Abran surcos. Santo para el Señor.

Titulo: Abran surcos. Santo para el Señor. 
Autor: Burkhard Vetsch
  Nº: PE859

Locutor: Gerardo Rodríguez

 

Aquel que con valentía se muestra partidario de las cosas de Dios y del mensaje bíblico, es considerado un perturbador, lo cual no debería llamarnos la atención, pues un llamado al arrepentimiento y a la reflexión, por lo general, no cae bien. Pero, si nos conformamos a este mundo, nosotros mismos nos estaremos cerrando las puertas a la gracia de Dios y caeremos bajo Su ira. Sólo a través del sincero arrepentimiento y la total orientación hacia la Palabra de verdad, alcanzaremos el tan necesario cambio de curso para nuestras vidas.

Sería funesto que, después de nuestra conversión, nos paralizáramos. Antes bien, nuestro primer deber es llevar una vida de santificación


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Abran surcos. Santo para el Señor.

Abran surcos

En Jeremías 4,3 – estimado amigo – leemos las siguientes palabras: “Así dice el Señor a los habitantes de Judá y de Jerusalén: Abran surcos en terrenos no labrados, y no siembren entre espinos''. Si creemos que esta palabra no nos atañe, que sólo está dirigida a Judá y a Jerusalén, estamos en un error. Todas las naciones del mundo, y ante todo la ONU, se lanzan contra Israel y la acusan con una política injusta y subjetiva. Pero, Israel desde siempre ha sido el chivo expiatorio.

No debemos alardear, con una justicia farisea, creyendo que esta exhortación no nos atañe. ¡Por el contrario! También nosotros necesitaríamos un Jeremías que nos hiciera sobresaltar y, a voz en cuello, gritara directamente a nuestra conciencia: “Abran surcos en terrenos no labrados, y no siembren entre espinos ''. Pero, si hubiera un valiente que convocara a otros a ser responsables ante Dios, sin duda, sería catalogado, y ridiculizado, como aguafiestas y profeta de los últimos tiempos. Esto es así desde antaño: Aquel que con valentía se muestra partidario de las cosas de Dios y del mensaje bíblico, es considerado un perturbador, lo cual no debería llamarnos la atención, pues un llamado al arrepentimiento y a la reflexión, por lo general, no cae bien. La gente no quiere ser perturbada en su actividad y en su frenesí. Su lema es el siguiente: Goza la vida y sé tolerante. Se deben cuidar las apariencias, y hasta mejorarlas. El empresario teme perder sus relaciones comerciales si obra en base a los lineamientos bíblicos. Otros opinan que, por consideración a su pareja, no pueden formar parte de un grupo que se reúne a estudiar la Biblia, etc.

No seamos creyentes arrogantes. “Abran surcos en terrenos no labrados '', esta es también para nosotros una buena palabra de exhortación, y una consigna. Poco valen las buenas intenciones. Si sólo rascamos la superficie, la semilla de la Palabra de Dios no puede penetrar, y menos aún echar raíces. Los espinos también hacen de las suyas, obstaculizando el nacimiento de la buena semilla. El que quiera tener una buena cosecha deberá arar profundamente, abriendo en tierra no labrada un nuevo surco para la semilla.

Aquí se trata de nuestra sinceridad y de la tierra de nuestro corazón, se trata de santidad sin la cual nadie verá a Dios. En Proverbios 4:23 leemos: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.'' Dejemos que, una y otra vez, la Palabra de Dios nos oriente. La reja del arado es semejante a la espada del Espíritu que rotura la tierra del corazón. Eso puede ser doloroso, pero es necesario y curativo. Permitamos que la espada del Espíritu ejecute la separación cuando el espíritu mundano haya penetrado a nuestra vida de fe. Tomemos en serio la advertencia de Romanos 12:2: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.'' Únicamente en Jesucristo y en su Palabra encontraremos lo absolutamente bueno y agradable. Si nos conformamos a este mundo, nosotros mismos nos estaremos cerrando las puertas a la gracia de Dios y caeremos bajo Su ira. Sólo a través del sincero arrepentimiento y la total orientación hacia la Palabra de verdad, alcanzaremos el tan necesario cambio de curso para nuestras vidas.Estar destituidos de la Palabra de gracia, sería lo peor que nos podría suceder. Juzguémonos, pues, a nosotros mismos: “Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados '' (1 Corintios 11:31).

