La fuente de vida que no fue creada (3ª parte)


Autor: William MacDonald

“Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo”, nos dice Juan 5:26. El Dios trino es la fuente de toda vida. La eternidad de Dios está ligada con Su autoexistencia. Su vida no fue creada. La fuente de Su existencia está enteramente en Él mismo.


DESCARGARLO AQUÍ
PE2248 – Estudio Bíblico
La fuente de vida que no fue creada (3ª parte)



Estimados amigos oyentes, ¿cómo están? En el programa anterior estábamos hablando del misterio de la encarnación, expresado en 1 Ti. 3:16: “Grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne”. Cómo pueden coexistir la deidad y humanidad en una persona, va más allá de nuestro entendimiento. Por ejemplo: sabemos que Dios no puede morir, y sabemos que Jesús es Dios. Y Jesús murió. ¿Cómo puede ser? Es un misterio. Hay un sentido que no podemos comprender en la persona de Cristo; sólo el Padre puede conocerlo (como menciona Mt. 11:27). Muchas de las herejías más graves han surgido como resultado de teólogos que han intentado resolver el misterio. Lo único que han conseguido ha sido robarle algo a Su deidad, a Su humanidad, o a ambas.

Pero nosotros sabemos que, aunque Él se despojó de Su posición en el cielo para ser hombre, nunca se despojó de los atributos de Su deidad. No fue Dios menos algunos de Sus atributos; eso sería imposible. Más bien, fue Dios más Su humanidad. No dejó a un lado la gloria de Su deidad; al contrario, cubrió esta gloria con un cuerpo de carne. Si un príncipe deja el palacio real para ir a vivir en los barrios bajos, su posición ha cambiado, pero él sigue siendo la misma persona. Puede despojarse de su lugar privilegiado y velar su verdadera identidad, pero no puede despojarse de su personalidad. Así fue con el Señor Jesús. No consideró Su posición con el Padre en el cielo como algo a que aferrarse a toda costa. En lugar de esto, bajó a este planeta en forma de hombre para poder morir por la raza humana. Pero Él nunca cesó de tener pleno conocimiento de todas las cosas.

Por lo tanto, si un par de versículos parecen indicar que Su conocimiento estaba limitado, reconocemos la dificultad, pero rechazamos cualquier explicación que niegue Su perfecta omnisciencia en todo momento. Nos aferramos a la verdad de Col. 2:9, de que “en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”, y esto significa que Él siempre poseyó todos los atributos de la deidad. Él siempre tuvo perfecto conocimiento de todas las cosas.

Este atributo de Dios debería tener un profundo efecto en nuestras vidas. ¡Cómo debemos honrar al Señor mientras meditamos en las dimensiones infinitas de Su conocimiento! ¡Cómo debemos cantar Sus alabanzas!

El hecho de que Dios lo conoce todo debe prevenir el pecado. Ya que no existe cosa tal como un pecado secreto, nunca debemos intentar engañarnos a nosotros mismos pensando que nadie lo sabe. Como dice un refrán inglés: “El pecado secreto en la tierra es un escándalo abierto en el cielo”. Dios lo sabe (Él es el Dios que ve, Gn. 16:13). No podemos pecar y quedar impunes (nuestro pecado nos alcanzará, Nm. 32:23). Al mismo tiempo, no debemos pensar que Él es un ogro con el ceño fruncido, listo para saltar sobre nosotros ante cada infracción. Antes bien, Él es un Padre amoroso y celestial, cuyos mandamientos han sido diseñados para nuestro bienestar y felicidad, no para la Suya propia. Aquellos que piensan que Él es difícil de complacer y austero, realmente no Lo conocen.

Pero también es tremendamente consolador el darse cuenta de que Dios sabe y conoce (Sal. 56:8). Él sabe por lo que Su pueblo está pasando –los sufrimientos, pruebas, persecuciones, dolores y fallos (Dios conoce nuestro camino, Job 23:10): “El Varón de dolores tiene parte en cada punzada que desgarra el corazón”. El Señor Jesús escribió a la iglesia en Esmirna: “Yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza” (Ap. 2:9). Su “Yo conozco” expresa, en este caso, un mundo de simpatía y consuelo.

¡De cuánto ánimo es saber que Dios conocía todo acerca de nosotros, pero que aun así Él nos salvó! Él sabía el fracaso que íbamos a ser, cómo íbamos a vagar lejos de Él y cómo íbamos a romper Su corazón. Y, aun con todo, Él echó Sus brazos de amor alrededor nuestro y nos justificó gratuitamente por Su gracia.

