¿Como resolvió David sus problemas? – parte 2

Título: ¿Cómo resolvió David sus problemas?

Autor:  Samuel Rindlisbacher  PE1328



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El trato de David con las dificultades

David resolvía sus problemas, ya fueran por culpa propia o no, encomendándose a Dios. También el Salmo 55 muestra la misma solución a los problemas. Encontramos su trasfondo histórico en los capítulos 15 hasta el 18 del segundo libro de Samuel: Absalón, el hijo de David, tomó el poder por un golpe de Estado. David estaba huyendo. Su propio hijo no solamente quería la corona, sino que incluso quería matar a su padre. Además, uno de los amigos de David había pasado al frente de los rebeldes. En la huída, David fue puesto públicamente en ridículo, fue bombardeado con piedras y colmado de maldiciones. ¿Cómo reaccionó David en esta situación?

En primer lugar calló.

 Aunque estos acontecimientos indignantes dejaron atónito a David, él sabía que él mismo era culpable de esta situación, que era la consecuencia de su pecado. Por eso, cuando los siervos de David quisieron hacer callar al lanzador de piedras, David les ordenó:„Dejádlo que maldiga, pues Jehová se lo ha dicho”(2 Sam. 16:11). David era conciente de que Dios había permitido esta aflicción. Por eso, no se resistió contra ella. Y nosotros, ¿también podemos aceptar las pruebas, así como David lo hizo?

David hizo de sus angustias una oración.

¿Cómo procedió? Oró fervorosamente:„Escucha, oh Dios, mi oración, y no te escondas de mi súplica. Está atento, y respóndeme”(Sal. 55:1-2). David contaba con que Dios lo oía y lo veía, conocía su situación y estaría a su lado ayudándole. ¿Cómo actúas tú en tales situaciones de aflicción? ¿Enseguida levantas el tubo del teléfono para contárselo a otros, o primero te desahogas delante de Dios? En el Salmo 62:9 David nos invita:„Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio.”

David es sincero frente a su situación.

No se avergüenza de admitir que le va mal:„…me conmuevo, a causa de la voz del enemigo, por la opresión del impío; porque sobre mí echaron iniquidad, y con furor me persiguen. Mi corazón está dolorido dentro de mí, y terrores de muerte sobre mí han caído. Temor y temblor vinieron sobre mí, y terror me ha cubierto”(Sal. 55:3-6). David estaba a punto de sufrir un colapso nervioso, un sudor frío le corría por la espalda.

David hubiera deseado escaparse y olvidar todo.

¡Qué lindo hubiera sido poder hacer eso: subir a un avión, disfrutar del sol y del mar, y simplemente desconectarse! Por eso, David escribió:„¡Quién me diese alas como de paloma! Volaría yo y descansaría. Ciertamente huiría lejos; moraría en el desierto. Me apresuraría a escapar del viento borrascoso, de la tempestad”(Sal. 55:6-8). Pero en los problemas verdaderos, la isla solitaria no nos trae la solución. Tampoco lo hacen las tabletas y el alcohol. ¿Qué hacer entonces?

¡Toda la frustración, el enojo y el odio tienen que salir!

David sabe que tiene que enfrentar la situación. Las falsas escapatorias no sirven, pues solamente llevan a otro callejón sin salida. Por eso, sigue escribiendo:„Destrúyelos, oh Señor; confunde la lengua de ellos; porque he visto violencia y rencilla en la ciudad. Día y noche la rodean sobre sus muros, e iniquidad y trabajo hay en medio de ella. Maldad hay en medio de ella, y el fraude y el engaño no se apartan de sus plazas. Porque no me afrentó un enemigo, lo cual habría soportado; ni se alzó contra mí el que me aborrecía, porque me hubiera ocultado de él; sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía, y mi familiar; que juntos comunicábamos dulcemente los secretos, y andábamos en amistad en la casa de Dios. Que la muerte les sorprenda; desciendan vivos al Seol, porque hay maldades en sus moradas, en medio de ellos”(Sal. 55:9-15). David necesita algo como un caño de escape. Por eso se arrodilla y suelta todo el vapor, dirigiéndose a Dios con todo su enojo. ¿Conoces este estado, cuando sientes en ti la efervescencia, el ardor y la presión? ¿Cómo lo manejas?

David se desahogó clamando a Dios:„En cuanto a mí, a Dios clamaré; y Jehová me salvará. Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz”(vv.16-17). ¿Por qué empieza por orar en la tarde? Porque no se duerme bien cuando hay presión, y un corazón excitado no encuentra descanso. Cuando los ojos no encuentran el sueño por los problemas, uno necesita un caño de escape. Y existe solamente uno que realmente sirve, y además, no tiene ninguna contraindicación para la salud: la oración. Por eso, ¡haz una oración de tus aflicciones y pruebas!

A pesar de las circunstancias difíciles, David no se dejó desconcertar.

Él había envejecido. Huir era cansador, y esto llegó en un momento inoportuno, ya que él se había acostumbrado a la cómoda vida del palacio. En el camino fue bombardeado con piedras y colmado de maldiciones. Sentía la muerte en su nuca. Sabía que lo esperaban el calor del desierto, las noches frías, y el hambre. Incluso su amigo lo había traicionado. Todo estaba en su contra.

Sin embargo, David había experimentado ya tantas veces la ayuda del Señor en su vida que, a pesar de todos los contratiempos, pudo escribir:„Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo. Mas tú, oh Dios, harás descender aquéllos al pozo de perdición. Los hombres sanguinarios y engañadores no llegarán a la mitad de sus días; pero yo en ti confiaré”(Sal. 55:22-23). Con esto David quiso decir: „Señor, yo puedo estar tranquilo; puedo confiar en ti, Señor, porque sé que tú tienes la solución a mis problemas. Independientemente de mi situación, yo sé que Tú Señor, cumplirás tu propósito en mí.” Y de la misma manera, también tú puedes orar: „¡En ti confiaré, Señor!”

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