Confianza en medio de la angustia (3 de 3)

Título: Confianza en medio de la angustia

Autor: Marcel Malgo PE1430
¡Vivimos en un tiempo turbulento! Amenazas de guerra, criminalidad creciente, altas tasas de desempleo y otras dificultades caracterizan nuestros días. Muchos son afligidos por problemas personales, como enfermedad, soledad, culpa, etc. El autor de este mensaje analiza algunas de esas dificultades, y sin menospreciarlas nos anima a confiar de manera total y completa en el Dios Todopoderoso.

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Queridos amigos, nos habíamos preguntado en el programa anterior: ¿Qué significa invocar al Señor, a través de la oración, cuando estamos en angustia? Dijimos que no es cuestión de hacer una sencilla oración, sino que debemos clamar y suplicar si es necesario. Y nos decidimos a tomar como ejemplo las oraciones de Jesús y Su confianza en el Dios Todopoderoso.
En Hebreos 5:7, leemos: “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente”. Si tomamos esta afirmación de manera literal, llegamos entonces a la irrefutable conclusión de que el Señor, verdaderamente, gritó, clamó y llegó al llanto de manera tal, que se le podía escuchar. Pero, hay algo interesante que llama nuestra atención: Con excepción del texto citado, no se dice en ninguno de los Evangelios que el Señor comenzara a clamar o a gritar en oración. Solamente Lucas hace alusión a esto utilizando la expresión: “oraba más intensamente”. Mateo 26:39, 42 y 44, nos relata la situación de la siguiente manera: “Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Y dejándolos, de fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras”. Y en Marcos 14:35, 36, 39 y 41 dice así: “Yéndose un poco adelante, se postró en tierra, y oró que si fuese posible, pasase de él aquella hora. Y decía: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú. Otra vez fue y oró, diciendo las mismas palabras. Vino la tercera vez…” .  Vemos aquí con mayor claridad el significado de la oración del Señor, ya que dos puntos llaman nuestra atención. Y ahora sí, entonces vamos a sacarnos la intriga de cuáles son esos dos puntos que mencionamos ya en el programa anterior.
El primero es que: Jesús pronunció esta oración en tres ocasiones, no solamente en una.
Y el segundo, que: El oró tres veces, pero no olvidó someterse a la perfecta voluntad del Padre en cada una de las oportunidades.
¡Qué gran misterio hay escondido en estas oraciones!
Queda claro para nosotros que el Señor oró tres veces. Por lo tanto: Cuando Hebreos 5:7 dice que el Señor “… en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas…”  no se trata entonces de la forma de la oración. No se trata del tema si el Señor clamó o gritó estridentemente, sino más bien… ¡de que Él hizo esta oración tres veces! Dicho de otro modo: Cristo tuvo perseverancia en la oración. El se encontraba en la mayor angustia de Su vida, y la misma le llevó a orar. Su oración no se limitó a un corto y aislado alarido al Padre. No. El Señor oró tres veces, de manera consciente y lúcida, usando siempre las mismas palabras. ¡Cuán bueno sería si aplicáramos esto a nuestra vida personal de oración!
Son muchas las oportunidades en que nos enfrentamos a todo tipo de angustias y tensiones ¿Y qué es lo que hacemos cuando somos tentados de esa manera? En ese preciso momento enviamos un fervoroso pedido de ayuda al cielo. Pero, apenas logramos reponernos un poco, continuamos con nuestra rutina diaria. No debería sorprendernos, entonces, que al poco tiempo seamos sorprendidos -una vez más- por el mismo mal. La oración pronunciada por el Señor -de manera consciente y en tres oportunidades- nos muestra de manera muy clara que nosotros -si realmente queremos tener victoria sobre la angustia y sentimientos afines que se repiten- no debemos orar sólo de vez en cuando. Se hace necesario que lleguemos a tener una vida de oración perseverante y regular. Solamente de esta manera seremos hijos de Dios capaces de lidiar de manera correcta con nuestras angustias. Solamente así venceremos nuestras tribulaciones. Tres claros testimonios de las Escrituras, nos exhortan a orar de esta manera:
Romanos 12:12 nos dice: “Gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración”.
Colosenses 4:2 nos exhorta: “Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias”.
 Y en Efesios 6:18 leemos: “Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos”.
Cuando la Biblia nos dice en Hebreos 5:7 que la oración del Señor fue oída y que, en consecuencia, Él recibió pronto socorro y liberación de la angustia, podemos estar seguros que esto sólo aconteció después de Su perseverante e insistente oración.
En cuanto al segundo punto, el cual aún resta mencionar, y que es de vital importancia, podemos ver que: nuestro Señor vivía en una permanente entrega a la voluntad de Su Padre. En Marcos 14:35 y 36 leemos: “Yéndose un poco adelante, se postró en tierra, y oró que si fuese posible, pasase de él aquella hora. Y decía Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú”. Nosotros no alcanzamos a comprender la importancia de esto. No era el mero acto de repetir en tres oportunidades la misma oración, si no que lo realmente trascendente era Su sumisión a la voluntad del Padre, demostrando así una confianza tan grande que jamás otra podrá asemejarse a ella. ¡Fue algo magnífico! En Su angustia, se presentó tres veces ante el Padre con el fin de orar las mismas palabras. Mas por el hecho de someterse sucesivamente a la voluntad de Dios, nos dio prueba de la absoluta confianza que tenía en el Padre celestial. Cristo era consciente: Yo puedo orar para que esta copa pase de mí, pero si mi Padre celestial lo quiere de otra forma, entonces lo acepto y me entrego totalmente en Sus manos. ¡Esto es total confianza en el Dios Todopoderoso! Debemos siempre tener esto en mente, puesto que a pesar de que vamos a Dios en oración muchas veces, clamando y llevando a Él nuestra angustia, en última instancia siempre esperamos que Él haga aquello que nosotros queremos.
Reflexionemos sobre aquello que estaba en juego allí en Getsemaní: O moría el Señor allí mismo, dejando de salvar a la humanidad, o moría en el Calvario, como estaba previsto, salvando así al pecador y asumiendo en Sí mismo la maldición del pecado. A pesar de que Su obra redentora estaba peligrando, El no llevó a cabo Su propia voluntad, sino que se sometió totalmente a la de su Padre.
¿No le gustaría a usted convertirse en una persona así, que supiera lidiar con sus propias angustias y pudiera vencerlas? Entonces, deposite su confianza en el Dios Todopoderoso, y comience a llevar una vida de oración regular y perseverante. Pero, nunca olvide someterse en forma total a la voluntad del Señor Jesús mientras habla con Él. Esa entrega de su parte, sea cual sea, debe siempre dejarla de manifiesto en cada una de sus oraciones. Si usted sigue por esta senda, se convertirá en un creyente que -a pesar de seguir sintiendo angustias y penas por estar inmerso en este mundo- será capaz de permanecer tranquilo ante toda circunstancia adversa. Se sentirá seguro en las manos del Señor, pase lo que pase. ¡Lo que hace el Señor siempre es bueno! En Juan 16:33 dice: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”. Éstas son palabras de Cristo. ¿Cree usted en ellas? Si es así, ¡viva entonces de acuerdo a esa fe – aun cuando el miedo quiera apoderarse de sus emociones -, confiando en el Dios Todopoderoso, e invocándole en oración!