Es grandioso darse cuenta de que Dios conoce la adoración y alabanza que sentimos por Él en nuestros corazones, pero que nos resulta imposible expresarlas con palabras. Y Él sabe lo que nos gustaría hacer por Él, pero que por una u otra razón somos impedidos. Por ejemplo, David quería construir un templo para el Señor. En efecto, el Señor dijo: “No, David, tú no puedes edificarlo –pero no te preocupes, lo que había en tu corazón era bueno”. Indudablemente, David compartirá la recompensa de edificar el templo, aunque realmente Salomón tuvo el privilegio. De la misma manera, hay personas a quienes les gustaría ir al campo misionero, pero no pueden. Hay cristianos generosos a los que les gustaría dar más para la obra del Señor, pero no tienen más para dar. Dios conoce todo esto, y recompensará el deseo.

Piensa en la magnitud del conocimiento de Dios –Él puede oír y entender la oración en tantos idiomas diferentes. Sabemos de personas que han llegado a dominar distintas lenguas. Robert Dick Wilson, un cristiano erudito de las Escrituras, aprendió sobre unas cuarenta lenguas extrañas y antiguas para resolver mejor las dificultades del texto del Antiguo Testamento. Pero nadie, excepto Dios, conoce todos los idiomas.

Al estudiar los atributos de Dios, deberíamos buscar el emular muchos de ellos –Su amor, misericordia y gracia, por ejemplo. Nunca llegaremos a aproximarnos a Su conocimiento, pero debemos dedicarle a Él lo más excelente y lo mejor de nuestro poder intelectual. Debemos estar creciendo siempre en el conocimiento de Dios, en el conocimiento del Señor Jesús, y en el conocimiento de las Sagradas Escrituras.

Un último pensamiento respecto a la omnisciencia de Dios. Cuando Dios nos perdona, Él olvida nuestros pecados. Los sepulta en el mar de Su olvido; los echa detrás Suyo –tan lejos como está el oriente del occidente. Nunca volverá a recordarlos. Ahora, ¿cómo puede olvidar un Dios omnisciente? Yo no lo sé, pero sé que lo hace. Aun si admitimos que Él olvida nuestros pecados en el sentido de que nunca seremos juzgados por ellos, la verdad sigue siendo tan maravillosa como antes.

¡Cuán grande es Dios! Su grandeza es inalcanzable. Merece ser alabado en gran manera. El Salmo 48:14 nos dice:
Porque este Dios es Dios nuestro
Eternamente y para siempre;
Él nos guiará aun más allá de la muerte.

Él tiene un conocimiento completo de todo, de la manera en que lo expresó este escritor anónimo y, que para terminar, comparto con ustedes:
Aunque infinitamente glorioso y gloriosamente grande,
La historia eterna de cada granito de arena Él conoce.

La fuente de vida que no fue creada (2ª parte)


Autor: William MacDonald

“Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo”, nos dice Juan 5:26. El Dios trino es la fuente de toda vida. La eternidad de Dios está ligada con Su autoexistencia. Su vida no fue creada. La fuente de Su existencia está enteramente en Él mismo.


DESCARGARLO AQUÍ
PE2247 – Estudio Bíblico
La fuente de vida que no fue creada (2ª parte)



¡Qué gusto estar nuevamente junto a ustedes! Redondeando el tema que tratamos en el programa anterior, tenemos que decir que: Nos regocijamos en la autosuficiencia de Dios. Aceptamos la verdad como absolutamente imperativa si Dios es Dios. Quedamos asombrados y admirados ante Su independencia solitaria. Lo adoramos.

Johann Scheffler destacó este maravilloso atributo en estas líneas:
Fuente de bien, toda bendición brota de Ti;
Tu plenitud no conoce necesidad;
Aparte de Ti, ¿qué más puedes desear?
Y autosuficiente como eres, aun así
Deseas Tú mi corazón nulo;
Sí, esto requieres; tan sólo esto.

Hablemos ahora de Su: Conocimiento sin Límite.

“Dios … sabe todas las cosas”, nos dice 1 Juan 3:20.

Sí, Dios es omnisciente; Él tiene un conocimiento perfecto de todo. No hay nada que Él no sepa. Nunca ha aprendido ni aprenderá nada. No basta con decir que Él podría saberlo todo si quisiera. ¡Es que lo sabe todo! Siempre ha sido omnisciente, y siempre lo será.

