabras deberíamos preservar patrones de integridad moral, y estimular la sed por las aguas vivificantes que ofrece Cristo.

 

Viva en forma sacrificial
Cuide su Lengua (2ª parte)

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