Arrepentimiento y vuelta al Señor (1ª parte)


Autor: Esteban Beitze

Cuando somos vencidos por la tentación, ello se debe a dos causas: o no somos sinceros en nuestro deseo de obtener la victoria e hicimos pacto con el enemigo, con el pecado; o somos sinceros, pero todavía no hemos aprendido que no podemos lograr la victoria por nuestra propia fuerza de voluntad. ¿Cuál es la clave para tener una vida de victoria?

 


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PE2152 – Estudio Bíblico
Arrepentimiento y vuelta al Señor (1ªparte)



Amigos, ¿cómo están? Comenzamos con una pregunta: Si hemos caído ¿cuál es el camino para la restauración?

Un buen ejemplo es David. Después de adulterar, intentar engañar, ocultar su pecado y matar a Urías, llega el momento en que el pecado sale a la luz. Lo bueno es que no se excusa, no contraataca, sino que lo reconoce y se arrepiente. Hizo una profunda oración de arrepentimiento y de regreso al Señor (la cual podemos leer en Salmos 51:1 al 13).

Por lo tanto, la solución es: vuelve al Señor. Arrepiéntete de tus pecados y faltas y Él hará nuevas todas las cosas. Una vez un joven que había caído en pecado sexual con su novia, me preguntó qué tenía que hacer. Si lo confesaba, iba a poner en evidencia también a la novia, quedaría mal con la familia y la iglesia. Obviamente siempre surge el miedo al qué dirán de los demás, y a las consecuencias, si se confiesa el pecado. Pero, la Biblia es clara al respecto. Salomón, inspirado por el Espíritu Santo escribió en Prov. 28:13: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia”. Tu vida puede tener brillo otra vez. En vez de amargura, Dios te quiere dar paz y gozo. Vuelve al Señor y Él lo hará.

Por lo tanto, si diste lugar al pecado en tu vida, arrepiéntete. Arrepentirse significa pedir perdón al Señor por el pecado y luego ir en la dirección contraria. Es nombrar al pecado concientemente. Por ejemplo: “Señor, yo mentí… yo robé… yo forniqué… Me arrepiento de mis pecados y te pido que me limpies con la sangre preciosa de Cristo”. La Biblia dice, en 1 Jn. 1:9, que: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”.

Luego, acepta el perdón de Dios. Si realmente te arrepentiste y pediste perdón al Señor, Él ya te ha limpiado “de toda maldad”. Ya eres limpio. Tus pecados ya han sido perdonados. Dale gracias a Dios por esta preciosa realidad.

Después, muestra frutos de arrepentimiento. El arrepentimiento genuino se demuestra también en un cambio de rumbo. Ya no sólo no se comete el pecado, sino que luego se hace justamente lo opuesto. Por ejemplo, Pablo señala varias actitudes negativas que tenían los efesios, pero que luego de la conversión ya no las tenían. Pero, no sólo no debían cometer más lo pecaminoso, sino que tenían que estar enfocados en hacer lo bueno. Así leemos en Daniel 1:8: “Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros… El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias. Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia. No seáis, pues, partícipes con ellos. Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz”. Vivamos con el mismo propósito de aquel adolescente que, aunque lejos del hogar de sus padres y en un ambiente hostil y perverso, decidió vivir honrando a Dios: “Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse…”

Por último, no le des lugar a las acusaciones de Satanás. Hace unos días en un campamento, una joven vino para hablar conmigo. Tenía 20 años y confesó que a los 15 había tenido una hija, como consecuencia de andar lejos de Dios. Muchas veces oró pidiéndole perdón, pero una y otra vez venían sobre ella sentimientos de profunda culpa, desazón y desesperación, que luego terminaban en crisis depresivas. Éste es uno de los ataques favoritos de Satanás. Se lo conoce como el “acusador de los hermanos” (según Ap. 12:10). Primero incita al pecado, y luego cuando lo cometemos, no nos deja en paz mostrándonos todo lo malo que hemos hecho y lo miserables que somos. Pero, una vez que nos hemos arrepentido de nuestro pecado y le hemos pedido perdón a Dios por ellos, podemos estar absolutamente seguros que nos ha limpiado, perdonado y nos ve santos y justos. Pablo exclama lleno de gozo: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”. No dejes que Satanás te engañe. Si te volvieran a aparecer dudas respecto al perdón de Dios después de haberlo pedido, pídele a Dios perdón por dudar de Su promesa, que Él es fiel y justo para perdonarte y limpiarte de toda maldad. Dile al Señor que te ayude a dejar la culpa donde está, en lo más profundo del mar. No trates de hacer recordar a Dios cosas que Él mismo, siendo omnisciente, ha declarado no querer recordar más. Testifica a otros del gran perdón de Dios, y de cómo Él te ayudó a superar y salir después de una gran derrota a la victoria con el Señor. Cada vez que el diablo te haga acordar tu pecado, agradece a Dios por Su perdón en Cristo el cual es mayor que el pecado. Vive con gozo el perdón del Señor.

Veamos, entonces, como podemos EVITAR Y VENCER LA TENTACIÓN
Ya vimos los pasos descendientes que siempre son el preludio de una caída. Por lo tanto, para vivir firme y no caer en las tentaciones tienes que:

  • Estudiar, meditar, memorizar y aplicar la Biblia a tu vida cada día. Lo mejor es dedicarle un tiempo y hora fija cada día para ello. Por mi experiencia personal, el mejor tiempo es temprano a la mañana. Allí todavía no suena ningún teléfono, y generalmente no hay interrupciones ni imprevistos. La cuestión es que, como dice Pablo en Colosenses 3:16 “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros…” Estudia la Biblia pidiéndole a Dios te hable, y pon en práctica lo leído. Al tenerla presente y aplicarla, tendrás puesta toda la armadura de Dios con la cual podrás vencer todos los ataques del enemigo (de la cual nos habla Ef. 6:10 al 18).
  • En segundo lugar, e íntimamente ligado con lo anterior, se encuentra la oración. No empieces el día sin la oración. No tomes decisiones sin orar. Ora para que el Señor te cuide de la tentación, y si viniera, ora para no pecar. Ora específicamente para que el Señor te ayude con tus puntos débiles. En Colosenses 4:2 Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, nos exhorta: “Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias”. Además, no te olvides de reconocer y adorar a Dios por lo que es y hace. ¡Cuánto más grande se te vuelve Dios, tanto más esperarás de Él!
El camino a la restauración (4ªparte)
Vida de victoria (2ª parte)

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