Aiden Tozer escribió lo siguiente para nosotros:
Dios conoce instantáneamente y sin esfuerzo alguno todas las cosas y cada una de ellas, todas y cada una de las mentes, todos y cada espíritu, todo ser y cada uno de ellos, todas y cada una de las criaturas, todas y cada una de las pluralidades, toda y cada ley, todas las relaciones, todas las causas, todos los pensamientos, todos los misterios, todos los enigmas, cada sentimiento, todos los deseos, el secreto más escondido, cada trono y cada dominio, todas las personalidades, todas las cosas visibles e invisibles en el cielo y en la tierra, movimiento, espacio, tiempo, vida, muerte, bueno, malo, cielo e infierno.

Uno de los pasajes claves en cuanto a la omnisciencia de Dios es el Salmo 139:1 al 6:
Oh Jehová, tú me has examinado y conocido.
Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme;
Has entendido desde lejos mis pensamientos.
Has escudriñado mi andar y mi reposo,
Y todos mis caminos te son conocidos.
Pues aún no está la palabra en mi lengua,
Y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda.
Detrás y delante me rodeaste,
Y sobre mí pusiste tu mano.
Tal conocimiento es demasiado
maravilloso para mí;
Alto es, no lo puedo comprender.

Cuando el salmista considera el infinito conocimiento del Señor, queda impresionado por lo que podría llamarse una sobrecarga de sentidos. No puede concebir tal conocimiento; es demasiado sublime.

El Señor Jesús dio una visión consoladora de la omnisciencia de Dios cuando, en Mt. 10:29, señaló que ni un gorrión cae al suelo sin que nuestro Padre lo sepa. Harry Ironside expresó esto de una manera muy vívida: “Dios asiste al funeral de cada gorrión”. ¡Fíjate! Al Dios de las galaxias y de las supernovas Le interesa aun el aparentemente insignificante gorrión. Y, ¡cuánto más cuidará, entonces, Él de Su pueblo! Denison, un escritor cristiano, puso en verso esta verdad:
De las trascendentes maravillas de Dios,
De entre todas ellas, ésta veo yo:
Que el Dios de tal infinita grandeza
Cuida de los gorriones –y también de mí.

En Romanos 11:33 al 36, Pablo habla con entusiasmo del conocimiento de Dios:
¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.

El escritor del libro de Hebreos, en el cap. 4, vs. 13, nos recuerda que “todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta”.

Es embargador el pensar en todo el conocimiento de Dios. En nuestra generación hemos sido testigos de una enorme explosión de conocimiento. Aparecen libros en una interminable procesión, acerca de ciencia, literatura, filosofía, geografía, historia y de cualquier otra esfera. Nuestras bibliotecas están inundadas. Ha surgido la especialización. Los expertos sólo son hábiles en un pequeño campo; no pueden desear el llegar a cubrir toda la gama. Pero Dios tiene pleno conocimiento de todo, en el cielo y en la tierra, y Él reparte este conocimiento a las personas. Siempre que Él lo hace, estas personas son aclamadas como descubridores.

Pero, aún queda mucho que nosotros no conocemos. Aunque podemos llegar a la luna, no podemos comprender cómo puede volar una abeja. Aunque podemos trasplantar corazones humanos, no podemos curar un resfriado común. Podemos conquistar el espacio exterior, pero no podemos conquistar el interior. Podemos hacer la guerra, pero no podemos hacer la paz. Sabemos tanto, pero sabemos tan poco. Para Dios no hay misterios, ni problemas sin solución, ni rompecabezas.

Y lo que es verdad en cuanto a Dios el Padre también es verdad de Dios el Hijo. Aun como hombre sobre la tierra, la segunda persona de la Trinidad era omnisciente. Cuando una mujer tocó el borde de Su manto, Él supo que había sido un toque de fe y no de la multitud que Lo apretaba (Lc. 8:43 al 48). Él sabía exactamente dónde estaban los peces en el mar de Galilea (Jn. 21:6). Sabía lo que pensaba la gente (Mt. 9:4). Conocía el carácter y la historia de aquéllos con los que se encontraba (Jn. 1:47; y 4:16 y 18). Podía predecir el futuro, incluyendo Su propia traición, negación, crucifixión, resurrección, ascensión y Su futura venida (Jn. 13:11; Mr. 14:30; Lc. 9:22; y Jn. 14:2 y 3). Y los discípulos estaban convencidos de que Él lo conocía todo (Jn. 16:30).