Confianza a pesar de la angustia (2 de 3)

Título: Confianza a pesar de la angustia
Autor: Marcel MalgoPE1429
 Vivimos en un tiempo turbulento! Amenazas de guerra, criminalidad creciente, altas tasas de desempleo y otras dificultades caracterizan nuestros días. Muchos son afligidos por problemas personales, como enfermedad, soledad, culpa, etc. El autor de este mensaje analiza algunas de esas dificultades, y sin menospreciarlas nos anima a confiar de manera total

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Hola amigos, ¿cómo están? Al finalizar el programa anterior nos formulábamos la pregunta más importante: ¿Quién -en toda la historia de la humanidad- ha experimentado los abismos más terribles y profundos de la angustia? Y la respuesta fue: Jesucristo, hecho hombre, en el Jardín de Getsemaní. En aquel lugar, Él sufrió una angustia tal, que nuestro entendimiento no llegaría a comprender. No podemos tener ni la idea más remota de tan tremenda angustia. Cuando tenemos miedo, cuando ya no sabemos que hacer, podemos mirarlo a Él y recordar que Su tribulación fue aún muchísimo mayor. Su lucha con la muerte no se limitó a la cruz, sino también al Getsemaní, pues allí Él comenzó a morir. Allí, Él entró en una terrible y pavorosa agonía de muerte, porque Satanás estaba a punto de matarlo. Satanás, el príncipe y señor de este mundo, en esa circunstancia luchó por su reino, puesto que tenía muy claro que Getsemaní era el paso previo al Calvario, y si el Señor lograba llegar a la cruz, la puerta de salvación para la humanidad quedaría abierta.
Continuamos ahora viendo que, por esa razón, en Getsemaní, Satanás fue con todas sus fuerzas sobre el Cordero de Dios e intentó matarlo. Allí Jesús estuvo al borde de la muerte; Él luchó con ella. Este ataque contra Su vida, y contra Su obra de redención, provocó en Él una violenta y mortal angustia, una verdadera agonía de muerte. Él enfrentó y superó este momento en su calidad de hombre y no como Dios. Si así hubiera sido, hubiese invocado a multitudes de huestes celestiales y Satanás tendría que haberse retirado de manera inmediata. Es una gran mentira, y constituye una ofensa, decir que en Getsemaní Jesús tuvo miedo de la cruz. Sucedió justamente lo contrario: Él enfrentó la angustia de morir en Getsemaní, de morir antes de llegar a la cruz, por lo que Su sacrificio expiatorio habría sido frustrado. No tenía temor de la muerte en la cruz, pues Él mismo testificó claramente: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, porque yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre” (así lo leemos en Juan 10:17-18). Jesucristo no quería morir en Getsemaní, pero Él estaba muriendo, y esto le afligió tanto que entró en una profunda agonía, sudando gotas de sangre. El Señor debió atravesar la angustia más profunda, lo que nos demuestra que sufrió gran aflicción. Esto debería ayudarnos – y puede hacerlo – a obtener consuelo en nuestras tribulaciones y angustias.
Habiendo visto la agonía de Jesús, nos preguntamos ahora: ¿De qué manera podemos nosotros vencer la angustia? Y la respuesta es: Poniendo nuestra confianza en el Dios Todopoderoso. Y, ¿cómo podemos hacerlo? Jesús tuvo que hacerlo mucho antes que nosotros y debe servirnos como ejemplo. En Hebreos 5:7 leemos algo maravilloso al respecto: “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente…” Aquí está hablando de los momentos en Getsemaní, cuando Jesús, en Su angustia desbordante, depositó Su confianza en el Dios Todopoderoso, a quien invocó en oración. Esto no debería ser una novedad para nosotros. Pero, tal vez sea necesario que aprendamos una vez más esta lección, y la apliquemos a nuestras vidas. Cristo nos dejó el ejemplo de cómo debemos confiar en el Dios Todopoderoso cuando atravesamos angustias. En Hebreos 2:18 encontramos estas consoladoras palabras: “Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados”. En otras palabras: habiendo sufrido y triunfado en Getsemaní, Él puede ayudarnos también a vencer nuestros propios miedos y angustias. El Señor quiere enseñarnos a orar con perseverancia en esos momentos difíciles. Él mismo no vio otra manera de salir de su angustia, que por medio