Cristo, Nuestra Pascua (2 de 3)

Titulo: Cristo, nuestra pascua

Autor: Fredi Winkler
PE1392

Los Evangelios relatan que Jesús subió a Jerusalén para la fiesta de Pascua, para morir en ese determinado momento. Es como si Dios, una vez más, quisiera llamar la atención de Su pueblo al verdadero Cordero de Pascua.


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Queridos amigos, continuando con el mensaje “Cristo, nuestra Pascua”, queremos ver juntos ahora cómo la sangre del Cordero de Dios nos salva de la muerte eterna.

Cuando Juan el Bautista anunció a Jesús con las palabras que encontramos en Juan 1:29:“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, evidentemente muchos de los oyentes entendieron la expresión “Cordero de Dios” en relación a la celebración de la Pascua. Más tarde, Simón Pedro llegó a la convicción de haber encontrado al Mesías (o: Cristo) en Aquél que fue designado como Cordero de Dios por Juan el Bautista. Estaba tan seguro de esto, que llegó a ser uno de los discípulos más fervientes de Jesús. Pero a pesar de ser conciente de esto, fue justamente Pedro el que quiso retener al Señor del cumplimiento de Su misión, cuando Jesús comenzó a hablar de Su sufrimiento y de Su muerte. Desde el punto de vista humano, esta reacción es comprensible. El sufrimiento y la muerte de Jesús en la cruz del Gólgota, hasta hoy provocan rechazo e incomprensión en el hombre caído, que está bajo la influencia de Satanás. Por eso, Jesús rechaza rotundamente lo que Pedro pretendía hacer, diciendo lo que leemos en Mateo 16:23:“¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres”.

La muerte de Jesús en la cruz era el plan de Dios para la salvación de la humanidad del poder de Satanás. Por supuesto, el diablo quería impedir la realización de este plan. Vemos que Jesús mismo les explicó reiteradamente a Sus discípulos que sufriría, moriría y resucitaría al tercer día. La muerte de Jesús en la cruz no fue mala suerte, sino totalmente lo contrario; era la meta para la cual Él había venido al mundo. Por esta razón, no es correcto cargar la responsabilidad de Su muerte a determinados culpables, como por ejemplo a la élite religiosa de aquel entonces en Israel o, incluso, al pueblo judío. La causa de la muerte de Jesús la encontramos únicamente en nuestro pecado, que entró a este mundo por la desobediencia del hombre frente a Dios. Y por el pecado, la muerte vino sobre toda la humanidad, y cuya expresión es la eterna separación de Dios. Después de la pausa musical, veremos cuál fue la reacción de Dios frente a esto.

Nos preguntábamos antes de la pausa musical, cuál fue la reacción de Dios frente al pecado del hombre. Y al escudriñar las Escrituras, vemos que la caída del hombre en pecado no fue una sorpresa para Dios, sino que Él conocía esta tragedia de antemano y ya había tomado las medidas correspondientes. El plan de salvación, que ya existía desde el principio, se destaca proféticamente de una manera maravillosa en la Pascua de Egipto. La imagen del cordero llega a ser la señal de la protección de la muerte. Pero incluso este acontecimiento, fue solamente un reflejo, una imagen de la salvación que Dios obró a través de Su Hijo, el Cordero de Dios, cuando llegó el cumplimiento del tiempo determinado para esto.

Así como los israelitas, en aquel entonces, tenían que creer y obedecer las ordenanzas que Dios les dio a través de Moisés, las personas hoy tienen que apropiarse de la salvación por la sangre de Jesús, creyendo la Palabra de Dios y obedeciendo Sus mandamientos.

La muerte vence a la muerte. Puede ser que esto nos parezca contradictorio, pero ese fue el camino en el cual el plan de Dios, para la salvación de la humanidad del poder de Satanás y de la muerte, fue realizado. Pues así lo leemos exactamente en Hebreos 2:14 y 15:“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre”.No fue fácil para Jesús emprender este camino, contrariamente a lo que quizás imaginamos tendiendo a pensar que Él, como Hijo de Dios, sabía de antemano que iba a resucitar de la muerte. Pero como nos muestra el versículo que acabamos de citar, Jesús se había hecho hombre, así igual que nosotros, y por eso también conocía las debilidades y los temores humanos. En Juan 12:27, podemos ver lo que Jesús dijo respecto a lo que tenía por delante:“Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora”.Jesús sabía exactamente lo que se jugaba. Solamente por Su propia muerte podía quitar el poder a aquél que tenía el poder de la muerte, o sea, al diablo. Y por eso también podía hablar de Su victoria, cuando dijo en el versículo 31:“Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera”.

¿De dónde fue expulsado Satanás, el príncipe de este mundo, por medio de la muerte y la resurrección de Jesús? Pues hasta ese momento, obviamente Satanás tenía el poder sobre la muerte y el Hades (el reino de los muertos). En Apocalipsis 1:17 y 18, Jesús dice:“Yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.”Pareciera que hasta la muerte y la resurrección de Jesús, la llave de la muerte y del Hades hubiera estado en la mano de Satanás. Pero desde la victoria de Jesús sobre la muerte, todos los muertos están bajo el poder de Jesucristo, tanto los justos como los injustos. Por Su muerte y resurrección, Jesucristo ha llegado a ser el Juez de toda la humanidad, de los vivos y también de los muertos. Este grandioso hecho es un punto central en el Evangelio. Cuando Pedro anunció el mensaje del Evangelio al centurión Cornelio y a toda su casa en Cesarea, como lo leemos en Hechos 10, vers. 42 y 43, también mencionó este hecho:“Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y testificásemos que él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos. De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre”. Por su muerte, el Señor Jesús ha provisto la libertad del poder de Satanás a todos cuantos creen en Él.

Según la Escritura, solamente los que obedecen a Jesucristo por la fe serán guardados del juicio venidero, así lo dice Hebreos 5:9:„… y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen”. Este texto nos muestra claramente que la obediencia a nuestro Señor es de importancia decisiva para nuestra salvación eterna.

Veamos ahora, adelantando algo del tema que profundizaremos más en el próximo programa, un poco más acerca de la Pascua, que era la fiesta que recordaba la liberación de la esclavitud.

Todas las fiestas del Señor tienen un significado profético y simbólico, por el cual podemos echar un vistazo a la obra de salvación de Dios para con los hombres. De esta manera, el cordero de Pascua es una imagen profética acertada, que nos muestra a Jesús, quien se convirtió en Cordero de Dios por nosotros, para quitar el pecado del mundo.

La fiesta de Pascua nos muestra también otros aspectos proféticos y simbólicos, que tienen que ver con la salida del pueblo de Israel de Egipto. Pero no podemos estudiar todo esto en el marco de este mensaje. El éxodo de los hijos de Israel de la esclavitud de Egipto es, también, una clara imagen del futuro arrebatamiento de los creyentes. Los israelitas tuvieron que abandonar Egipto repentinamente. Y en la Biblia Egipto es una imagen del mundo pecaminoso. En vista de ese acontecimiento, el arrebatamiento podría tener lugar en una fiesta de Pascua, así como ya tres de las fiestas del Señor encontraron su cumplimiento profético exactamente en su fecha bíblica. Pero, como ya lo hemos dicho, profundizaremos más sobre este tema en el próximo programa. Quiera Dios que podamos refugiarnos en Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Pues por medio de Su sangre preciosa, que nos limpia de todo pecado, seremos así libres de la destrucción y salvos por toda la eternidad.

Cristo, Nuestra Pascua (1 de 3)
Cristo, Nuestra Pascua (3 de 3)

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