Es cierto que hay algunos versículos que parecen decir que Su conocimiento estaba limitado. Por ejemplo, Lucas 2:52 dice que Jesús “crecía en sabiduría y en estatura”. ¿Cómo puede Uno que tiene perfecto conocimiento crecer en sabiduría? Y Marcos indica que Jesús no sabía el tiempo de Su segunda venida (Mr. 13:32). ¿Cómo podía ser esto posible si Él era omnisciente?

Aquí nos encontramos cara a cara con el misterio de la encarnación, del cual habla 1 Ti. 3:16: “Grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne”. Cómo pueden coexistir la deidad y humanidad en una persona, queda más allá de nuestro entendimiento. Por ejemplo: sabemos que Dios no puede morir, y sabemos que Jesús es Dios. Y Jesús murió. ¿Cómo puede ser? Es un misterio. Hay un sentido que no podemos comprender en la persona de Cristo; sólo el Padre puede conocerlo (nos dice Mt. 11:27). Muchas de las herejías más graves han surgido como resultado de teólogos que han intentado resolver el misterio. Lo único que han conseguido ha sido robarle a Su deidad, a Su humanidad, o a ambas.

Pero nosotros sabemos que, aunque Él se despojó de Su posición en el cielo para ser hombre, nunca se despojó de los atributos de Su deidad. No fue Dios menos algunos de Sus atributos; eso sería imposible. Más bien, fue Dios más Su humanidad. No dejó a un lado la gloria de Su deidad; al contrario, cubrió esa gloria con un cuerpo de carne. Si un príncipe deja el palacio real para ir a vivir en los barrios bajos, su posición ha cambiado, pero él sigue siendo la misma persona. Puede despojarse de su lugar privilegiado y ocultar su verdadera identidad, pero no puede despojarse de su personalidad. Así fue con el Señor Jesús. No consideró Su posición con el Padre en el cielo como algo a que aferrarse a toda costa. En lugar de esto, bajó a este planeta en forma de hombre para poder morir por la raza humana. Pero Él nunca cesó de tener pleno conocimiento de todas las cosas.

La fuente de vida que no fue creada (1ª parte)


Autor: William MacDonald

“Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo”, nos dice Juan 5:26. El Dios trino es la fuente de toda vida. La eternidad de Dios está ligada con Su autoexistencia. Su vida no fue creada. La fuente de Su existencia está enteramente en Él mismo.


DESCARGARLO AQUÍ
PE2246 – Estudio Bíblico
La fuente de vida que no fue creada (1ª parte)



Estimados amigos, como ya se dijo, el tema de hoy es: La Fuente de Vida que no fue Creada. Leemos en Juan 5:26: Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo.

Tal como lo muestran las palabras de nuestro Señor Jesús citadas en este texto, el Dios trino es la fuente de toda vida.

La eternidad de Dios está ligada con Su autoexistencia. Él no le debe Su existencia a nadie o nada fuera de Él. Su vida no fue creada. No es nada que Le fuera dado a Él. La fuente de Su existencia está enteramente en Él mismo.

Esta cualidad de autoexistencia está incluida en el mismo nombre de Dios que leemos en Ex. 3:14: “YO SOY EL QUE SOY”. Aunque este nombre tiene muchos significados, incluye la verdad de que el ser de Dios no tiene causa fuera de Sí mismo.

La contemplación de la autoexistencia de Dios debería evocar alabanza y adoración. ¡Qué Dios tan grande es Él! ¡Cuán indescriptibles son Sus excelencias! ¡Cuán intachable Su persona!
Al mismo tiempo, deberíamos ser agradecidos con la Fuente de vida, ya que ha escogido darnos vida a nosotros. La vida es un don de Dios. Cada respiro es un don misericordioso de Su parte: “Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas…porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” (como dice Hch. 17:25 y 28). Seamos siempre agradecidos por la vida natural y, todavía más, por el don de la vida eterna a través de Jesucristo, Señor nuestro.

Un popular himno medieval habla de la segunda persona de la Trinidad como la fuente de toda vida o existencia:
Jesús, gozo de corazones amantes,
Fuente de Vida, Luz de los hombres,
De la mayor felicidad que imparta la tierra,
A Ti de nuevo se vuelve insatisfecha el alma.

El Señor es Autosuficiente

Hechos 17:25 dice: Ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas.

Nuestro Señor es completamente autosuficiente. No depende de nadie ni de nada fuera de Sí mismo para Su felicidad. Él no necesita nada de Sus criaturas.

En el Salmo 50:10 al 12, Lo oímos decir:
Porque mía es toda bestia del bosque,
Y los millares de animales en los collados.
Conozco a todas las aves de los montes,
Y todo lo que se mueve en los campos me pertenece.
Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti;
Porque mío es el mundo y su plenitud.