de peticiones y súplicas. Con mucha más razón deberíamos nosotros transitar este camino, para así escapar de la angustia y de los malos momentos que a diario nos tocan vivir. Santiago destaca especialmente este aspecto, en el cap. 5, vers. 13 de su carta: “¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas”. ¿No sería interesante que comenzáramos a observar esta verdad de una manera nueva en nuestras vidas? ¿Comenzaremos a confiar de manera incondicional en Él, bajo cualquier circunstancia? ¡Confiar significa orar, y orar significa confiar! Los muchos ejemplos que vemos en la vida de David, nos demuestran que él creía en esta realidad:
En Salmos 4:1 oró así: “Respóndeme cuando clamo, oh Dios de mi justicia. Cuando estaba en angustia, tú me hiciste ensanchar; ten misericordia de mí, y oye mi oración”.
En Salmos 18:6 nos dice: “En mi angustia invoqué a Jehová, y clamé a mi Dios”.
Y en Salmos 32:6 afirma: “Por esto orará a ti todo santo…”
Dice en Salmos 61:2: “Desde el cabo de la tierra clamaré a ti, cuando mi corazón desmayare”.
Y en Salmos 69:17: “No escondas de tu siervo tu rostro, porque estoy angustiado…”
Finalmente, en Salmos 118:5 afirma: “Desde la angustia invoqué a JAH, y me respondió JAH, poniéndome en lugar espacioso”.
¿No son hermosos testimonios de vida? David creyó que para librarse de la angustia sólo había una vía de escape: Invocar al Señor con total confianza.
¿Qué significa invocar al Señor, a través de la oración, cuando estamos en angustia? Esta pregunta es respondida por las propias oraciones de David. En varias oportunidades aparece -por ejemplo- la expresión “clamar”: “Respóndeme cuando clamo, en mi angustia…clamé”, “desde el cabo de la tierra clamaré a ti”, “desde la angustia invoqué a JAH”. David no hizo otra cosa sino pedir socorro al cielo. Aquí tenemos una de las llaves para ser definitivamente libres de la angustia. No es cuestión de hacer una sencilla oración, debemos clamar y suplicar si es necesario. Para comprender mejor este concepto, debemos detenernos y observar las oraciones del Señor Jesús al Padre, cuando El se encontraba angustiado. Tomaremos como ejemplo Sus oraciones y Su confianza en el Dios Todopoderoso. Puesto que desde una perspectiva bíblica, la expresión “invocar o clamar al Señor” tiene un significado mucho mayor. En Hebreos 5:7, leemos: “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente”. Si tomamos esta afirmación de manera literal, llegamos entonces a la irrefutable conclusión de que el Señor, verdaderamente, gritó, clamó y llegó al llanto de manera tal, que se le podía escuchar. No sabemos cuál era la distancia a la que se encontraban Sus discípulos en Getsemaní, pero con seguridad estaban profundamente dormidos, ya que no escucharon al Maestro. Lo que allí padeció nuestro Señor no podemos explicarlo ni tampoco entenderlo, pero ciertamente fue una situación límite. En Lucas 22:44 está escrito: “Y estando en agonía, oraba más intensamente”. Pero si queremos saber con más exactitud el significado de: “… ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas…” a Dios, entonces tendremos que tomarnos el trabajo de estudiar más a fondo dichas oraciones.
Hay algo interesante que llama nuestra atención: Con excepción del texto citado, no se dice en ninguno de los Evangelios que el Señor comenzara a clamar o a gritar en la oración. Solamente Lucas hace alusión a esto utilizando la expresión: “oraba más intensamente”. Mateo 26:39, 42 y 44, nos relata la situación de la siguiente manera: “Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Y dejándolos, de fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras”. Y en Marcos 14:35, 36, 39 y 41 dice así: “Yéndose un poco adelante, se postró en tierra, y oró que si fuese posible, pasase de él aquella hora. Y decía: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú. Otra vez fue y oró, diciendo las mismas palabras. Vino la tercera vez…” .  Aquí vemos con mayor claridad el significado de la oración del Señor, ya que dos puntos llaman nuestra atención. ¿Quieren saber cuáles son? Acompáñennos entonces en el próximo programa, pues allí tendremos la respuesta. ¡Hasta entonces, y qué Dios les bendiga!

