Caleb – Su Lucha (3ª parte)

Caleb

Su Lucha

(3ª parte)

Autor: Esteban Beitze

En medio de la noche oscura de la incredulidad, desazón y cobardía, aparece una luz que ilumina el camino, que da confianza y seguridad. Es un hombre que, en medio de la oposición y grandes retos, demostró ser un líder íntegro, capaz y perseverante. Ese hombre fue Caleb. Hoy, como nunca antes, la mies del Señor requiere de creyentes y, sobre todo, de líderes firmes, íntegros, que sirvan de ejemplo para otros. Caleb lo fue, tú también lo podrás ser. ¿Estarás dispuesto a ser usado por Dios?


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PE1472 – Estudio Bíblico – Caleb – Su Lucha.mp3


 


Hemos estado estudiando “Verdadero Liderazgo Espiritual” basándonos en la vida de Caleb. Han podido leer sobre el primero de los tres gigantes que tienen que ser quitados de la vida de los creyentes: El gigante del orgullo.

Continuaremos viendo el segundo de estos gigantes, que es:

El gigante de la avaricia

Este segundo gigante que causa un sinfín de problemas es, entonces, la avaricia. Ya se ha hablado y escrito muchísimo sobre este tema, pero evidentemente sigue siendo un problema muy grande para el creyente en general. Vivimos en una sociedad de consumo. La publicidad nos bombardea por todos lados mostrándonos las cosas como si fueran imprescindibles para nuestra vida.

Si no las tenemos faltará el detalle que nos hará felices. Si no se tiene determinada crema no se verá joven. Si no es el televisor plasma, es un equipo de sonido el que me dará satisfacción. Es urgente que se tenga un auto, y si ya se tiene habrá que conseguir el último modelo. Y así podríamos seguir. No está mal poder superarse en la vida. Pero muchas veces se cae en la avaricia. Y este pecado no sólo es patrimonio de los ricos, sino de todas las clases sociales. He conocido millonarios dadivosos, y también he conocido pobres muy avaros. La avaricia existe en todos los niveles y también está presente entre los creyentes. Lamentablemente es uno de los pecados menos juzgados dentro de la iglesia. Si alguien adultera, enseguida es disciplinado, pero si alguien es avaro, quizás hasta es visto como una persona que es cuidadosa con el dinero. La avaricia es un pecado que es difícil de confrontar porque, en general, falta la evidencia o no se toma tan en serio.

En realidad, el problema no es el dinero sino el amor al dinero. En el tiempo de Jesús vivía un joven que buscaba agradar a Dios, deseaba ser más agradable a Dios. Cuando se presentó frente a Jesús para saber qué tenía que hacer, el Señor lo amó. Era una persona especial que podría haber sido de mucha bendición en el reino de Dios. Pero Jesús veía que tenía un problema. Era su amor a las posesiones.

Cuando el Señor le propuso que vendiera todo y se lo diera a los pobres, este joven se dio vuelta tristemente. Quería seguir a Jesús, pero el amor al dinero lo hizo imposible. Alguien dijo:“Una cosa es que se convierta el corazón de una persona, pero otra completamente diferente es que se convierta la billetera”.

El conocido autor de fábulas de animales de África, Paul White, relató la siguiente historia que, lamentablemente, es la realidad de muchos creyentes. Un cazador quería atrapar un mono para su almuerzo. Tomó una gran lata, la llenó de pesadas piedras y arriba puso unos ricos maníes. Le puso una tapa con un orificio por el cual pasaba ajustadamente la mano de un mono.

Luego colocó la trampa debajo de un árbol, donde éstos acostumbraban estar, y se ocultó esperando el resultado. Al poco tiempo, un monito atraído por el delicioso olor se acercó con cuidado. Metió la mano, la llenó de la apetecible comida, pero ya no la pudo sacar. Vanos fueron sus esfuerzos. Mientras, uno de sus amigos le gritaba que soltara los maníes. Pero no lo quería hacer. De repente apareció el cazador. Sus amigos le urgían a que abriera su mano y soltara los maníes; pero el monito no quiso. Lo último que vio fue el revoleo de un pesado garrote.

Jesús dijo enfáticamente:“Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas”(Mt.6:24).

Si la avaricia es tu gigante, pide perdón ahora mismo al Señor y deposita todo en Sus manos.

Y llegamos así al tercer gigante, que es:

El gigante de la impureza
 

Este tercer gigante ha destruido el testimonio de muchos creyentes. Una estadística de Alemania dice que el 90% de los menores, entre 8 y 16 años, navegan en las páginas pornográficas de Internet. Si se sube de edad, este índice va en aumento. Aparte de la curiosidad innata del hombre, la pornografía lo lleva a un alivio fácil y a la afirmación masculina. En la pantalla o en las revistas, bellas mujeres están dispuestas a darles todos los gustos.