David reconoció la autosuficiencia de Dios, en 1 Cr. 29:14 dice: “Todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos”.

James Packer, escribe:
“Dios era feliz sin el hombre antes que el hombre fuese creado; y hubiera seguido siendo feliz si se hubiese limitado simplemente a destruir al hombre después que pecó; pero, tal como están las cosas, ha derramado Su amor para con pecadores particulares, y esto significa que, por Su propia y libre elección, ya no ha de conocer la felicidad perfecta y permanente mientras no haya llevado al cielo a cada uno de ellos. En efecto, Dios ha resuelto que en adelante, y para toda la eternidad, su felicidad estará condicionada por la nuestra. Así, Dios salva, no sólo para Su gloria, sino también para Su felicidad. Esto sirve en buena medida para explicar por qué es que hay gozo (el gozo de Dios mismo) en la presencia de los ángeles cuando un pecador se arrepiente (como dice Lc. 15:10), y por qué habrá “gran alegría” cuando Dios nos presente sin culpa en el día final en Su propia presencia sacrosanta (como leemos en Jud. 24). Este pensamiento sobrepasa el entendimiento y casi agota la fe, pero no cabe duda que, según la Escritura, tal es el amor de Dios”.

La autosuficiencia de Dios es una doctrina que Lo glorifica en gran manera. Dios es espléndido y majestuoso en Su independencia. Él contiene todo lo que necesita, y no recibe nada que antes no haya dado. El escritor cristiano, Aiden Tozer, lo expresó muy bien:
Aunque todos los seres humanos quedasen repentinamente ciegos, el sol seguiría dando su luz durante el día y las estrellas durante la noche, pues éstos nada deben a los millones que se benefician con su luz. Así, aunque todo hombre sobre la tierra se volviese ateo, esto no afectaría a Dios de ningún modo. Él es lo que es en Sí mismo, sin relación a ningún otro. Creer en Él no añade nada a Sus perfecciones; dudar de Él no Le quita nada.

Esta doctrina nos reduce a nuestro tamaño correcto. Es un golpe mortal al orgullo humano. Dios no nos necesita. No necesita nuestra ayuda. No necesita que Lo defendamos. No necesita nuestro servicio. Cuando Le damos algo, sólo le estamos dando de lo Suyo propio. Aunque Dios sí busca nuestra adoración, Él puede existir sin ella, y así lo hizo durante siglos. Oyendo cómo la gente habla hoy en día, parece como si Dios fuese muy afortunado cuando se convierte una persona muy talentosa y prominente. ¡Eso es un disparate arrogante! Todo el beneficio está en nuestro lado, no en el de Dios.

Pero aun así, Dios busca el tener comunión con nosotros. Como Jesús le dijo a la mujer samaritana, en Jn. 4:23: “La hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren”.

Y aunque seguimos insistiendo en que Dios no necesita a Sus criaturas, un poeta puede hablar de una necesidad divina y quedar impune:
¿Puede ser que en la gloria
Ante Él tuve un pensar:
Por el perdido Él ansiaba,
A quien con Su preciosa sangre llegó a comprar?
¿Y cuál fue Su necesidad que le hizo bajar
al árbol de maldición?
Aun más profunda que Su honda compasión,
¡oh, sublime pensamiento!, fue Su necesidad de mí.

Annie Johnson Flint continua la paradoja del que es autoexistente, recordándonos que:
Cristo no tiene manos más que las nuestras
Para hoy hacer Sus obras;
No tiene pies más que los nuestros
Para llevar en Su camino a otros;
No tiene labios más que los nuestros
Para contar Su muerte a otros;
No tiene ayuda más que la nuestra
Para llevarlos al lado Suyo.

Por supuesto, todo esto es licencia poética. Como resumen, queda que Dios es autosuficiente, y que no necesita a nadie ni nada fuera de Sí mismo.

Único Dios Verdadero (3ª parte)


Autor: William MacDonald

En Deuteronomio 6:4, leemos: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es”. La Biblia enseña que desde el mismísimo comienzo Dios reveló que Él es uno –y el único Dios verdadero.


DESCARGARLO AQUÍ
PE2245 – Estudio Bíblico
Único Dios Verdadero (3ª parte)



Amigos, ¿cómo están? Vamos a ver que: En el Nuevo Testamento, la revelación de la Santa Trinidad se hace bastante clara.