Confianza a pesar de la angustia (1 de 3)

Título: Confianza en medio de la angustia

Autor: Marcel Malgo PE1428
¡Vivimos en un tiempo turbulento! Amenazas de guerra, criminalidad creciente, altas tasas de desempleo y otras dificultades caracterizan nuestros días. Muchos son afligidos por problemas personales, como enfermedad, soledad, culpa, etc. El autor de este mensaje analiza algunas de esas dificultades, y sin menospreciarlas nos anima a confiar de manera total y completa en el Dios Todopoderoso.

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¿Qué tal amigos? El tema que nos ocupa hoy es: Confianza en medio de la angustia. Y vamos a comenzar leyendo el pasaje de Santiago 5:13: “¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración”.
¿Qué es la angustia? Muchos podrían dar una respuesta muy personal y subjetiva a esta pregunta. Hablando en términos generales, la angustia es un sentimiento que acompaña al ser humano desde su nacimiento hasta la muerte, en todas las situaciones de la vida; la angustia es compañera del ser humano. La angustia es una de las opresoras más fuertes de la humanidad, es un sentimiento del alma capaz de atacar a su víctima no importando si es rey o mendigo. La angustia es una emoción que puede ser contenida, pero no desactivada. El hombre natural no puede eludirla ni escapar de ella. A decir verdad, existieron y existen personas con un fuerte carácter que, gracias a su determinación, toman una posición firme delante de la angustia pero, aun así, dichas personas no logran una victoria definitiva sobre tal emoción. Podemos intentar ignorar la angustia, pero no lograremos escapar de las situaciones dolorosas.
¿Qué dice la Biblia sobre la angustia? Ella dice, por ejemplo, que la angustia y el sufrimiento pueden volverse visibles. Génesis 42:21 nos relata un ejemplo de eso, cuando los hermanos de José llegaron a Egipto para abastecerse de cereales y se vieron, de pronto, en el palacio de José. No sabiendo que hacer, se dijeron unos a otros: “Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le escuchamos…” La angustia -según dice la Biblia- no solamente paraliza la lengua, sino que también hace que ella hable. En Job 7:11, escuchamos decir a Job: “Por tanto, no refrenaré mi boca; hablaré en la angustia de mi espíritu, y me quejaré con la amargura de mi alma”. Pero, la angustia también hace que aun los impíos – llenos de justicia propia- se sientan perturbados. Bildad, describe al impío, en Job 18:11, de la siguiente forma: “De todas partes lo asombrarán temores, y le harán huir desconcertado”. Las Escrituras también nos enseñan que la angustia es más fuerte que la abundancia. Zofar nos describe esto, en Job 20:22: “En el colmo de su abundancia padecerá estrechez; la mano de todos los malvados vendrá sobre él”. La angustia también genera tinieblas. Cuando Isaías tuvo que avisar del juicio sobre Israel, habló sobre las consecuencias de tal juicio: “Y bramará sobre él en aquel día como bramido del mar; entonces mirará hacia la tierra, y he aquí tinieblas de tribulación (angustia), y en sus cielos se oscurecerá la luz” (así dice Isaías 5:30). Y en Isaías 8:22, el profeta proclama acerca del pueblo apóstata: “Y mirarán a la tierra, y he aquí tribulación y tinieblas, oscuridad y angustia; y serán sumidos en las tinieblas”.
Los ejemplos que vimos anteriormente en cuanto a la angustia son negativos, pero también los hay positivos. En el Salmo 119:143, el rey David nos enseña que la palabra de Dios es siempre más fuerte y poderosa que la angustia: “Aflicción y angustia se han apoderado de mí, mas tus mandamientos fueron mi delicia”. La angustia está presente, pero la alegría en la palabra de Dios es superior. Otra traducción dice así: “Fui rodeado por el sufrimiento y la desesperación, pero tus mandamientos fueron mi gran alegría”. El poder de Dios también es siempre más fuerte que la angustia, y esto lo vemos en Sal. 138:7: “Si anduviere yo en medio de la angustia, tú me vivificarás; contra la ira de mis enemigos extenderás tu mano, y me salvará tu diestra”. En Isaías 9:2, encontramos la promesa: “El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos”. Y en el Nuevo Testamento, en Rom. 8:35, 38 y 39, Pablo nos confirma esta gloriosa verdad: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.
