Confianza a pesar de la enfermedad (2 de 2)

Título: Confianza a pesar de la enfermedad

Autor: Marcel Malgo PE1427
 ¡Vivimos en un tiempo turbulento! Amenazas de guerra, criminalidad creciente, altas tasas de desempleo y otras dificultades caracterizan nuestros días. Muchos son afligidos por problemas personales, como enfermedad, soledad, culpa, etc. El autor de este mensaje analiza algunas de esas dificultades, y sin menospreciarlas nos anima a confiar de manera total y completa en el Dios Todopoderoso.

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¿Cómo están amigos? Es realmente un gozo estar nuevamente con ustedes.

Hablando del tema que nos ocupa, vimos en el programa pasado que dentro de la Iglesia de Cristo reina una doctrina totalmente antibíblica, la cual pregona que los creyentes no deberían ser afectados por ninguna enfermedad. Esa doctrina pregona que existe una relación directa entre el pecado y enfermedad. Y los que sostienen esta falsa enseñanza no se refieren al hecho histórico de la caída del hombre en el Edén, lo que hizo que el germen de la muerte entrara al mundo. Ellos no hablan del pecado original, sino de la culpa individual del afectado. Si bien en la Biblia hay algunos casos en los cuales se relaciona el pecado con la enfermedad, no alcanza para hacer de ello una doctrina bíblica. En el programa anterior mencionamos algunos de estos casos y el último fue el del ciego de nacimiento, que encontramos en Juan, cap. 9. Allí los discípulos le preguntan a Jesús: ¿Quién pecó, éste o sus padres? Y Él les dijo de manera inequívoca: “No es que pecó éste, ni sus padres…”. ¡Una clara afirmación de parte de Jesús! Que puede entenderse como: ¡No les compete a ustedes establecer un vínculo entre esta enfermedad y los eventuales pecados cometidos! Y en la segunda parte del verso 3, encontramos una respuesta más, que es de gran trascendencia con relación a la pregunta, puesto que es un hecho que existen enfermedades en la vida de los creyentes: “… sino para que las obras de Dios se  manifiesten en él”. En estas palabras de Jesús, encontramos la respuesta correcta para la siempre dolorosa y repetida pregunta, acerca de la existencia de tanto dolor y sufrimiento en la vida de muchos creyentes. Esta respuesta de parte del Señor no se encuentra aislada en el contexto bíblico, sino que nos revela una línea clara de las Sagradas Escrituras con relación a las enfermedades de los creyentes.
Continuamos hoy, entonces, diciendo que cuando estudiamos el significado y el sentido del sufrimiento en la vida de los hijos de Dios, nos confrontamos con algunas barreras y, a pesar de la mucha reflexión e investigación, nunca llegamos a una respuesta definitiva y satisfactoria. ¿Por qué? Porque somos limitados y terrenales. Dios es absoluta y definitivamente soberano, y nosotros no tenemos el derecho de objetar, o cuestionar, Sus determinaciones. Viene a mi mente el pasaje de Isaías 45:9, donde dice: “¡Hay del que pleitea con su Hacedor! ¡El tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: ¿Qué haces?” Este pasaje bíblico no nos habla literalmente de la enfermedad pero, dentro de la línea de pensamiento que estoy siguiendo, es un texto muy explicativo: Vemos aquí que Dios es totalmente soberano en Su proceder con el ser humano, y jamás, de manera alguna, podemos poner en duda tal soberanía. Tal verdad es recalcada también en el Nuevo Testamento por el apóstol Pablo, cuando él habla sobre la libre elección de la gracia de Dios, en Romanos 9:20: “Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?”. En definitiva: existen cosas en la vida -incluso en la de un cristiano- para las cuales no encontramos explicación alguna desde nuestra perspectiva humana.
Pero existe una explicación – ¡una explicación de las Sagradas Escrituras!
Decíamos que existen cosas en la vida -incluso en la de un cristiano- para las cuales no encontramos explicación alguna desde nuestra perspectiva humana.
Pero existe una explicación – ¡una explicación de las Sagradas Escrituras!
Entre otras, ésta se encuentra en la respuesta -ya mencionada antes- del Señor a sus discípulos, con relación al ciego de nacimiento: “… sino para que las obras de Dios se manifiesten en él”. La Biblia enseña claramente que la enfermedad y el sufrimiento en la vida de un creyente, muchas veces, sirven para glorificar al Señor. Recordemos, por ejemplo, a Job. Debido a sus sufrimientos e incesantes angustias, Dios obtuvo una clara victoria sobre Satanás; finalmente, el nombre del Señor fue puesto en alto. O pensemos en la enfermedad de Lázaro, de la cual leemos en Juan 11:4, y acerca de la cual el mismo Señor dijo: “Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. También podemos mencionar a Epafrodito, un ayudante de Pablo. Acerca de su enfermedad, el apóstol escribió a los filipenses: “Pues en verdad estuvo enfermo, a punto de morir; pero Dios tuvo misericordia de él… porque por la obra de Cristo estuvo próximo a la muerte” (así nos dice Fil. cap. 2, vers. 27 y 30). O consideremos al propio apóstol Pablo, quien sufrió con un “aguijón en la carne”, a punto tal de rogar en tres oportunidades al Señor que lo librara del mismo. Pero, según lo relata 2 Cor. 12:9, en lugar de obtener liberación, recibió la siguiente respuesta: “… Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad…” Entonces exclamó: “… Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo”. ¡Cuánto fue glorificado el Señor por esta actitud de fe de parte de Pablo!
Isaías 26:16 nos habla de otra faceta del sufrimiento: “Jehová, en la tribulación te buscaron; derramaron oración cuando los castigaste”. Por lo tanto, cuando la prueba de la enfermedad lleva a buscar a Dios y a derramar oraciones delante del Señor de una manera mucho más profunda, entonces el enfermo crece en el conocimiento y en la gracia de Cristo Jesús. Pues 2 Timoteo 3:16 y 17 es una realidad: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. Juan 7:38 dice que los resultados son maravillosos: “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva”. ¡Cuántos creyentes que gozan de buena salud ya han sido enormemente bendecidos al visitar a sus hermanos enfermos! Tal vez ni el propio enfermo lo notó, pero el nombre del Señor, o sea, la obra de Su gracia, se volvió nítida y visible, como sucedió con aquel ciego de nacimiento.
Como individuos sanos, tenemos que aprender del Señor. En cuatro oportunidades los Evangelios hablan de que Jesús se “compadeció” (en Mateo 9:36, y 20:34, en Marcos 1:41, y en Lucas 7:13). En tres de ellas se trataba de enfermos. ¡Vayamos al encuentro de nuestros hermanos enfermos con el espíritu de Cristo, llenos de compasión e impregnados del carácter del Señor! Si así lo hacemos, estaremos actuando como lo dice Pablo en 1 Corintios 12:26: “De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él…” Aprendamos de las hermanas de Lázaro, según lo que relata Juan 11:3: “Enviaron, pues, las hermanas para decir a Jesús: Señor, he aquí el que amas está enfermo”. ¡Llevemos a los enfermos a Jesús!, pero no sólo para que Él los toque, sino también para que aquellos que están padeciendo por largo tiempo puedan ver claramente: Esta enfermedad sirve para traer gloria al nombre del Señor; sirve para que el Hijo de Dios sea glorificado. ¡Cuándo el creyente enfermo logre comprender esto, entonces estará confiando en el Dios Todopoderoso a pesar de la enfermedad!

Confianza a pesar de la enfermedad (1 de 2)
Confianza a pesar de la angustia (1 de 3)

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