En el bautismo de nuestro Señor, relatado en Mr. 1:9 al 11, estaban presentes las tres personas divinas: Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.

El Hijo de pie en el Jordán, la presencia del Padre manifestándose por medio de la voz del cielo, y el Espíritu mostrándose como paloma descendiendo sobre el Hijo de Dios, nos dejan ver a la Trinidad en acción.

En Gálatas 4:4-6, vemos a las tres personas de la Trinidad trabajando juntas para nuestra salvación: Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!

Otros pasajes que muestran a las tres personas juntas incluyen 1 Corintios 12:3 al 6; Efesios 4:4 al 6; y 1 Pedro 1:2.

En Su famoso y bello Discurso del Aposento Alto, nuestro Señor revela alguna de las relaciones entre las personas de la Trinidad. Dos versículos similares, pero que se diferencian un poco, son Juan 14:26 y 15:26:
Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.
Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí.

Debido a que la doctrina de la Trinidad es difícil de comprender, algunos eruditos de la Biblia han usado ilustraciones de caracteres triples de la naturaleza. Realmente, la misma dificultad de la doctrina muestra que no es una enseñanza humanamente inventada, sino que es una revelación divina que debe recibirse por fe. A ninguna religión concebida meramente por humanos se le hubiese ocurrido algo que parece tan ilógico.

Un ejemplo bien conocido para intentar enseñar la Trinidad a través de la naturaleza es el de Patricio con el trébol para ilustrar el carácter de tres en uno de Dios. Quizás fue una ilustración atractiva en su época, pero apenas sirve hoy en día.

Otras analogías naturales se basan en el espacio, materia y tiempo. Generalmente el espacio se ve como tridimensional en su medida: altura, anchura y profundidad. La materia también ilustra el concepto de tripartito, porque puede ser líquida, sólida o gaseosa. El agua es la más común de estas ilustraciones: líquido (agua), sólido (hielo) y gas (vapor). También el tiempo se divide en pasado, presente y futuro, y todos son tiempo.

Estos tríos en la naturaleza, que hemos mencionado, aunque son inadecuados para ilustrar a Dios, al menos dan testimonio indirectamente de la expresión de la deidad en la Trinidad. Pero, una de sus debilidades es que a todas les falta personalidad.

La persona, compuesta de espíritu, alma y cuerpo (que se menciona en 1 Ts. 5:23), es una analogía mejor. El ser humano es una entidad compuesta de tres partes. Cuando Dios nos hizo a Su imagen, la naturaleza tripartita fue quizás parte de ese significado.

Agustín de Hipona, en su erudita exposición de la Trinidad, usó dos analogías que son superiores a las ilustraciones naturales. Él no estaba del todo satisfecho con ellas, pero éstas han sido de ayuda para muchos pensadores cristianos, así que detengámonos en ellas brevemente.

Una de las analogías es que la Trinidad es como Hablante, Hablado y Hablando. El Padre, que se presenta como el que envía, la fuente, y el iniciador en la Trinidad, es el Hablante. El Hijo es Hablado. Esto encaja con Juan 1:1, donde Cristo es el Verbo, la expresión de los pensamientos de Dios para el mundo. El Espíritu, el agente de la Trinidad activo sobre la tierra, especialmente ahora que Cristo ha ascendido, está Hablando. A través de la Palabra que Él inspiró y a través de Sus agentes humanos llenos de Él, sigue hablando al mundo de hoy en día. Y aun así, éstos son uno esencialmente, Hablante, Hablado y Hablando.

La segunda analogía, aunque tiene sus fallas, es todavía más popular y está basada en la verdad de que “Dios es amor” (como enseña 1 Jn. 4:8). Agustín, un brillante pensador, se preguntaba cómo podía Dios amar en la eternidad pasada, siendo que no había objeto al cual amar. El amor debe tener un objeto, y el amor perfecto demanda amor por un objeto mutuamente amado. Por ejemplo, el esposo y la esposa pueden amarse mucho mutuamente y ser felices en su amor. Pero, cuando viene un hijo, el fruto de su amor mutuo, su amor compartido hacia esta extensión de su amor es perfeccionado. En el Nuevo Testamento se enfatiza en el Padre como el que amó (el Amante); el Hijo es el Amado (“Mi Hijo amado”); el lazo creativo y activo entre ellos se ve como el Espíritu (Amor).

La doctrina de la bendita Trinidad es una enseñanza únicamente cristiana. El judaísmo moderno, el islam, y el cristianismo “liberal”, por no mencionar las sectas –tanto las antiguas como las modernas– rechazan esta gran verdad. Cualquier grupo que niega la doctrina de la Trinidad está fuera del redil del verdadero cristianismo. Desde los primeros días de la Iglesia, la comprensión trinitaria de Dios ha sido el sello de la fe.