Preguntémonos ahora, ¿qué dijo el Señor Jesús respecto a la angustia? Es muy esclarecedor el hecho de observar y saber que Él, en ningún momento, afirmó que estaríamos libres de problemas y sufrimientos. Para ser sinceros, muchas veces se predica que al volvernos creyentes no tendremos más tribulaciones o tentaciones. Pero eso no es verdad. El mismo Señor lo dijo muy claramente en Juan 16:33: “En el mundo tendréis aflicción…”. Mas, en ese momento, Él agregó ese glorioso “pero”: “… pero confiad, yo he vencido al mundo”. En otras palabras: el mundo es el reino de Satanás, pero Mi victoria sobre el mundo puede también ser tu victoria. Esto también significa: En Mí ustedes tienen la posibilidad de vencer a la mismísima angustia. ¡Ésta es la posición del Señor en relación a la angustia!
¿Quién fue el primer ser humano que se confrontó con la angustia? Fue Adán, inmediatamente después de caer en pecado. Antes de la caída, Adán no conocía ese sentimiento. Entonces, luego que el pecado entró en su vida, su ser fue invadido por un terrible sentimiento de temor. Así lo leemos en Génmesis 3:9 y 10: “Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí”. ¡Casi sorpresivamente, Adán y Eva sintieron temor de Dios, su Creador, con quien hasta hacía poco formaban una unidad, una perfecta armonía! Antes de caer en pecado, ellos se alegraban cuando Dios les visitaba en el jardín, pero ahora, de un momento a otro, fueron invadidos por el miedo. ¡Qué devastadoras consecuencias tuvo – y tiene hasta el día de hoy – su desobediencia!
Ha llegado, ahora, el momento de formularnos la pregunta más importante: ¿Quién -en toda la historia de la humanidad- ha experimentado los abismos más terribles y profundos de la angustia? Fue Jesucristo, hecho hombre, en el Jardín de Getsemaní. En aquel lugar, Él sufrió una angustia tal, que nuestro entendimiento no llegaría a comprender. No podemos tener ni la idea más remota de tan tremenda angustia. Cuando tenemos miedo, cuando ya no sabemos que hacer, podemos mirarlo a Él y recordar que Su tribulación fue aún muchísimo mayor. Sobre este profundo sentimiento de angustia que experimentó el Señor, podemos leer proféticamente en el Salmo 22, vers. 11 al 15: “No te alejes de mí, porque la angustia está cerca; porque no hay quien ayude. Me han rodeado muchos toros; fuertes toros de Basán me han cercado. Abrieron sobre mí su boca como león rapaz y rugiente. He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron; mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas. Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte”. Estas palabras del Señor sufriente, nos describen la abismal e ilimitada profundidad del sufrimiento de Jesús en el Jardín de Getsemaní: La agonía de la muerte. Lucas 22:44 nos habla de eso: “Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra”. Su lucha con la muerte no se limitó a la cruz, sino también al Getsemaní, pues allí Él comenzó a morir. Allí, Él entró en una terrible y pavorosa agonía de muerte. Este hecho se refleja en las palabras: “Y estando en agonía…” Él se encontraba en agonía de muerte, porque Satanás estaba a punto de matarlo. Satanás, el príncipe y señor de este mundo, en esta circunstancia luchó por su reino, puesto que tenía muy claro que Getsemaní era el paso previo al Calvario, y si el Señor lograba llegar a la cruz, la puerta de salvación para la humanidad quedaría abierta.

Confianza a pesar de la enfermedad (2 de 2)

Título: Confianza a pesar de la enfermedad

Autor: Marcel Malgo PE1427
 ¡Vivimos en un tiempo turbulento! Amenazas de guerra, criminalidad creciente, altas tasas de desempleo y otras dificultades caracterizan nuestros días. Muchos son afligidos por problemas personales, como enfermedad, soledad, culpa, etc. El autor de este mensaje analiza algunas de esas dificultades, y sin menospreciarlas nos anima a confiar de manera total y completa en el Dios Todopoderoso.

