Calificaciones extraordinarias (1ª parte)

Calificaciones extraordinarias
(1ª parte)

Autor: Wolfgang Bühne

En 2 Re. 18:5 al 8 nos da la impresión que Dios le da una calificación especial al rey Ezequías, le da un diploma con respecto a toda la obra de su vida: su confianza en Dios, su consagración y su obediencia. Esa confianza de Ezequías no se basó en su propia fuerza, sabiduría o espiritualidad, sino únicamente en las palabras y promesas de Dios.

 


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PE2049 – Estudio Bíblico
Calificaciones extraordinarias (1ª parte)



Hola amigos!! Como ya se dijo, el mensaje se titula: Calificaciones extraordinarias. En 2 Reyes 18:5 al 8, leemos: “En Jehová Dios de Israel puso su esperanza: después ni antes de él no hubo otro como él en todos los reyes de Judá. Porque se llegó a Jehová, y no se apartó de él, sino que guardó los mandamientos que Jehová prescribió a Moisés. Y Jehová estaba con él; y adondequiera que salía, prosperaba. Él se rebeló contra el rey de Asiria, y no le sirvió. Hirió también a los filisteos hasta Gaza y sus términos, desde las torres de las atalayas hasta la ciudad fortalecida”.

Meditando sobre el rey Ezequías, tenemos la impresión que con esta calificación especial Dios le da un diploma con respecto a toda la obra de su vida: confianza en Dios, consagración, obediencia.

Veamos algo de: Su confianza en Dios

Ninguno de los reyes de Judá, antes o después de Ezequías, recibió tal elogio extraordinario del Señor. Confió en la protección de Dios ante los sacerdotes idólatras enfurecidos cuando destruyó sus lugares altos e imágenes, y también confió en Él con respecto a sus súbditos, cuando desmenuzó la serpiente de bronce y los privó de esa reliquia que ellos veneraban.

También veremos cómo confió en la intervención de Dios frente a la superioridad abrumadora del enemigo – juzgando humanamente – en una situación totalmente desesperada. Y Dios no lo decepcionó. Su confianza no se basó en su propia fuerza, sabiduría o espiritualidad, sino únicamente en las palabras y promesas de Dios.

A la fe bíblica, Spurgeon la definió así: “Creer significa hacer que Dios sea el mayor factor en nuestro cálculo, entonces podremos hacer cuentas con una lógica infinitamente sana.”

La fe bíblica no es una fuerza de la imaginación, sino la firme convicción de que Dios – quien no puede mentir (según Heb. 6:18) – cumple Su palabra. La confianza en Dios sólo nacerá cuando lleguemos a conocer a Dios en Su Palabra, donde Él se revela por medio de Su Espíritu, cuando tengamos una vida de oración intensa y practiquemos la obediencia. La confianza en Dios crecerá, cuando incluyamos al Señor en las pequeñas y en las grandes situaciones de nuestra vida diaria, cuando le tomemos la palabra y tengamos así experiencias en la fe. Las experiencias con Dios, por lo general, no se tienen en el escritorio, o teorizando, o en reuniones de debate, sino en la impetuosa vida cotidiana, donde nuestra confianza en Dios es puesta a prueba, y donde obtenemos buenos resultados – o eso espero, al menos.

Veamos ahora algo de: Su entrega

Este pasaje podríamos traducirlo literalmente así: “Y se allegó al Señor y no se apartó de caminar tras él.”

Como una lapa se pegó al Señor, porque no confiaba ni en sí mismo, ni en el consejo ni en la ayuda de los hombres. Como un perro rastreador seguía las huellas de su Dios, y no permitía que nada lo distrajera ni lo apartara de la pista. ¡Qué alentador es su ejemplo, y cuánto nos pueden animar también hoy en día aquellos creyentes que no permiten que nada los aparte de seguir al Señor consecuentemente. No se apartan del buen camino ni por la aprobación o las lisonjas de los amigos, ni por la crítica ni las amenazas de los adversarios!

Finalmente, observemos: Su obediencia

“… sino que guardó los mandamientos que Jehová prescribió a Moisés.”