La Trinidad no es meramente teología; es cómo Dios se ha revelado –cómo es Él realmente– “Dios en tres personas, bendita Trinidad”. Un dios unitario nunca podría satisfacer el ser tripartito de la raza humana. Hemos sido hechos a la imagen de Dios. Parte de esta imagen, como hemos visto, es trinitaria.

El poeta y predicador inglés, George Herbert, expresó de una manera exquisita estas verdades, en estas líneas poéticas:
Todo el mundo alrededor
No basta para llenar los tres rincones del corazón;
Pues aún anhela y ansía;
¡Tan sólo la Trinidad que lo creó
Puede llenar el vasto triángulo del corazón humano!

Termino con otra clara referencia a la Trinidad en el Nuevo Testamento, de la pluma del apóstol Pablo, en 2 Co. 13:14: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén”.

Único Dios Verdadero (2ª parte)


Autor: William MacDonald

En Deuteronomio 6:4, leemos: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es”. La Biblia enseña que desde el mismísimo comienzo Dios reveló que Él es uno –y el único Dios verdadero.


DESCARGARLO AQUÍ
PE2244 – Estudio Bíblico
Único Dios Verdadero (2ª parte)



Hola, amigos! Es un gusto para mí poder saludarlos nuevamente. Continuando con el mensaje, vamos a ver que: Respecto a la multitud de los dioses falsos del mundo, el apóstol Pablo escribe en 1 Co. 8:4 al 6: Acerca, pues, de las viandas que se sacrifican a los ídolos, sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios. Pues aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo, o en la tierra (como hay muchos dioses y muchos señores), para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él.

Al ser verdad que sólo hay un Dios verdadero, ahora que el Salvador ha venido al mundo, necesitamos conocer a Dios el Hijo para alcanzar al Padre. Porque como dice 1 Ti. 2:5: “… hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”.

Este versículo también excluye como intercesores a Miguel el arcángel, San José, la Virgen María y cualquier otro santo.
Las religiones organizadas tales como el judaísmo, el cristianismo y el islam, enseñan el monoteísmo, que sólo hay un Dios. Esto es bueno, pero no suficiente. Santiago 2:19 nos dice claramente: “Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan”.

La verdadera relación que debemos tener con el único Dios verdadero se expresa en estas líneas inspiradas en el antiguo Shema hebreo:
Jehová nuestro Dios es un Señor;
No tenemos muchos dioses;
Es uno e indivisible,
Único en majestad.
Debemos amarle con todo el corazón,
Y con toda nuestra alma adorar,
De la mente y las fuerzas darle lo mejor
¡Y alabarle siempre sin cesar!

Ahora queremos ver que aunque Dios es Uno, es también Tres Personas en Una.

Mateo 28:19 y 20, dice: Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Las palabras de despedida del Señor Jesús, que acabamos de leer, muestran que la fórmula bautismal que señala oficialmente a un creyente como cristiano e identifica a la persona con la iglesia, que es el cuerpo de Cristo, es trinitaria. Esto significa que la fórmula reconoce que Dios es una Trinidad o, más precisamente, una Triunidad.

Pero, ¿qué significa decir que nuestro Dios es triuno o una Trinidad?

Una cosa es cierta: ¡no significa que los cristianos adoran a tres dioses (triteísmo)! Algunos antitrinitarios han hecho esta afirmación. Tal como hemos visto, nuestro Dios es uno. Pero, también es tres. ¿Cómo puede Dios ser uno y tres a la vez? La respuesta es que Él es uno de una manera diferente de la que Él es tres. En Su esencia, definitivamente Dios es uno. Sólo hay un Dios. Pero este Dios subsiste, o existe, en tres personas; hay tres entidades distintas en la Trinidad.

Tampoco significa que Dios sea uno, pero meramente se manifieste de tres modos o maneras en tiempos diferentes. Algunos falsos maestros han dicho que el Padre es el Hijo y que el Hijo es el Espíritu Santo. Esta herejía se llama modalismo, viene de la noción de que un Dios meramente aparece en la historia en tres modos diferentes.