Nos acercamos a tiempos cada vez más oscuros. La razón y el bien nunca van a triunfar dentro del hombre, ésa es una mentira del diablo. Antes bien, la injusticia del hombre seguirá en aumento. Sobre todo allí donde se niega y se trata de ahogar el testimonio cristiano. Pero, Jesús dice que, precisamente en la dificultad y la opresión, los cristianos que confían en su Señor experimentan su misericordiosa compañía y ayuda: “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo'' (Mateo 5:11). Nuestra relación con Él se prueba especialmente durante la tribulación, pues si nos hemos dejado lavar por Su sangre, nada nos podrá separar de Su amor. Por eso: Abramos nuevos surcos en nuestros corazones.

Y, como consecuencia, sigamos algunos minutos más con el tema: 

“Santo para el Señor”.

“Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación'', leemos en 1. Tesalonicenses 4:3.

Como cristianos, conocemos estas palabras. Al oírlas ¿nos sentimos bien, o sentimos la incomodidad del fracaso? ¿Andamos de continuo en las pisadas de Jesús, o de vez en cuando pisamos en falso? Dios quiere más que personas honestas, pues eso ya lo ordena la dignidad humana. Hagamos memoria: Fuimos creados a imagen de Dios, y Dios es santo. ¡Él quiere reconocer en nosotros Su propia imagen! Él quiere criaturas santas. Lamentablemente, esta santidad fue destruida por la caída del primer hombre. Pero, para nuestra restauración, Él hizo lo mejor que estaba a Su disposición dando, para ello, a Su amado Hijo. Sólo cuando una vida es renovada completamente, a través de Cristo, se puede restaurar, en una vida humana, la santidad que se había perdido. Con ello, se vuelve a recuperar la paz con Dios y somos conectados, nuevamente, a la verdadera fuente de amor. Recién entonces, somos dignos del nombre “cristiano''.

Sería funesto que, después de nuestra conversión, nos paralizáramos. Antes bien, nuestro primer deber es llevar una vida de santificación: “andad como hijos de luz'' (Efesios 5:8). Dios desafía a sus hijos con el mayor de los retos: vivir de acuerdo al ejemplo Jesús y a lo que El ha enseñado en el Sermón del Monte: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto'' (Mateo 5:48).

Así como, en otros tiempos, el sumo sacerdote de Israel usaba una placa de oro puro sobre la frente, con la inscripción santo para el Señor, los hijos de Dios, debido a la salvación, usan esta inscripción en el corazón: Soy propiedad de Dios y procuro agradarle. “Santo para el Señor'' significa: Escuchar únicamente la voz del Buen Pastor, seguir sus instrucciones, y dejar los intereses propios en un segundo plano. Insospechadas bendiciones nos aguardarán. Él es quien obra el querer así como el hacer. Dios sabía, desde el principio, que nosotros por nuestra cuenta no podríamos vivir de una manera perfecta. Pero, él nos proveyó a su Hijo amado, quien se apropió de nosotros, comprándonos con Su sangre. Y, así, Su santidad es también la nuestra: “Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención'' (1 Corintios 1:30). En Juan 17:19, Jesús dice: “Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.'' Por eso, nosotros no necesitamos acalambrarnos ni torturarnos con obras, por causa de nuestras deficiencias, pues Jesús completará en nosotros la obra que El mismo comenzó. “Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo: Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré'' (Hebreos 2:11-12). A nosotros, nos corresponde orientarnos hacia Jesús y aferrarnos a este tan elevado llamamiento. ¡Sería sumamente insensato soltar este salvavidas en medio del océano de la perdición, y tratar de salvarnos por nuestras propias fuerzas, intentando alcanzar la costa!

Si en el Antiguo Pacto decía: “Y vosotros me seréis… gente santa'' (Éxodo 19:6), en el Nuevo Pacto, Dios mismo ha creado el requisito para que podamos lograrlo, pues, como hijos suyos, somos Su propiedad. Los hijos de Dios no orientan sus vidas según los valores del mundo, sino que, en humildad, procuran agradarle a Él, aunque esto disguste a quienes los rodean. Pensemos en nuestro Señor, quien nos amó con amor eterno. “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente'' (Tito 2:11-12). Por eso, nos apartamos concientemente de las obras mundanas e impías, y elegimos cargar el oprobio de Cristo. En Hebreos 12:14, la Palabra nos advierte seria e insistentemente: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.'' Es por eso que, gozosos, seguros, y con una santa convicción, queremos seguir a Jesús por el camino angosto.

Si estamos dispuestos a obedecer, es Dios quien nos santifica, tal como Él mismo lo dice en Éxodo 31:13: “…yo soy Jehová que os santifico.''

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