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¿Cómo están amigos? Es realmente un gozo estar nuevamente con ustedes.

Hablando del tema que nos ocupa, vimos en el programa pasado que dentro de la Iglesia de Cristo reina una doctrina totalmente antibíblica, la cual pregona que los creyentes no deberían ser afectados por ninguna enfermedad. Esa doctrina pregona que existe una relación directa entre el pecado y enfermedad. Y los que sostienen esta falsa enseñanza no se refieren al hecho histórico de la caída del hombre en el Edén, lo que hizo que el germen de la muerte entrara al mundo. Ellos no hablan del pecado original, sino de la culpa individual del afectado. Si bien en la Biblia hay algunos casos en los cuales se relaciona el pecado con la enfermedad, no alcanza para hacer de ello una doctrina bíblica. En el programa anterior mencionamos algunos de estos casos y el último fue el del ciego de nacimiento, que encontramos en Juan, cap. 9. Allí los discípulos le preguntan a Jesús: ¿Quién pecó, éste o sus padres? Y Él les dijo de manera inequívoca: “No es que pecó éste, ni sus padres…”. ¡Una clara afirmación de parte de Jesús! Que puede entenderse como: ¡No les compete a ustedes establecer un vínculo entre esta enfermedad y los eventuales pecados cometidos! Y en la segunda parte del verso 3, encontramos una respuesta más, que es de gran trascendencia con relación a la pregunta, puesto que es un hecho que existen enfermedades en la vida de los creyentes: “… sino para que las obras de Dios se  manifiesten en él”. En estas palabras de Jesús, encontramos la respuesta correcta para la siempre dolorosa y repetida pregunta, acerca de la existencia de tanto dolor y sufrimiento en la vida de muchos creyentes. Esta respuesta de parte del Señor no se encuentra aislada en el contexto bíblico, sino que nos revela una línea clara de las Sagradas Escrituras con relación a las enfermedades de los creyentes.
Continuamos hoy, entonces, diciendo que cuando estudiamos el significado y el sentido del sufrimiento en la vida de los hijos de Dios, nos confrontamos con algunas barreras y, a pesar de la mucha reflexión e investigación, nunca llegamos a una respuesta definitiva y satisfactoria. ¿Por qué? Porque somos limitados y terrenales. Dios es absoluta y definitivamente soberano, y nosotros no tenemos el derecho de objetar, o cuestionar, Sus determinaciones. Viene a mi mente el pasaje de Isaías 45:9, donde dice: “¡Hay del que pleitea con su Hacedor! ¡El tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: ¿Qué haces?” Este pasaje bíblico no nos habla literalmente de la enfermedad pero, dentro de la línea de pensamiento que estoy siguiendo, es un texto muy explicativo: Vemos aquí que Dios es totalmente soberano en Su proceder con el ser humano, y jamás, de manera alguna, podemos poner en duda tal soberanía. Tal verdad es recalcada también en el Nuevo Testamento por el apóstol Pablo, cuando él habla sobre la libre elección de la gracia de Dios, en Romanos 9:20: “Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?”. En definitiva: existen cosas en la vida -incluso en la de un cristiano- para las cuales no encontramos explicación alguna desde nuestra perspectiva humana.
Pero existe una explicación – ¡una explicación de las Sagradas Escrituras!
Decíamos que existen cosas en la vida -incluso en la de un cristiano- para las cuales no encontramos explicación alguna desde nuestra perspectiva humana.
Pero existe una explicación – ¡una explicación de las Sagradas Escrituras!
Entre otras, ésta se encuentra en la respuesta -ya mencionada antes- del Señor a sus discípulos, con relación al ciego de nacimiento: “… sino para que las obras de Dios se manifiesten en él”. La Biblia enseña claramente que la enfermedad y el sufrimiento en la vida de un creyente, muchas veces, sirven para glorificar al Señor. Recordemos, por ejemplo, a Job. Debido a sus sufrimientos e incesantes angustias, Dios obtuvo una clara victoria sobre Satanás; finalmente, el nombre del Señor fue puesto en alto. O pensemos en la enfermedad de Lázaro, de la cual leemos en Juan 11:4, y acerca de la cual el mismo Señor dijo: “Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. También podemos mencionar a Epafrodito, un ayudante de Pablo. Acerca de su enfermedad, el apóstol escribió a los filipenses: “Pues en verdad estuvo enfermo, a punto de morir; pero Dios tuvo misericordia de él… porque por la obra de Cristo estuvo próximo a la muerte” (así nos dice Fil. cap. 2, vers. 27 y 30). O consideremos al propio apóstol Pablo, quien sufrió con un “aguijón en la carne”, a punto tal de rogar en tres oportunidades al Señor que lo librara del mismo. Pero, según lo relata 2 Cor. 12:9, en lugar de obtener liberación, recibió la siguiente respuesta: “… Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad…” Entonces exclamó: “… Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo”. ¡Cuánto fue glorificado el Señor por esta actitud de fe de parte de Pablo!
Isaías 26:16 nos habla de otra faceta del sufrimiento: “Jehová, en la tribulación te buscaron; derramaron oración cuando los castigaste”. Por lo tanto, cuando la prueba de la enfermedad lleva a buscar a Dios y a derramar oraciones delante del Señor de una manera mucho más profunda, entonces el enfermo crece en el conocimiento y en la gracia de Cristo Jesús. Pues 2 Timoteo 3:16 y 17 es una realidad: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. Juan 7:38 dice que los resultados son maravillosos: “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva”. ¡Cuántos creyentes que gozan de buena salud ya han sido enormemente bendecidos al visitar a sus hermanos enfermos! Tal vez ni el propio enfermo lo notó, pero el nombre del Señor, o sea, la obra de Su gracia, se volvió nítida y visible, como sucedió con aquel ciego de nacimiento.
Como individuos sanos, tenemos que aprender del Señor. En cuatro oportunidades los Evangelios hablan de que Jesús se “compadeció” (en Mateo 9:36, y 20:34, en Marcos 1:41, y en Lucas 7:13). En tres de ellas se trataba de enfermos. ¡Vayamos al encuentro de nuestros hermanos enfermos con el espíritu de Cristo, llenos de compasión e impregnados del carácter del Señor! Si así lo hacemos, estaremos actuando como lo dice Pablo en 1 Corintios 12:26: “De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él…” Aprendamos de las hermanas de Lázaro, según lo que relata Juan 11:3: “Enviaron, pues, las hermanas para decir a Jesús: Señor, he aquí el que amas está enfermo”. ¡Llevemos a los enfermos a Jesús!, pero no sólo para que Él los toque, sino también para que aquellos que están padeciendo por largo tiempo puedan ver claramente: Esta enfermedad sirve para traer gloria al nombre del Señor; sirve para que el Hijo de Dios sea glorificado. ¡Cuándo el creyente enfermo logre comprender esto, entonces estará confiando en el Dios Todopoderoso a pesar de la enfermedad!

