¿Cuándo regresará el Esposo? (1ª parte)


Autor: Norbert Lieth – Samuel Rindlisbacher

Jesucristo prometió regresar pronto a la tierra… Y desde entonces han pasado casi 2.000 años… ¿Nos habrá engañado Dios?


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PE2199 – Estudio Bíblico
¿Cuándo regresará el Esposo? (1ª parte)



Estimados amigos: En el tiempo anterior a Su muerte en la cruz, el Señor Jesús narró a Sus discípulos la siguiente parábola: “Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas. Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle! Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas. Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan. Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas. Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta. Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco”.

El evangelio de Mateo, en el cual se encuentra esta parábola, nos presenta a Jesucristo como el Rey de Israel. Dicho evangelio habla del nacimiento del rey, de Su presentación como rey, de la proclamación de Sus mandamientos reales (en el Sermón del Monte), de la proclamación de Su reino y de Sus hechos realizados en el poder del Rey de Israel y predichos por los profetas. Sin embargo, Sus súbditos lo rechazaron, como describe Mateo. ¡Ellos escogieron a otro para que viviera en Su lugar, al asesino Barabás, y finalmente condenaron a Jesús! Jesús no correspondía a sus conceptos. Y así Él, acompañado de burla y blasfemia, fue vestido con un manto “real”, coronado con una “corona” de espinas y enaltecido, no sobre un trono, sino sobre el madero de maldición. Sí, Él fue entregado a la muerte, y pareciera como que los adversarios del Rey hubieran vencido. ¡Pero el caso es todo lo contrario! El León de Judá se llevó el triunfo. Al tercer día salió del sepulcro, y después de Su resurrección, ascendió al cielo y se sentó a la diestra de Dios.

Este triunfo todavía no es visible para todos. Él aún es un Rey de los corazones y gobierna en forma invisible en la vida de todos aquellos que creen en Él, el Señor Jesucristo. Pero, vendrá el día en que Él triunfará públicamente. Sí, el día está a la puerta, en que todas las personas de la tierra lo verán, y todos tendrán que caer de rodillas delante de Él y tendrán que confesar que Él es el Señor de todos los señores y el Rey de todos los reyes (como dice Filipenses 2:9 y 10).

La parábola de Mateo 25 alude a ese tiempo, o sea al tiempo en que el Rey vendrá para establecer Su reino en la tierra. De las cartas de Pablo, sabemos que la Iglesia de Jesús, a esa altura de los acontecimientos, ya habrá sido arrebatada (lo leemos en algunos pasajes de 1 Corintios 15, y 1 Tesalonicenses 4 y 5). La misma, en el cielo, estará reunida con su Señor, mientras que, en la tierra, los juicios de la gran tribulación prepararán al mundo para la llegada del Rey.

Para poder comprender la parábola, debemos tener en consideración que los acontecimientos a los cuales Jesús alude aquí, ocurrirán bajo las muchas condicionantes que conocemos del Antiguo Testamento. La Iglesia ya habrá sido arrebatada antes del regreso del Rey a Su tierra, y Dios, en el tiempo de la tribulación, otra vez se dirigirá a Israel. (¡Ya hoy Él prepara el escenario, como podemos ver en la fundación del Estado de Israel!) En el tiempo del Antiguo Testamento, el Espíritu Santo podía ser dado, pero también quitado. Las personas lo recibían en ciertas ocasiones, como capacitación para tareas especiales (como Sansón), para el servicio (por ejemplo, Moisés), o para el reinado. Esto último lo vemos en el caso del rey Saúl, del cual se dice: “Y el Espíritu de Dios vino sobre él” (1 Samuel 10:10). En caso de pecado o desobediencia, sin embargo, el Espíritu podía ser quitado, como lo vemos también en Saúl. Por esta razón, David oró con las siguientes palabras después de su pecado con Betsabé: “No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu” (Salmo 51:11). En la época de la Iglesia de Jesús, ya no necesitamos orar así, ya que, desde Pentecostés, el Espíritu Santo de Dios se queda en todo cristiano nacido de nuevo y es la garantía de nuestra redención. Pero cuando la Iglesia haya sido arrebatada, también habrá terminado este tiempo, en el cual el creyente es sellado con el Espíritu Santo.

Las diez vírgenes son una imagen de Israel esperando a su Mesías. En ese tiempo, Israel vivirá el mayor apremio de toda su existencia. Jesús incluso dice en Mateo 24:22: “Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados”. Y como entonces se habrá “multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará” (v. 12).

Las cinco vírgenes sabias simbolizan al remanente creyente. Estos son los judíos que, si bien quedarán sorprendidos por la venida de su Mesías, en medio de la aflicción y noche más oscura de Israel, “mirarán” a Aquel “a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito” (como dice el profeta Zacarías en el capítulo 12:10). Ellos son sobre quienes el Señor “derramará espíritu de gracia y de oración” porque ellos, en base a su amor por el Mesías y su fe y esperanza en Él, aún tendrán aceite en sus lámparas. Ellos entrarán a la cena de las bodas del Cordero (que es mencionada en Apocalipsis 19:9).

Las cinco vírgenes insensatas, con sus lámparas sin aceite, simbolizan a aquellas personas en Israel, cuyo amor por el Mesías se habrá enfriado. Si bien al principio estaban llenos de esperanza y añoraban la venida del Mesías, el sufrimiento de la gran tribulación ha borrado su amor. ¡Sus lámparas están sin aceite!

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