Pero la repetición de la exposición a estas imágenes trae adicción, y ésta es una de las adicciones más difíciles de dejar. Guillermo es un joven criado en un hogar cristiano ejemplar. Pero en cierto momento de su vida, se fue alejando de los parámetros que le habían inculcado sus padres. Empezó a frecuentar amistades del mundo y, poco tiempo después, estaba probando todos los “deleites” que ofrece el mundo. Hablando con él, me comentaba que había sido adicto al alcohol, a todo tipo de drogas y a la pornografía.

Llegó al punto que las drogas le habían afectado seriamente el cerebro, hasta quedar sólo con un cuarto de su capacidad. En esta situación aceptó a Cristo y pudo ser libre de la adicción del alcohol y las drogas. Pero todavía estaba luchando con la pornografía. Era mucho más fácil dejar las drogas más adictivas, que la pornografía.

La impureza también la encontramos entre las mujeres. En general, su problema no es la pornografía, pero sí el deseo de ser vistas y deseadas. Los diseñadores de ropa femenina saben muy bien cómo incentivar el deseo del hombre y con esto, la vanagloria de la mujer. Ropas sugerentes, transparentes y cada vez más explícitas muestran el cuerpo de la mujer. Lamentablemente, muchas cristianas se sienten orgullosas si pueden atraer las miradas de los hombres.

Según nos enseñan las Escrituras, en 1 Timoteo 2:9, la vestidura de la mujer que busca agradar a Dios debe ser“… decorosa, con pudor y modestia…”

Pero la impureza no está sólo en lo que vemos y vestimos. La impureza en sí empieza en los pensamientos. Por esto, en 2 Corintios 10:5, Pablo nos muestra que por medio de nuestras armas espirituales debemos estar“… llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo”. No le demos lugar a los pensamientos impuros.

El gigante de la impureza tiene que ser combatido con todas las armas. Es muy probable que no puedas lidiar solo con el asunto. Búscate un hermano espiritual con el cual puedas hablar abiertamente del tema, que no se vaya a escandalizar y que sepa guardar el secreto. Todavía mejor si tiene experiencia en aconsejar respecto a este tema. Ten presente que no sólo es una cuestión de falta de dominio propio personal. Aunque la voluntad de querer cambiar es fundamental, no lo es todo. Aparte de evitar los lugares donde se presente la tentación, tienes que buscar una mayor cercanía con Dios. Cuánto más tiempo estés con Dios, Su Palabra y la comunión con creyentes espirituales, menor será la probabilidad de caer en la tentación.

El apóstol Juan resume los aspectos con los cuales el creyente es tentado con:“… los deseos de la carne (la impureza), los deseos de los ojos (la avaricia), y la vanagloria de la vida (el orgullo)…”(esto lo podemos leer en 1 Jn. 2:16). Por lo tanto, la búsqueda del reconocimiento público, la avaricia y la impureza son dos talones de Aquiles de los cuales se tienen que cuidar todos aquellos que quieren ser siervos de Dios. Cuando hubo alguna caída en pecado de un líder, siempre ha sido en una de estas áreas.

Por lo tanto, ¿todavía permites que el gigante del orgullo, de la avaricia o de la impureza maneje tu vida? Entonces sigues permitiendo una zona de conflicto porque, con esta actitud, quizás sin darte cuenta, hieras a muchas personas. Lo más triste es que todavía sigue siendo territorio ocupado por el enemigo, y con esto causas deshonra al Señor y te pierdes muchas bendiciones. Satanás hará cualquier cosa con tal que no vivamos en toda la plenitud de la vida celestial, de comunión con Dios. Debemos estar muertos al mundo para gozar de la plenitud de la vida celestial.

Recién cuando los gigantes son erradicados de nuestra vida, ésta se podrá convertir de “Ciudad de Arba” en “Ciudad de comunión, y de refugio”. Entonces no sólo tendrás una comunión mucho más profunda con el Señor sino que también la tendrás con tus hermanos. Tu testimonio trascenderá, y la gente se acercará para encontrar refugio. Las almas heridas, despreciadas y con necesidad acudirán a ti, porque sabrán que serán escuchadas, valoradas y recibirán la ayuda justa. Tu vida será un lugar de bendición.

Hebrón, más tarde, fue la ciudad elegida para coronar a David por rey sobre Judá. Allí gobernó 7 años y medio hasta que fue hecho rey sobre todo Israel y pasó a gobernar desde Jerusalén. Cuando se quiten los gigantes – los enemigos de Dios – el Rey de reyes estará sobre el trono y esto será de bendición para nosotros y para los demás.

¿No quisieras ser un “Hebrón”, espiritualmente hablando? Ya sabes lo que tienes que hacer. Con la ayuda del Señor, ¡quita los gigantes de tu vida!

Caleb – Su Lucha (2ª parte)
Caleb – Su Lucha (4ª parte)

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