Confianza a pesar de la enfermedad (1 de 2)

Título: Confianza en la enfermedad

Autor:  Marcel Malgo  PE1426
¡Vivimos en un tiempo turbulento! Amenazas de guerra, criminalidad creciente, altas tasas de desempleo y otras dificultades caracterizan nuestros días. Muchos son afligidos por problemas personales, como enfermedad, soledad, culpa, etc. El autor de este mensaje analiza algunas de esas dificultades, y sin menospreciarlas nos anima a confiar de manera total y completa en el Dios Todopoderoso

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Hola amigos, esta primera parte del mensaje se titula “Confianza a pesar de la enfermedad”. Y para introducir el tema vamos a leer el pasaje de Juan 11:4: “Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Al analizar este tema, no buscaremos demostrar si un cristiano debe confiar en Dios o no, sino que pretendemos demostrar por qué un creyente debe confiar en el Señor. Para comenzar, no tenemos la intención de reunir palabras de aliento de la Biblia acerca del tema, ni tampoco de eludir la enseñanza de Santiago cap. 5, vers.13 y siguientes, la cual muchas veces es dejada de lado por los cristianos. Por sobre todas las cosas, queremos demostrar que las personas enfermas deben confiar igualmente en su Señor, aun cuando Satanás pretenda “minar” dicha confianza utilizando, muchas veces, a hermanos en la fe que viven engañados. Existe una falsa doctrina que es capaz de provocar daños irreparables y una aflicción extrema en el alma de los cristianos aquejados por enfermedades, haciendo que la confianza en su Señor sea enormemente debilitada y corroída. Pues dentro de la Iglesia de Cristo reina una doctrina totalmente antibíblica, la cual pregona que los creyentes no deberían ser afectados por ninguna enfermedad. Y cuando – a pesar de eso- un hijo de Dios renacido se enferma, los discípulos de tal doctrina, instantánea y cruelmente, declaran en tono de sentencia: “El o ella pecó, por esa razón él o ella está enfermo o enferma”.
¡Una afirmación de esta naturaleza es una profunda humillación para todos los hijos de Dios que quizá, durante largos años, han soportado o soportan una enfermedad con gran paciencia! ¡Esta no es la manera correcta de hablar con un enfermo, ni siquiera debemos permitir tal pensamiento, pues con esto ejecutamos un juicio para el cual no tenemos justificación alguna! Desde el punto de vista bíblico, las enfermedades son una directa consecuencia de la caída del hombre en el Edén pues, así, el germen de la muerte entró al mundo, por la desobediencia de Adán y Eva. Pero, esos hermanos que sostienen esta falsa enseñanza, no se refieren a este hecho histórico. Ellos no hablan del pecado original, sino de la culpa individual del afectado.
Pero, ¿cómo surge una doctrina así? Con seguridad, por el hecho de que existen en la Biblia algunos ejemplos donde se menciona cierta conexión entre el pecado y la enfermedad. Por ejemplo, leemos en Juan 5:14, lo que el Señor Jesús le dijo al hombre que había sido sanado junto al estanque de Betesda: “Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor”.
Otro ejemplo muy estremecedor lo encontramos en la iglesia de Corinto, la cual tomaba la Cena del Señor de manera indigna. Pablo tuvo que advertir y exhortar a esta iglesia, con las palabras de 1 Corintios 11:30: “Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen”.
De hecho, los ejemplos antes mencionados, hablan claramente de una relación directa entre la enfermedad y el pecado y, de manera personal, hacemos bien en tenerlo presente como algo serio. Pues aquello que sucedió en Corinto también puede suceder hoy en día. Por eso, es perfectamente posible que aun hoy, aquí y allá, existan creyentes que carguen con una enfermedad como consecuencia de su pecado.
