Cristo en el Centro 1/6

Titulo: “Cristo en el Centro” 1/6
  

Autor: NorbertLieth 
Nº: PE1141

Cristo en el centro significa: ¡Sueltos de nosotros mismos! La meta de nuestro llamamiento la hemos alcanzado, si todo en nuestra vida indica hacia Jesús. Recién entonces estamos sobre el fundamento del llamamiento de Dios.


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“Cristo en el Centro” 1/6

Estimado amigo, por abnegación, o sea, estar “desprendido de uno mismo”, Jesucristo es glorificado y llega a ocupar el centro de nuestra vida. Por esto primeramente queremos dirijirnos a esta tan importante y fundamental cualidad: 

La Abnegación.

En 2 Corintios 5:15 “Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos”. Jesucristo no sólo murió por nosotros, para

– que nuestros pecados sean perdonados

– que lleguemos al cielo

– que tengamos un futuro glorioso,

sino para que todos aquellos, que han llegado a la fe personal en El, renuncien la vida de su Yo y sólo estén para El.

Dice la palabra de Dios: “…ya no vivan para sí”. Las dos palabras “ya no”, dicen que en nuestra vida debe haber sucedido un nuevo comienzo, los que ahora somos hijos de Dios renacidos. Esto siempre nuevamente es testificado de muchas personas, que han dejado entrar al Señor Jesús en sus vidas: Si antes yo mismo estaba en el centro de mi vida, si antes vivía en innumerables pecados _ ahora ya no. A pesar de que aún soy un pecador y en mí mismo tan débil como antes. ¡Pero ahora tengo a Jesús! El me ha perdonado toda mi culpa del pecado y me ha dado una vida totalmente nueva. Si antes vivía para mí mismo y este pensamiento, el espíritu de este mundo, dominaba mi vida, entonces ahora me domina un pensamiento totalmente diferente, o sea, “ya no vivir para mí mismo, sino para Aquel, que murió y resucitó por mí”. Esto fue sólo y únicamente posible, por que Jesús murió y resucitó por mí. Mira una vez hacia Gólgota: Allá en la cruz, El que en sí mismo es la vida y todo lo ha creado, derramó Su vida completamente en total abnegación en Su sangre, para que ya no tengamos que vivir esta maldita antidivina vida propia. El poder de Su muerte y Su resurrección nos ha liberado – a mí y a tí – de las ataduras y del espíritu de este mundo. El nos ha perdonado todos nuestros pecados, también el terrible egoísmo. Y ahora nos ha dado algo nuevo, una meta mucho más gloriosa. El nos ha dado un sobre todo maravilloso llamamiento: ¡A vivir para El! Como los levitas y sacerdotes del Antiguo Pacto tenían una vocación muy especial, así nosotros en el Nuevo Pacto, ya que el Señor Jesús nos ha hecho: “reyes y sacerdotes para Dios, su Padre”. Imagínate: ¡Eres llamado por Dios! El Altísimo te dice: ¡Ahora tú sólo debes vivir para Mí! ¿Puede aún haber algo más grande y más hermoso?! Por esto nuestra vida ya no es sin sentido, sino ha obtenido un eterno y duradero sentido. ¡Esta es la gloriosa libertad de los hijos de Dios!

¿Ya has experimentado este nuevo comienzo?

Pero,¡Ay de nosotros, si somos cristianos y aún vivimos para nosotros mismos! ¡Ay de nosotros, si nuestras cosas tienen que progresar y no las cosas del Señor! ¡Ay de nosotros, si perseguimos propias metas, y ya no las metas de Dios! ¡Ay de nosotros, si nos encontramos en la realización propia y ya no estemos transparentes para la realización de Jesucristo en nuestra vida!

Si este es el caso de nosotros, entonces hemos errado a nuestro llamamiento, porque el llamado de los hijos de Dios suena: “…ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.” Cristo ya murió por nosotros, ¿y nosotros todavía no con El? Un poeta lamenta este estado deplorable y canta la penetración a la entrega completa a su Señor de esta manera: 

¡Ay, fue un tiempo,

en el cual viví para mí!

Yo tu suave llamar percibí,

mas mi corazón rebelde declaraba: 

¡Nada tu y todo yo!

Pero me encontraste y yo

sangrar en la cruz te vi,

vi tu maravilloso amar,

y en el corazón suave resonó: 

¡Algo tu y algo yo!

Mas el actuar de tu Espíritu

me atrajo más a tí: 

Yo menguaba, tú crecías,

Y yo dije con amor y anhelo: 

¡Más Señor, tu, menos de mí!

Hasta el cielo llegan las montañas,

infinitamente se expande el océano;

pero tu amor es mayor,

y este me ha vencido.

¡Todo tu, nada yo!

También el apóstol había llegado a esta única vida valedera: ¡Todo tu nada yo! El lo testifica en Gálatas 2:19-20 con las palabras: “Porque mediante la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo he sido juntamente crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí.”