El entregarse al Señor, está inseparablemente vinculado a la obediencia. En Jn. 14:23, vemos que el Señor Jesús le dijo al discípulo Judas: “El que me ama, mi palabra guardará”. Y en 1 Jn. 5:2 leemos cuáles son los criterios certeros del verdadero amor y de la entrega genuina: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos.”

La palabra ‘obediencia’ en los últimos años ha sido calificada como ‘indeseable’ entre muchos evangélicos. Es verdad que en el pasado se ha abusado de esta expresión para ejercer autoridad y conseguir objetivos egoístas, enseñoreándose de las conciencias de otros. Pero, el seguir a Jesús en la vida sólo es posible si aceptamos Su derecho sobre nosotros sin reservas y con alegría.
Juan 15:14, lo dice así: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando”.

Analicemos, entonces, cuál era: La fuente de su fuerza.

„Y Jehová estaba con él; y adondequiera que salía, prosperaba.”

La obediencia a Dios tendrá siempre como consecuencia la comunión con Él. Y esta comunión, a su vez, es la fuente de nuestra fuerza y bendición para todas las situaciones y tareas en el servicio para el Señor. Uno de los más bellos ejemplos de esta experiencia, seguramente es José. En Gn. 39:2, leemos de cuando él era esclavo en la casa de Potifar:

“… Jehová estaba con José, y fue varón próspero”.

Y esta comunión con Dios la experimentó José también poco tiempo más tarde, tras haber sido encarcelado siendo totalmente inocente. A los ojos de los otros prisioneros seguramente era un hombre perseguido por la mala suerte, porque había originado la rabia de una mujer ofendida y malvada, por haberse él mantenido fiel. Pero, leemos en Gn. 39:21 al 23:

“… Jehová estaba con José y le extendió su misericordia… Jehová estaba con José, y lo que él hacía, Jehová lo prosperaba”.

De David también leemos algo parecido en varios pasajes de primera y segunda Samuel. Y en el Salmo 16:8, confesó de sí mismo:

“A Jehová he puesto siempre delante de mí: Porque está a mi diestra no seré conmovido.”

Cuando el pastor Wilhelm Busch fue arrestado por la Gestapo, después de una conferencia en 1937, había unas 2.000 personas alrededor del coche que había de llevarlo a la cárcel. ¡Qué situación aquella! El coche de policía no arrancaba por todo el volumen de gente que estaba allí. Mientras el chofer intentaba en vano arrancar, y los hombres de la SS dentro del coche se ponían cada vez más nerviosos, de pronto alguien entonó el himno: “Si Dios es por mí, no importa que todo lo demás esté contra mí…”, a lo cual la muchedumbre empezó a cantar poderosamente con él, allí mismo frente a la entrada del local donde se reunía la iglesia. Después se hizo un gran silencio y sólo se oían los esfuerzos frustrados por arrancar el coche de los nazis. Entonces, alguien se puso en la escalera y recitó en alta voz una estrofa de otro himno: “¡Sabemos de fijo que vencerá el Hijo! Cristo vence, Cristo vence …” El hombre inmediatamente desapareció otra vez entre la muchedumbre y entonces, por fin, arrancó el motor y el coche salió a tropezones. Recordando esta escena, Wilhelm Busch escribió:

“Yo estaba tan lleno de gozo de victoria que no pude contenerme y le dije al comisario: ‘¡No quisiera cambiar de lugar con usted!’ – Entonces, se estremeció y me contestó impactado: ‘En otro tiempo, yo también asistía a una reunión de estudio bíblico en la escuela superior.’ ‘¡Pobre hombre!’, le dije yo, el arrestado, a aquel que tenía poder sobre mí. Y, entonces, marchamos para la cárcel.”

De esta manera, se puede ser una persona libre y llena del gozo de la victoria, aun siendo un prisionero, porque la comunión con el Señor y Su ayuda en tales situaciones, dan una paz y un gozo que dejan triunfar al corazón por encima de todas las circunstancias opresivas.

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