Pero – ahora viene el gran “PERO”-: ¡estos dos ejemplos no son suficientes para hacer de ello una doctrina bíblica! Si bien es cierto que en el pasado hubieron casos donde existió un vínculo directo entre pecado y enfermedad – lo cual es muy penoso- se trataron de casos aislados y puntuales. Por consiguiente, no podemos tomarlo como regla general o ley. Y tampoco podemos, ni debemos, afirmar, cuando un hermano nuestro en la fe se enferma: ¡Tú has pecado, si no, no estarías enfermo! Hay una gran diferencia entre una clara doctrina bíblica, la cual se encuentra en todo el contexto de la Biblia, y un suceso esporádico, que tal vez se desarrolló en más de una ocasión de manera similar, pero que en el contexto bíblico no se manifiesta como doctrina. El gran error consiste en que algunos cristianos han fabricado una doctrina a partir de esos pocos ejemplos, en los cuales se vislumbra una relación entre el pecado y la enfermedad. ¡Con esa doctrina han colaborado a empujar a sus hermanos en la fe hacia un abismo de miedo y desesperación! ¡Cuántos hijos de Dios hoy no saben que hacer, porque se les ha convencido que su enfermedad es producto del pecado en sus vidas! ¿Comprendemos la seriedad de este asunto? ¿Nos damos cuenta de la responsabilidad que pesa sobre aquel que sale por ahí hablando livianamente? ¡Hablar de esta forma no corresponde de ninguna manera con el carácter de nuestro Señor Jesús! Pues El, nuestro Salvador, nunca relacionó el sufrimiento con el pecado de manera tan vanal y automática. Lucas 13:1-5, por ejemplo, es una prueba de eso: “En este mismo tiempo estaban allí algunos que le contaban acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios de ellos. Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente”. En estos versículos apreciamos claramente que esos terribles sucesos no vinieron sobre aquellas personas por causa de sus pecados específicos. En relación a eso -como lo expresa Jesús en forma contundente- no existía diferencia alguna entre quienes atravesaron una situación de gran sufrimiento y aquellos que no pasaron por la misma situación. Si hasta Jesús se negó a buscar “grandes pecados” en aquellos casos de sufrimiento extremo, con mucha más razón tendríamos nosotros que tener la misma actitud y mentalidad.
Encontramos un ejemplo más, en Juan 9:1: “Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento”. La actitud y reacción que tuvieron los discípulos, fue exactamente la misma que tienen aquellas personas que enseguida buscan un motivo para causar molestia. Leemos en el vers. 2: “Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?”. En otras palabras, ellos dijeron: Señor, es simplemente imposible que este hombre deba soportar esta enfermedad; él, o por lo menos sus padres, deben haber cometido un gran pecado, ¿no es cierto? Pero, el Señor dio a sus discípulos una respuesta que les tapó la boca, y trasmitió completa tranquilidad al enfermo. En primer lugar, vemos en Juan 9:3, que Él les dijo de manera inequívoca: “No es que pecó éste, ni sus padres…”. ¡Qué clara afirmación de parte de Jesús! La misma, también puede entenderse como: ¡No les compete a ustedes establecer un vínculo entre esta enfermedad y los eventuales pecados cometidos! Y en la segunda parte del verso 3, encontramos una respuesta más, la cual es de gran trascendencia con relación a la pregunta, puesto que es un hecho que existen enfermedades en la vida de los creyentes: “… sino para que las obras de Dios se  manifiesten en él”. En estas palabras de Jesús, encontramos la respuesta correcta para la siempre dolorosa y repetida pregunta, acerca de la existencia de tanto dolor y sufrimiento en la vida de muchos creyentes. Esta respuesta de parte del Señor no se encuentra aislada en el contexto bíblico, sino que nos revela una línea clara de las Sagradas Escrituras con relación a las enfermedades de los creyentes.