Estimado amigo, del gran artista Miguel Ángel se ha leído, que en sus trabajos de escultura, siempre se colocaba una lámpara encima de la cabeza, para que su propia sombra no le estorbara, a llevar la obra a la máxima perfección. ¿Ah queridos hermanos, no es así que aún muchas veces la sombra de nuestro propio yo cae sobre nuestro servicio para el Señor? ¿Le ponemos límites a Su radio de acción o hasta le robamos la honra que únicamente le pertenece a El?

Cristo en el centro significa: ¡Sueltos de nosotros mismos! La meta de nuestro llamamiento la hemos alcanzado, si todo en nuestra vida indica hacia Jesús. Recién entonces estamos sobre el fundamento del llamamiento de Dios. Hace algunos años en una conferencia en Bolivia con Wim Malgo un joven miraba hacia el orador y pensaba: ¡Qué vida santificada debe llevar este hombre respecto a los mensajes que el predica! A pesar de que estaba lleno de preguntas, no se atrevía hablarle. Pero sí oraba en su corazón: “Oh Señor, que una vez pudiera estar a solas con él.” Una vez se dio la oportunidad. Todos ya se habían ido, sólo Wim Malgo estaba ahí y el joven, entonces fue en ese momento cuando le preguntó algo que ya hacía mucho tiempo que estaba ardiendo en su corazón: “Señor Malgo, le puedo preguntar algo personal?” “Sí, por supuesto” “¿Cuánto tiempo dedica usted a su devocional personal?” A esto le miró amablemente y sólo dijo una frase: “¡Tanto tiempo hasta que haya encontrado a Jesús!” O sea, no veinte minutos, una hora, dos o más, no, simplemente tanto, hasta que haya encontrado a Jesús.

Estimado amigo, las personas deben ver en nosotros, que Cristo a través de Su Espíritu Santo está morando en nosotros. Pablo, el cual había subordinado todas las áreas de su vida al Señor, lo expresa de la siguiente manera: “Conforme a mi anhelo y esperanza: que en nada seré avergonzado; sino que con toda confianza, tanto ahora como siempre, Cristo será exaltado en mi cuerpo, sea por la vida o por la muerte. Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil. 1:20-21). ¿No deberíamos nosotros también tener este profundo deseo del corazón y perseguirlo, que todo en nuestra vida señale hacia Cristo?

De este profundo deseo un anciano hombre de Dios en Inglaterra estaba compenetrado, del cual Charles H. Spurgeon cuenta: 

Un viejo pastor oía la predicación de un joven hombre. Cuando este le preguntó, que le parecía a él, el demoró con la respuesta, pero finalmente dijo: “Si yo se lo tengo que decir: No me gustó para nada su predicación; no había un Cristo en ella.” – “No”, respondió el joven, “porque no veía, que Cristo estuviera en el texto bíblico.” – “Oh”, dijo el anciano pastor, “¿más no sabe usted, de que de cada ciudad, de cada pueblo, y de cada caserío en Inglaterra hay un camino que lleve a Londres? Cada vez que tomo un texto bíblico, me digo: Existe un camino de aquí hacia Jesucristo, y quiero seguir su rastro, hasta que llegue a El.” – “Bueno” dijo el joven, “¿pero suponiendo, usted predica sobre un texto, que no dice nada de Cristo?” – “Entonces saltaré sobre setos y zanjas, hasta llegar a El.”

Traté de aplicar esto. Tomemos como ejemplo la historia del hijo pródigo. Allí se habla del padre y del hijo perdido. ¿Pero dónde encontramos a Jesús? Aquí: 

– Cuando el padre sale al encuentro del hijo – este es Jesús! El es el camino, y el Padre se nos acercó a través de Jesús.

– Cuando el padre se hechó sobre el cuello del hijo y lo besa, – este es Jesús! Porque Dios acepta a cada pecador a través de Jesús, a pesar de todo lo que haya hecho.

– Cuando le coloca el anillo y deja hacer una fiesta – todo esto es Jesús! Porque a través de el una persona es sellada con el Espíritu Santo.

– Toda la abnegación y sacrifio del padre, para encontrar al perdido y acogerlo en este profundo amor y vehemencia y perdonarle – esto todo lo hace Dios en Cristo Jesús!

Pero miremos a nuestra porpia vida: ¿No somos nosotros muchas veces justamente un ejemplo contrapuesto? Yo creo que debemos admitir, que nosotros por nuestra dureza de corazón, egoísmo, nuestro “eterno-querer-tener-la-razón” y por no estar dispuestos a hacer sacrificios nos hemos retirado a nuestro rincón y con esto no hemos señalado hacia Jesús y Su amor que viene al encuentro del hombre. Con esto cerramos a nuestro prójimo la puerta a través de nuestro propio yo, en vez de abrírsela.

Pero, el que ama la presencia del Señor se torna abnegado.

Le invitamos, estimado amigo, a escuchar más de esta verdad en el próximo programa.

Hasta Pronto!

El obrar del Espíritu Santo
Cristo en el Centro 2/6

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