Algunos que se oponen a la Trinidad (casi todas las sectas) señalan que la palabra Trinidad no aparece en la Biblia. Por supuesto. Ni tampoco aparecen en la Biblia otros términos teológicos útiles que representan enseñanzas bíblicas (Por ejemplo, milenio, nacimiento virginal, seguridad eterna). Lo importante es que la verdad acerca de la Trinidad sí se enseña en la Palabra de Dios. La palabra Trinidad es simplemente la derivación en español del término latino trinitas, acuñada en el tercer siglo. Una palabra tal como triunidad (tres en uno) hubiese sido aún más precisa, pero es demasiado tarde para alterar un término que ya lleva diecisiete siglos en uso.

El Antiguo Testamento, como hemos visto, acentúa la unidad de Dios. Aun así, de todas maneras, la palabra hebrea para uno, que se usa para Dios, no significa una unidad absoluta, numérica y solitaria, sino algo unido. La razón por la que Dios subrayó Su unidad a Su pueblo en el Antiguo Testamento, creo yo, es porque los israelitas estaban rodeados por todos lados de idólatras gentiles politeístas. Antes que pudiesen aprender la verdad de la triunidad de Dios, tenían que tener buena base en Su unidad y espiritualidad. Sólo después de la cautividad en Babilonia, fue curado Israel de ir en pos de los muchos dioses de los paganos.

El primer versículo de la Biblia: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”, da por lo menos una pista, en el original hebreo, de la triunidad de Dios. Aquí, la palabra que se usa para Dios es Elohim, un nombre masculino plural que en un contexto pagano se traduce “dioses”. Pero, el verbo que se traduce “creó” (bārā́) es un verbo masculino singular. No es normal tener un nombre en plural con un verbo en singular. (En español sería algo así como: “Ellos creó”). Muchos eruditos alegan que Elohim es simplemente un plural de majestad. Pero, gramaticalmente, esto es imposible. En todo caso, más adelante en Génesis, Dios habla de sí mismo como “Nosotros” y “Nuestra imagen” (1:26; 3:22; 11:7). Aquí se encuentra fuertemente involucrada la pluralidad real, de personas unidas como un Dios. De todos modos, ésta es la revelación que se desarrolla gradualmente a través de toda la Biblia, al ir progresando, hasta alcanzar el Nuevo Testamento, donde las tres personas de la Trinidad están claramente reveladas.

Otra revelación en el Antiguo Testamento de la naturaleza de Dios, que se conforma a la enseñanza de la Trinidad, es la concerniente a las apariciones del Ángel (o Mensajero) del Señor (Jehová o Yahvéh). Aparece a las personas en forma humana y se le reconoce como a Dios. Por ejemplo, Agar Lo vio y Lo identificó como el Dios que la veía (así leemos en Gn. 16:7 al 14). A Moisés, en el pasaje tan crucial de la zarza ardiendo (en Éx. 3:2 al 6), el mismo Ángel del Señor se le aparece como Dios. Y, más tarde, Dios habla de mandar “Mi Ángel” delante de Su pueblo (en Éx. 33:2 y 3). Oseas también escribe de Jacob que “luchó con Dios. Sí, luchó con el Ángel” (Os. 12:3 y 4).

¿Cómo puede el Ángel del Señor ser Dios y Su Mensajero al mismo tiempo? Si Dios fuese un ser absolutamente unitario numéricamente, sería imposible. Pero, esta revelación se explica en la doctrina de la Trinidad. Sin duda, el Ángel del Señor es Dios –Dios el Hijo en Su estado preencarnado. Él es distinto a Dios Padre que Lo envía. Son personas separadas, pero junto con el Espíritu Santo, Ellos constituyen el único Dios verdadero.

También hay otros indicios de la Trinidad en el Antiguo Testamento. En la bendición sacerdotal de Números 6:24 al 26, el nombre de “el Señor” (Jehová o Yahvéh) se repite tres veces. En Isaías 6:3, los serafines daban voces el uno al otro, diciendo:
Santo, santo, santo,
Jehová de los ejércitos;
Toda la tierra está
Llena de su gloria.

Estos textos famosos no comprueban la realidad de la Trinidad, pero ciertamente se complementan muy bien con esa verdad.

Un versículo destacable del Antiguo Testamento que merece ser mejor conocido por los trinitarios, Is. 48:16, incluye a “Jehová el Señor” (el Padre), “Su Espíritu”, y el que fue “enviado” (“Yo”, esto es, el Hijo):
Acercaos a mí, oíd esto:
Desde el principio no hablé en secreto;
Desde que eso se hizo, allí estaba Yo;
Y ahora me envió
Jehová el Señor, y Su Espíritu.

Note que en esta cita los verbos están en singular, lo cual indica la unidad de las personas.